Daniel Ustarroz. “Algunos aportes importantes de J.Lacan para la clínica psicoanalítica”

Jornadas abiertas “Psicoanálisis y Universidad” 27-4-2017

Trataré de exponer en ese breve tiempo la diferencia entre la estructura histérica y la feminidad.
La primera tratada por Freud dentro del complejo de Edipo y sostenida por una lógica de tener o no tener el falo.
La histérica se subleva, no acepta la castración, la falta, y con el sostén de identificaciones masculinas, aborda a otra mujer, con el deseo de esclarecer el enigma de su sexo. ¿Soy hombre o mujer? es según J lacan la pregunta fundamental de la histérica.
En cuanto a su deseo Freud lo ubica en la insatisfacción no solo consigo misma, sino también en su relación con el hombre  al cual deja insatisfecho al negarse a disfrutar sexualmente con él y a no considerarlo nunca como un verdadero hombre.
La protesta masculina histérica, encuentra un amo bobo que se pone a trabajar para responder a un saber sobre el sexo que es imposible, y durante el tiempo que dura la relación de la histérica con un amo que está castrado, como el padre de Dora que es impotente, ella reina y él no gobierna.
La histérica se queda atrapada en un amor al padre idealizado cercano a Dios, que utiliza como armadura y allí encuentra su refugio para no enfrentarse a la castración, a la relación con los hombres. He conocido a dos histéricas puras que permanecieron vírgenes toda su vida y se dedicaron a cuidar a sus padres.
La histeria no solo está habitada por identificaciones masculinas sino también por identificaciones con el síntoma de la otra mujer. Así nos lo presenta Freud en su trabajo sobre “Psicología de las masas y análisis del yo” seguramente uds. recordarán el famoso ejemplo del pensionado que comenta Freud sobre la identificación histérica.
Tal como señala Lacan el discurso de la histérica se ordena alrededor del síntoma y fundamentalmente del síntoma de la otra. La función de la otra mujer posee un rol fundamental en la estructura histérica.
La cuestión a plantear es la diferencia entre histeria y feminidad. La primera descripta a través de la lógica del Edipo y la segunda con una lógica no Edípica correspondiente al no-todo.
J Lacan extiende el conocimiento sobre la pregunta que ya había formulado Freud sobre ¿Que quiere la mujer? Lacan corrige y dice “una mujer” en lugar de la mujer que no existe. No hay universal femenino y por eso la mujer es una por una.
Lacan avanza sobre esta cuestión separando a la madre de la mujer y en una frase subversiva dirá lo siguiente “cuanto más madre menos mujer, cuanto más mujer menos madre.
Se interna de esta manera, como puede, en una investigación sobre el goce femenino que no obedece a la estructura histérica, ya que no se trata de tener o no tener sino del ser de la mujer que deviene femenino.
La feminidad continúa siendo un enigma pero más acotado. Hoy podemos saber con precisión que una de las modalidades de ese goce femenino es su pasión por la palabra, por hablar todo el tiempo posible.
Y también los sabios de las estadísticas y los estudiosos del marketing, pueden aventurarse a decir que las mujeres cuando van de compras pueden experimentar orgasmos. Cosa que no sucede con los varones. Al menos por ahora.
En fin en esta breve charla intentaré abrir una pregunta sobre la existencia o no de una clínica de lo femenino que no tiene nada que ver con el tratamiento de la histeria.

Daniel Ustarroz. “Algunos aportes importantes de J.Lacan para la clínica psicoanalítica”

Marjorie Gutiérrez. El lugar del transmisor en la educación desde una escucha psicoanalítica

Jornadas abiertas “Psicoanálisis y Universidad” 27-4-2017

Mi idea es poder transmitir  la experiencia como ex-alumna y profesora invitada del máster, compartir mi visión de la educación y nuestro lugar como transmisores y  sus puntos de conexión con el lugar del analista. Para ello, desarrollaré  varios puntos:

  1. La relación del psicoanálisis y la educación: la educación como un instrumento social de gran valor que sirve para estructurarse, para subjetivarse y regular algo de lo pulsional.
  2. El lugar de la transferencia y el saber: tanto el analizando como el alumno le suponen  un saber a un Otro y  ese suponer,  les permite autorizar,  relacionarse y establecer un vínculo.
  3. En la educación y en el psicoanálisis se debe mantener y sostener ese lugar de la transferencia. Esto nos hace introducir entonces otras preguntas y conceptos acerca de ¿por qué un niño o un adolescente no obedecen? o ¿cómo el transmisor colocado en el lugar de la lógica del todo o del no-todo marca el modo de educar?
  4. Por último, el desarrollo de estos dos posicionamientos lógicos planteados por Lacan, nos llevará a plantearnos las tres tareas imposibles transmitidas por Freud («Análisis terminable e interminable»): gobernar, educar y psicoanalizar. ¿Podremos salirnos de una lógica del todo en la actualidad, en una sociedad capitalista que nos empuja a imperativos sociales absolutos, objetivos y controlados?, ¿podremos colocarnos en un lugar subjetivo que nos permita estar advertidos de esta imposibilidad, de las incertidumbres y de la incompletud? Seguramente, este sea el reto del psicoanálisis y allí su gran dificultad de ser aceptado con agrado en algunos lugares. Pero también -como toda resistencia transferencial- la debemos pensar como obstáculo y, simultáneamente, motor que nos permite mantener la transmisión, sostener la imposibilidad y, a pesar de ello, seguir siendo un referente que ocupa múltiples lugares en el pensamiento de la sociedad de hoy en día.

 

Marjorie Gutiérrez. El lugar del transmisor en la educación desde una escucha psicoanalítica

 

 

JORGE MARUGÁN. SOBRE LOS SÍMBOLOS BINARIOS DE GÉNERO

Manifestarles, en primer lugar, mi adhesión a la propuesta del Free Wee Proyect de luchar contra la separación y el etiquetamiento público de las personas a través de símbolos  binarios en función de su anatomía.

Deseo presentarles algunas consideraciones que considero importantes sobre la cuestión a partir de la enseñanza del psicoanalista Jacques Lacan, sobre todo de su Seminario nº 20 que les recomiendo a todos, y que quizá podamos debatir después.

Alcanzar la identidad sexual para cualquier ser humano resulta un proceso complejo que articula una imagen de nuestro cuerpo con la que nos identificamos y que no tiene porqué corresponder a la imagen anatómica, unos símbolos culturales con los que nos identificamos y que no tienen porqué corresponder con los que cada cultura asigna a un determinado sexo y una orientación sexual, que no tiene porqué corresponder con una asignación previa de la genética o de la educación. Por lo tanto, como todos sabemos, se pueden dar todo tipo de combinaciones todas ellas igual de válidas.

No es necesario que establezcamos una dicotomía sexual llamada hombre/mujer o masculino/femenino con toda la carga imaginaria y cultural que eso conlleva. Pero sí, y aquí es dónde quizá podamos debatir, es necesario que haya dos lugares para inscribir la diferencia sexual. Si las identificaciones simbólicas e imaginarias pueden ser múltiples en función de la singularidad; los sexos, tomados como posiciones sexuales diferenciadas,  sólo pueden ser dos. Lo que no quiere decir que se pueda prefijar, etiquetar y menos normalizar esa adscripción.

Pero, ¿qué justifica y qué define esa diferenciación sexual en dos lugares? Ni la anatomía, ni la imagen, ni los valores o símbolos culturales, ni la orientación sexual… La definen dos posiciones respecto a la forma de gozar:

– Una posición se situaría ante el goce ubicándolo en un lugar concreto; limitándolo, contabilizándolo, unificándolo, haciéndolo renunciable y, por tanto, legislable. Lacan dirá que se trata del goce “justito”, lo llamará incluso del goce del idiota. La tradición intenta ubicar ahí al hombre porque el pene, como órgano de goce, tiende a señalar, ubicar y contabilizar el goce. Pero esta atribución es meramente cultural e imaginaria; cualquier hombre o cualquier mujer pueden situarse ahí.

– La otra posición también podrá gozar de esa manera limitada, pero no se situará del todo ahí, tendrá acceso a algo más: a un goce suplementario (que no complementario, insiste Lacan). Este goce suplementario va más allá de ese límite unificador. Con la particularidad de que no se puede contar, ni decir: es enigmático; y no queda anclado o limitado a una zona del cuerpo. Por lo tanto, esta forma de gozar no unifica, más bien diversifica al conjunto de seres que se sitúen ahí. La cultura, tradicionalmente, sitúa aquí a la mujer. Por eso ha hecho de ésta la encarnación de lo misterioso, lo enigmático y lo temible, incluso para ella misma. Pero no es cuestión de anatomía. Lacan, para ejemplificar este lugar de goce recurre a los místicos.

Pero, ¿por qué es necesaria, “estructural” y no cultural, la diferencia sexual? Porque cada uno de los dos lugares se constituye descompletando al otro. Haciendo de límite al otro y, por tanto, dándole consistencia, pues   no hay consistencia sin límite. Es decir, cada sujeto sexuado sostiene su relación con el goce en función de una diferencia y una falta respecto al otro lugar. Si el goce no se limitara aplastaría al sujeto. La falta, la castración como la llamó Freud, sostiene el deseo respecto al otro lugar y lo relanza, pues sólo podemos desear si algo nos falta. El goce está limitado por el encuentro con la sexualidad porque los cuerpos sexuados no pueden complementarse de ninguna manera, y menos complementarse a sí mismos. Hay uno y otro, y nunca formarán una unidad. La diferencia sexual es, entonces, necesaria; al igual que la conjunción sexual resulta imposible.

Que no haya goce pleno no se debe, por tanto, a ninguna prohición o manipulación cultural del sujeto, es una cuestión de estructura. Y es conveniente distinguirlo. Todos tenemos que afrontar ese encuentro con la diferencia. Eso sí cada uno a nuestra manera, desde la singularidad. No dejemos que nos la dicten, porque la supuesta “normalidad” del ser humano tan sólo es la excusa del amo de turno para seguir cobrando su beneficio.

PONENCIA JORGE MARUGÁN SOBRE LOS SÍMBOLOS BINARIOS DE GÉNERO.

MESA REDONDA FREE WEE PROJECT. 4 DE JULIO DE 2017.

Miren Murgoitio. SOBRE ENCUENTROS Y DESENCUENTROS

Jornadas abiertas “Psicoanálisis y Universidad” 27-4-2017

Me gustaría compartir con ustedes los encuentros y desencuentros que yo tuve, en esta facultad, con la psicología y el psicoanálisis. Por tanto, me propongo compartir ciertas vivencias, experiencias y reflexiones porque con el tiempo he advertido que sintonizan mucho con las experiencias que han tenido otros compañeros y quizá con las de ustedes. Este recorrido que les voy a exponer, tiene el propósito de poder pensar en común algunas reflexiones que en aquellos tiempos me planteé en solitario.

Cuando me propusieron hablar en estas jornadas, no pude evitar recordar los años en los que me sentaba en las sillas de este mismo auditorio. Ahí sentada, escuchaba a los ponentes o me concentraba en elegir las respuestas correctas de los bien conocidos exámenes tipo test. Otras veces, sin embargo, me escuchaba a mí misma, pensaba, me preguntaba qué era esto de la psicología, si había hecho una buena elección, y de ser así, qué alternativas escogería para mi futuro. Según avanzaban los años la angustia iba creciendo exponencialmente y cada vez me sentía más desorientada.

Cada cual empieza a estudiar psicología motivado por una pregunta, o quizá más bien por varias. ¿Qué es lo qué le lleva a alguien a adentrarse en la ciencia del comportamiento? ¿Por qué psicología y no cualquier otra disciplina? En mi opinión, siempre hay algo de la historia personal que se pone en juego en esta elección, como en muchas otras, y que tiene que ver con esa pregunta. En mi caso, me preguntaba ¿Por qué las personas tropiezan una y otra vez con la misma piedra? ¿Cómo surge la violencia? ¿Cuál es la génesis del nacionalismo? Y muchas otras preguntas que siempre tuvieron algo que ver con mi historia y con el lugar donde crecí.

Aterricé en esta universidad con mucha ilusión y ganas de aprender. Sin embargo, según comencé a asistir a las diferentes asignaturas, el globo idealizado de la psicología, que pudiera responder a esas preguntas, se deshinchaba vertiginosamente. Siempre me había parecido un misterio el psiquismo humano. Pensaba que la psicología trataba de eso; tratar de entender el aparato psíquico y su desarrollo. Y me di de bruces con una psicología que efectivamente trataba de dar cuenta de los procesos mentales, emocionales y conductuales del ser humano, pero desde un enfoque diferente al que yo había imaginado.

La psicología que yo estudié aquí, provenía del exitoso modelo de modificación de conducta. Como todos los paradigmas, éste tiene una forma particular de abordar su objeto de estudio.

Tiene unas características específicas: es una orientación que se fundamenta en la psicología experimental, insiste en la evaluación objetiva, y enfatiza la instauración de repertorios conductuales para la adaptación del sujeto al medio.

Hacía tiempo que venía pensando que el ser humano era más complejo que un sistema capacitado para aprender, pues ¿Cómo era posible que el sujeto repitiese, con mucho sufrimiento, una y otra vez el mismo patrón? ¿Acaso no aprendía? ¿Qué le impulsaba a ello? ¿Por qué lo hacía? Me preguntaba constantemente.

Me sorprendía, y mucho, cuando se comparaba el psiquismo humano con el hardware de un ordenador. No entendía como se podía asimilar la mente humana con un sistema operativo que funcionaba como un autómata, que no podía sentir emociones, ni sufrir. Sentía que algo tan propio del ser humano como los afectos se quedaban fuera.

Me asombraba la constante preocupación que expresaba esta psicología por ser reconocida por la Ciencia empírica, por seguir sus pasos a modo de la medicina. De forma, que me veía ordenando y clasificando los síntomas o problemáticas del sujeto al estilo de un archivador. Tenía que memorizar las diferentes clasificaciones nosográficas del DSM, utilizar innumerables técnicas diagnósticas avaladas. Así, me veía a mí misma redactando procedimientos estandarizados y avalados para trastornos recogidos en un manual. Y entre el trastorno y su tratamiento, ¿dónde quedaba el paciente? ¿Dónde estaba su historia? Pensaba que el paciente tenía la obligación ética de ser honesto consigo mismo y de hacerse él también una pregunta sobre lo que le acontecía. La psicología, por su parte, debía de facilitárselo.

Legué a la conclusión que la psicología estaba muy centrada en ser objetiva. Ambas sufríamos el encuentro de estar perdidas, la psicología por descentrarse de su objeto de estudio y yo por perder el sentido de mis estudios al verme realizando funciones más bien burocráticas. La psicología había olvidado que su objeto de estudio era el psiquismo humano con su subjetividad, no un conjunto de síntomas englobados en una clasificación nosográfica. Se había adaptado muy bien al entorno. Los tratamientos que

generaban se jactaban de ser eficaces, de breve duración y con inmediatez en los resultados. Y eso era lo que buscaba la sociedad, una satisfacción inmediata que no fuese atravesada por preguntas que no pudieran ser respondidas por la Ciencia. Era evidente que el acercamiento al método científico había conseguido que la psicología tuviera un espacio en las instituciones de salud, cierto prestigio a nivel social. Pero la psicología, que tantos logros acumulaba, no podía presumir de generar un cambio subjetivo, profundo. Y a mí me interesaba el sujeto en cuestión, con sus síntomas, sus inhibiciones, sus repeticiones… Si la psicología se centraba en lo objetivo ¿Qué disciplina entonces abordaba la subjetividad? ¿El caso por caso?

De esta forma, me desencontré con la psicología y me encontré con la palabra psicoanálisis. El psicoanálisis tenía presencia en la Universidad, por lo menos estaba en boca de muchos. Era famoso no por sus logros, sino por el rechazo que generaba. Del psicoanálisis se decía que era anticuado, elitista y sus tratamientos se demoraban en el tiempo sin saber nunca cuándo llegarían a su fin. Y eso pensé yo durante mucho tiempo, hasta que me fui introduciendo en él prácticamente sin saberlo.

Conocí a varios profesores que me fueron mostrando cómo había otras corrientes que estudiaban el psiquismo humano en su profundidad. Teorías que le otorgaban un gran peso a la singularidad, al inconsciente. Así, y sin saber aún, que aquella orientación se llamaba psicoanálisis, me introduje en un seminario de Marina Bueno puertas afuera de la Universidad. Y a los pocos años, estudié en el máster de psicoterapia psicoanalítica.

Por un lado, el máster me ofreció un conocimiento más extenso sobre la teoría y el método psicoanalítico. Por otro lado, la posibilidad de encajar paulatinamente la teoría con la clínica a través de las extensas prácticas que realicé en una institución de salud mental.

¿Pero qué es lo que me encontré en el psicoanálisis?

Me encontré con un discurso que apuesta por la singularidad respecto al discurso establecido. Con un discurso al que no le interesa aquello que uno tiene en común con los demás, más bien lo aparta de esa alienación. Se trata de la posibilidad de encuentro con un psicoanalista que al sujeto le permita encontrarse con lo más propio de él, con su forma de satisfacción pulsional que se pone en juego en las relaciones vinculares, en las

diferentes elecciones etc. Que labre, finalmente, una posición diferente ante el mundo y ante las cosas que acontecen en él.

De esta forma, me encontré con la propuesta de un lugar de escucha, un lugar de escucha auténtico pues no sólo presta atención a lo que el sujeto dice sino a aquello que calla, aquello de lo que nada quiere saber, su saber inconsciente, que está en la base de sus síntomas.

Me gustó la seriedad con la que afronta la práctica clínica, pues la formación se asienta en tres pilares: el estudio teórico, la supervisión de la práctica y el análisis personal.

Me cautivó el respeto y consideración que tiene por el paciente. La importancia del tiempo, de respetar los tiempos que necesita el sujeto para afrontar las cuestiones reprimidas. Su delicadeza a la hora de intervenir. Su humildad, evitando colocarse en un lugar de saber y unido a esto me fascinó su capacidad para sostener el silencio, para generar preguntas que puedan abrir nuevas vías de pensamiento.

Digamos, que poco a poco me fui encontrando con una teoría que casaba con mis expectativas, la de estudiar una psicología del alma, profunda. Donde los síntomas e inhibiciones del sujeto pudieran ser leídos no desde un manual diagnóstico sino desde su historia inconsciente particular.

Las preguntas que ahora me planteo son ¿Se pueden encontrar el psicoanálisis y esta universidad o están destinados a un desencuentro permanente?

Si el psicoanálisis tuvo un lugar en la facultad, siempre fue por definición conflictivo: en los márgenes o en el rechazo. Quizá ambos discursos se contraponen por tener una relación diferente con el saber. La Universidad, como representante de la hegemonía del saber, como lugar de difusión de la ciencia, aspira a saberlo todo. Propone un saber cerrado y completo. El psicoanálisis entiende que hay algo del saber que no se puede transmitir más que por la propia experiencia analítica y el diálogo con personas experimentadas del campo y la clínica. Supone una práctica de lo singular, un saber que no es acumulativo ni acabado.

Si bien es cierto que parece que hay un punto de fricción entre ambos, creo que en los tiempos que corren ambos se necesitan más que nunca. En primer lugar, el psicoanálisis tiene la obligación ética de difundirse, de salir

a las calles, a lo social y aunque no vaya a formar psicoanalistas en la Universidad, el espacio académico es un lugar donde darse a conocer.

En segundo lugar, y por lo que respecta a la Universidad, ésta, como ya anunció Freud en 1919, no puede más que beneficiarse y enriquecerse con la presencia del psicoanálisis en sus planes de estudios. Por un lado, los alumnos podrán acceder a ciertas nociones teóricas sobre una psicología más profunda.

Por otro lado, considero que un aumento de la presencia del psicoanálisis en la Universidad sería un síntoma de salud. Porque se introduce una corriente que apuesta por la subjetividad tan en riesgo en la sociedad contemporánea que incita a los sujetos a la homogeneización.

Me pregunto si la Universidad debiera ser un espacio no solo formativo, sino un espacio para cultivar el pensamiento crítico, la reflexión… un lugar donde se integren distintos saberes y enfoques. Donde se genere una edición más integradora del ser humano y del mundo. Incluso un punto de resistencia frente a la hegemonía de la Ciencia, frente a la deshumanizadora sociedad capitalista y de consumo con sus derivas narcisistas y la abolición del pensamiento.

Miren Murgoitio

 

 

 

Acto de clausura de la XX Promoción del Máster

El viernes 30 celebramos el Acto de Clausura de la XX Promoción de nuestro Máster. Aquí os dejamos algunas imágenes del evento.

¡¡Enhorabuena a todos nuestros queridos alumnos!!

Equipo docente del máster escuchando atentamente la conferencia de Beatriz AzagraIMG-20170701-WA0002

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Nuestra clásica entrega de DiplomasIMG_20170630_182946 (1)

El equipo docente, junto con algunos de los profesores  que colaboran con el, aplauden a sus alumnosIMG-20170701-WA0003

El homenaje de nuestros alumnos, con discursos, vídeos y  regalos incluidos! IMG_20170630_185143

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Todos juntosIMG-20170702-WA0000

MUCHÍSIMAS GRACIAS A TODOS!!!

Mª del Valle Vega Bellido. La Discapacidad Intelectual: una mirada desde la Psicoterapia Psicoanalítica

Jornadas abiertas “Psicoanálisis y Universidad” 27-4-2017

Quiero compartir  el encuentro que estoy experimentando con sujetos con discapacidad intelectual, en concreto con discapacidad intelectual moderada (CI 40-70). Se caracterizan por una insuficiencia en el desarrollo cognitivo, social, de la comunicación y sensorio motriz, y como consecuencia necesitan distintos niveles de apoyo. Habitualmente las expectativas psicosociales de estos pacientes se centran en que en la adquisición destrezas  para su propio cuidado personal, habilidades sociales y   formación laboral. En la mayoría de los casos son capaces de realizar trabajos  cualificados o semicualificados, siempre con algún grado de supervisión.

En los últimos años, la adquisición de conductas adaptativas se ha priorizado frente a otras cuestiones, como criterio de autonomía e independencia del sujeto con discapacidad intelectual. A pesar de que se ha observado que estas prioridades fomentan la posición de objetos sobre-adaptados y esteriotipados. Este enfoque sigue vigente, probablemente porque aguanta bien la desmentida de la discapacidad, pero con el coste de negar al sujeto.

Algunos de los efectos  que ocasiona equiparar el universo de la discapacidad son manifestados con malestares físicos, corporales, psicomotrices, y  síntomas como la depresión, obesidad, anorexia, insomnio, pánico, autoagresión, bulimia, estrés aislamiento, graves inhibiciones y compulsiones entre otros. Privados de la libertad de ser diferentes, exigidos por actuar como los “normales”, se empobrece la expresión subjetiva de la fantasía, se limita la riqueza de la experiencia, y por tanto poder preguntarse acerca de su identidad.

Para ello hay que detenerse en qué articulación de lo corporal y psíquico tenemos delante.  Profundizar en la apertura del lo imaginario como posibilidad de lograr una posición subjetiva en personas con discapacidad intelectual es una alternativa porque es precisamente en los movimientos imaginarios donde se articula lo corporal con lo psíquico, y más en el ámbito del déficit orgánico, ya que es éste registro el que permite crear un espacio intrapsíquico  y vivenciar encuentros y desencuentros, y así  pensarse.

Desde un enfoque psicoanalítico, la discapacidad adquiere una perspectiva dinámica que permite indagar  sobre la singularidad del sujeto, entendiendo a éste como un sujeto activo, donde él mismo en forma inconsciente asigna un sentido tanto consigo mismo como con el Otro y su entorno. Esto ilustra hasta qué punto la inteligencia no es cuantitativa, así como tampoco equivale a una adaptación. Las patologías que se despliegan en la discapacidad nombra una determinada relación con el Otro.

Otros autores apuntan más concretamente que la discapacidad intelectual es el señuelo mismo  mediante el cual el sujeto se hace débil para conservar intacto al Otro como verdad, de la que se convierte en su siervo.

 Desde la Psicoterapia Grupal abre nuevos caminos para el trabajo terapéutico con personas con discapacidad porque se empodera la diferencia, se puede establecer límites estructurantes, que posibiliten posiciones subjetivas más autónomas.

Resumiendo: Desde la visión psicoanalítica se entiende que no hay inferencias estables entre las causas y los efectos sintomatológicos en la determinación de un diagnóstico, ya que la causalidad psíquica responde a una dinámica inconsciente, es decir al proceso primario. En el ámbito de   la discapacidad esta falta aparente de correspondencias entre las causas y los síntomas es  aún más desconcertante.

La problemática en la discapacidad se juega, y en ocasiones queda detenida, en la articulación de lo corporal y lo psíquico, ésta siempre señalada por el rechazo que genera la frustración parental, dejando siempre al sujeto con discapacidad en la encrucijada acerca de su identidad constitutiva. Sin embargo esto no quiere decir que no pueda construirla.

Por ello la valoración diagnóstica tiene que ir más allá, en un espacio intersubjetivo ordenado habitualmente por la palabra; en este campo se podría pensar que vendría ordenado también por el acting out.  A lo largo de la vida de la mayoría de los sujetos con discapacidad intelectual, el espacio del deseo les ha sido ocupado, obstruido, interceptado, y   la única manera que han encontrado para demandar ese espacio de su deseo es a través de acting out, aunque la mayoría de las veces son entendidos como transgresiones por lo que se vuelve limitar el despliegue del deseo.

Mª del Valle Vega Bellido

Antigua alumna del Máster, de la promoción 2013-2015.

Trabaja en el ámbito privado y en la Fundación Cal Pau dedicada a la atención de personas adultas con discapacidad intelectual

 

 

Raquel del Amo. Psicoanálisis y Salud Mental

Jornadas abiertas “Psicoanálisis y Universidad” 27-4-2017

Me cuesta trabajo pensar cómo sería mi abordaje de las psicosis sin ayuda del psicoanálisis. Hoy, en la universidad el abordaje de las llamadas enfermedades mentales, sigue siendo el mismo que cuando yo estudiaba allá por los años 90. Un enfoque marcado por la descripción de síntomas que vienen recogidos en los criterios diagnósticos de los DSM, ahora el V, que no hacen más que una descripción de síntomas y signos y que dejan fuera al sujeto y sobre todo al sufrimiento.

Todavía hoy, hay que escuchar mensajes que plantean un curso procesual de la esquizofrenia, y cómo todavía se piensa que cuantos más brotes tenga un paciente con psicosis mayor será su fase residual, nada más desconectado de la realidad circundante que esta imagen atrasada, negativa y estigmatizante de la psicosis.

            Cuando nos ponemos a reflexionar sobre la Psicosis, en principio habría que pensar qué entendemos por psicosis, porque si preguntáramos cada uno tendríamos una definición, desde el déficit hasta la genialidad. Una explicación genética, biológica, traumática, cultural, histórica, etc. Y últimamente un movimiento reivindicativo en contra de la cultura capitalista. Desde una enfermedad degenerativa y crónica hasta una manera de estar en el mundo que se debe reivindicar como un derecho. Desde que estoy en esto, ya hace más de 20 años, hemos tenidos distintos nombres: enfermos mentales crónicos, personas que padecen una enfermedad mental, personas con sufrimiento psíquico y últimamente personas con experiencias inusuales.

Y ahí tenemos instaurado el debate, si tenemos que intervenir o no con una persona que lleva sin salir de su casa dos años, sin ducharse meses, que no ha trabajado nunca, o que tiene conductas impulsivas que decoran mal en una sociedad rápida y utilitarista como la nuestra. El discurso capitalista hace de lo útil y lo efímero una manera de estar en el mundo para todos, del triunfo y de su representante el dinero un ideal.

No tengo ninguna duda que el psicoanálisis me protege de todo este debate, porque el psicoanálisis se centra en el sufrimiento del sujeto. Así, un síntoma desde el punto de vista psicoanalítico será susceptible de tratarse siempre que cause sufrimiento en una persona, si no lo causa entonces no es de nuestra incumbencia. Eso es lo que aporta el psicoanálisis una manera de mirar y de entender el sufrimiento que nos ayuda a colocarnos enfrente de las psicosis sin retroceder.