Jorge Marugán.¿POR QUÉ ES TERAPÉUTICO EL TEATRO?

 

Los mitos nunca ocurrieron
pero siempre han estado ahí.

(Salustio)

  1. LA IDENTIFICACIÓN EN EL TEATRO.

Decimos que el teatro es liberador, catártico, inspirador, divertido… terapéutico en suma, tanto para el creador de una obra, como para los intérpretes, como para los espectadores. Pero, ¿qué determina ese efecto benéfico? ¿qué nos permite recomendar el teatro a cualquier sujeto, sea niño o adulto, enfermo o sano, bueno o malo, listo o tonto, preso o libre… ¿Por qué el teatro estimula, impulsa, ejercita, vincula, mejora a los seres humanos?

Comencemos por la identificación, como el mecanismo más evidente que una representación teatral pone en juego: el espectador, el actor, e incluso el creador, se identifican de una manera u otra con la trama y/o con sus personajes. Gracias a la identificación podemos ser puntualmente quién no somos o vivir lo que no hemos vivido. Freud (1996a, p. 277) lo dijo así:

Ser espectador participante del juego dramático significa para el adulto lo que el juego para el niño que satisface la expectativa de igualarse al adulto: el espectador vivencia demasiado poco […] querría sentir, obrar y crearlo todo a su albedrío; en suma, ser un héroe, [pero] sin dolores, sin penas, sin graves tribulaciones […] Por eso la premisa de su goce es la ilusión […] de un juego teatral que no puede hacer peligrar su seguridad personal. En tales circunstancias puede gozarse como “grande”, entregarse sin temor a mociones sofocadas, como lo son sus ansias de libertad en lo religioso, lo político, lo social y lo sexual, y desahogarse en todas direcciones dentro de cada una de esas grandiosas escenas de esa vida que ahí se figura.

Gozar como un niño que quiere gozar como un “grande”. Identificarse con “héroes” sin poner en peligro su vida, desahogar sus deseos reprimidos. El teatro tendría, para Freud (1996a, p. 278) un valor social porque “apacigua el dolor del sacrificio” que la sociedad exige, expresa “la incipiente revuelta contra el orden divino del mundo que ha instaurado un sufrimiento”, así “los héroes son, sobre todo, rebeldes sublevados […] he ahí el prometeísmo [heroísmo] de los seres humanos; pero un prometeísmo empequeñecido, dispuesto a dejarse calmar por una satisfacción momentánea”.

El concepto de identificación es fundamental en psicología para establecer las bases del aprendizaje, del desarrollo evolutivo, de la integración social… Pero es más fundamental, si cabe, para el psicoanálisis, que considera que la identificación constituye el origen, el auténtico nacimiento del sujeto. Para el psicoanálisis los seres humanos, cuando nacemos, no estamos aún constituidos como sujetos en el pleno sentido, necesitaremos todavía dar una serie de pasos para sentir que ocupamos un lugar consistente en este mundo, y lo hacemos gracias a la identificación.

La distinción de los tres registros que componen la realidad humana: real, simbólico e imaginario que debemos al psicoanalista Jacques Lacan (2005) nos permite abordar de una forma más rigurosa y profunda la noción de identificación. Para que el sujeto nazca tendrá, primero, que alcanzar conciencia de estar vivo, de que existe, de que habita un cuerpo propio y limitado; esto, siguiendo a Lacan, podemos llamarlo identificación imaginaria porque se establece gracias a la identificación con una imagen que hacemos  nuestra a partir de lo que percibimos, como la imagen que refleja el espejo y que el bebé hace la suya no antes de los 6 meses (Lacan, 1966). Pero, además de alcanzar una conciencia de ser y existir, tendremos que adquirir una noción de quién somos, de nuestras particularidades, de lo que nos diferencia de otros y nos permite, por tanto, relacionarnos sin igualarnos, sin fusionarnos, manteniendo nuestra singularidad. Este nivel de la identificación lo llamamos identificación simbólica porque tiene que ver con los símbolos legados por la cultura, empezando por el nombre propio.

Es decir, para el psicoanálisis, no es sólo que un sujeto A, pueda identificarse con otro sujeto B para adquirir un determinado rasgo que a partir de ahí pasará a formar parte de su identidad, sino que será B quien creará, producirá el nacimiento, la entrada en el mundo de A. Y el teatro, por supuesto, será una fuente privilegiada de elementos de identificación imaginaria y simbólica para la constitución del sujeto. Si ha habido identificación, el sujeto no será el mismo antes y después de la representación teatral, ésta hará surgir a un nuevo sujeto.

  1. REPRESENTACIÓN TEATRAL Y REPRESENTACIÓN DEL SUJETO

La consideración del nacimiento del sujeto a partir de identificaciones con imágenes y símbolos lleva a una conclusión psicoanalítica fundamental que atañe directamente al teatro: la verdad tiene estructura de ficción. Es decir, sólo tocamos la verdad a través de semblantes que tienen algo de mentiroso o engañoso; a través de mitos, por ejemplo, que constituyen también el origen del teatro clásico. El Yo, esa instancia que “afirma” a cada ser humano, que le da una consistencia, un orden, un límite frente al desorden de los estímulos que lo bombardean, comparte la misma base de ficción que el teatro, de representación de algo estrictamente “real” que no puede alcanzarse. Nuestro Yo, en el que todos creemos, fundamento constitutivo, es imaginario, ficticio, ilusorio, engañoso, inestable… Un engaño, eso sí, necesario.

Pero también el sujeto, aquello de nosotros que nos sujeta, que nos da la singularidad, que nos diferencia, es una pura representación lingüística. Lo que representa simbólicamente al sujeto es un significante que, gracias al lenguaje, se encadena a otros significantes ya que un significante no puede significarse sólo. El nombre propio como significante, por ejemplo, nos diferencia, pero no significa nada por sí mismo, dependerá de otros significantes que se encadenen a él. Y como en la estructura del lenguaje todos los significantes dependen de los demás la búsqueda será infinita. Saber quién somos requerirá siempre de nuevos significantes que hagan surgir una significación, pero esta nunca podrá completarse.

El teatro es pura representación. Provee de identificaciones representadas con imágenes y símbolos que permiten que el Yo adquiera consistencias nuevas en el plano imaginario, y el sujeto significaciones nuevas en el plano simbólico. Y en este sentido, la verdad del ser hablante es su inconsistencia e inestabilidad. Como una bicicleta, que si se para se cae, siempre necesitamos nuevas representaciones. Lo que, como espectadores, nos obliga a ser crédulos, a dejar en suspenso el juicio de realidad ante la representación teatral: ¿qué importa que, como el mito clásico, no sea creíble? “Nunca ocurrió, pero siempre ha estado ahí”.

Si consideramos al teatro, con su estructura de ficción, como manifestación potencial de una verdad que no puede presentarse por sí misma y que constituye a un sujeto, debemos concluir que el teatro debe unirse a eso que Freud denominó formaciones del inconsciente; es decir, expresiones privilegiadas de algo que atraviesa una barrera, que salta una censura, que surge como lo más íntimo y a la vez más extraño de nosotros mismos. El teatro manifiesta lo inconsciente, como el soñar, como el síntoma neurótico, como el lapsus, como el chiste, como el juego infantil…  Pero con algunas ventajas: el teatro se comparte, organiza una trama simbólica que da cierta estabilidad al sujeto, estructura un vínculo que permite ordenar y manejar los cuatro elementos que determinan el lazo social (Lacan, 2008): deseo, ideal, saber y goce.

  1. EL TELÓN, EL VELO Y EL ENCUENTRO CON LO REAL.

Como formación del inconsciente el teatro se vale de un elemento simple y efectivo, pero de extraordinaria importancia: el telón (no importa que sea o no un telón físico). El telón, a modo de velo, sitúa al teatro en el juego de lo que se tapa y lo que se muestra, el mismo juego al que juegan la verdad, el erotismo y la magia. Algo velado, fugazmente, de desvela, lo oscuro se hace claro. El telón separa lo mundano y lo divino, prepara a la sorpresa, la emoción y la extrañeza, igual que el análisis prepara a la apertura y cierre del inconsciente.

El telón pone al espectador espectante, introduce una mediación, un corte temporal y espacial esencial en toda representacion subjetiva. Esencial, precisamente, para preservar al sujeto de un exceso de presentación, lo preserva del impacto traumático del encuentro con algo demasiado real, “in-mediato”, es decir, sin mediación. Cuando sube el telón nos preparamos para poder mirar cara a cara a la muerte, a los goces más primitivos, a las pasiones prohibidas.

En este sentido, podemos establecer una diferencia fundamental en las manifestaciones repetitivas de los traumas que sufrimos: lo que se “presenta” y lo que se “re-presenta”: lo que se representa implica un intento de escribir el trauma en la historia del sujeto. Atañe, sobre todo, a los registros imaginario y simbólico como mediadores ante lo excesivamente “real”. La representación teatral utiliza repetitivamente elementos que intentan significar, escenificar, simbolizar, dar sentido a lo insoportable. Son repeticiones que abren interrogantes, sorprenden y cuestionan, y al historizarse pueden modificarse. En el otro campo, el de la presentación repetitiva, nada cambia, es siempre lo mismo,  cada repetición igual a la anterior, sin elaboración, sin sentido, algo se repite sin decirnos nada; por ejemplo, una determina acción compulsiva que adquiere carácter adictivo y que Freud (1996c) estableció como la manifestación de una Pulsión de Muerte en el ser humano.

Frente a la presentación “real”, la representación es producto de un trabajo psíquico, de un intento de transformar lo traumático en acontecimiento historizado. La representación teatral conecta lo singular con una historia que toma, progresivamente, la forma de discurso articulado. Se trata de una historia en la que el propio sujeto está implicado, representado ante ese agujero “real” que ahora bordea, dejando un espacio para el deseo: ¿cómo saber a dónde vamos si no sabemos de dónde venimos?

 

En la ficción representada, lo insoportable queda en parte transferido al vínculo con la acción y el personaje. Por ello, la ficción teatral constituirá también un engaño de la memoria para afrontar lo innombrable y producir un objeto de satisfacción. La ficción constituirá así una barrera frente a la angustia y un revestimiento bello de lo traumático. Si para inscribirse en la memoria el trauma debe adoptar una estructura historizada, la ficción otorgará el escenario a esa historia: ubicará al sujeto y permitirán obtener placer de un lugar de la historia que radicalmente lo sobrepasó. El teatro, como la terapia, al menos la terapia psicoanalítica, introducirá un lapso temporal para extraer la temporalidad perdida del trauma anudando repetición y sorpresa. Tratará de hacer pasar, del estatuto de la repetición, al estatuto de la historización. En el teatro la función del tiempo se reintroduce en el sujeto: el pasado (que nunca se vivió), en el presente, apuntando a la realización de un deseo en el futuro.

  1. EL TEATRO COMO CREACIÓN Y SUBLIMACIÓN DE LO PULSIONAL.

Desde el punto de vista del autor de la obra teatral, ésta, como cualquier creación artística apunta a lo “sublime”, es decir, participa de la sublimación. La sublimación es una modalidad particular de satisfacción pulsional (Freud, 1996b) porque consigue desexualizar la pulsión y por tanto sortear el freno de la represión que siempre se ejerce sobre lo sexual. En la sublimación, la pulsión se desexualiza al conectar con los ideales sociales y alejarse del interés egoista o utilitario, del simple deseo de reconocimiento o de valoración social.

Tal desexualización de la pulsión en el acto de creación artística tiene importantes consecuencias:

1º. Canaliza una satisfacción paradójica del sujeto porque su objeto de satisfacción queda en suspenso. Esto acentúa el deseo, la búsqueda de algo que no se sabe qué es, y abre al “acto”. Un acto, desde el punto de vista psicoanalítico, no es cualquier acción; no es actuación, ni repetición, ni locura, ni suicidio. Requiere, eso sí, de un deseo decidido. Un deseo que no se limita a lo sexual y lo trasciende.

2º. El deseo llevado al acto, en este caso deseo de crear, permite franquear ciertos límites respecto a las convenciones, la vergüenza, la diplomacia, etc. El deseo que va más allá de lo sexual y provoca el acto es subversivo por estructura, rompe sentidos preestablecidos, abre a lo inesperado, a lo que escapa a cualquier cálculo. Por eso, la creación como acto del artista porta un misterio, un “duende” lorquiano, que abre a multitud de sensaciones e interpretaciones.

3º. El deseo llevado al acto resulta sumamente contagioso y su resultado, la obra creada, establece un tipo particular de lazo social, de encuentro capaz de establecer vínculos profundos entre seres hablantes: la obra fascina pero no pasiviza, hace compartir el deseo de crear y abre a una satisfacción extraña, no sexual, no limitada por un mecanismo simple de carga y descarga.

4º. El acto de creación conecta con un “lenguaje universal”, por eso trasciende las diferentes culturas, lenguaje que une, pero no depende del sentido o de la sintaxis,  que produce la caída de un sujeto y el surgimiento de otro, aunque sin el efecto desorganizador del trauma, lenguaje que es tan sólo pura emoción compartida.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.

Freud, S. (1996a). Personajes psicopáticos en el escenario. En Obras Completas, vol. 7. Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1996b). Pulsiones y destinos de pulsión. En Obras Completas, vol.  14. Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (1996c). Más allá del principio del placer. En Obras Completas, vol.  18. Buenos Aires: Amorrortu.

Lacan, J. (1966). El estadio del espejo como formador de la función del yo tal como se nos revela en la experiencia analítica. En Escritos I. Madrid: Siglo XXI.

Lacan, J. (2005). Lo simbólico, lo imaginario y lo real. En De los Nombres del Padre. Buenos Aires: Paidós.

Lacan, J. (2008). Seminario 17. El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

 

Jorge Marugán. Profesor del dpto. de Psicología Evolutiva de la U.C.M. Psicoanalista.

 

Noticias Cuatro en la UAT joven

11530Silvia-Parrabera-UAT-Joven-psicosis-salud-mental-manantialEl equipo del telediario visita el proyecto piloto de atención temprana de Fundación Manantial

29 de Mayo de 2017

El equipo de informativos de Cuatro se ha desplazado este fin de semana hasta la Unidad de Atención Temprana Joven (UAT). La UAT es un proyecto piloto pionero en España desarrollado por Fundación Manantial, con la colaboración del Servicio Madrileño de Salud y la Obra Social “La Caixa”, que atiende de forma intensiva e integral a jóvenes con primeros episodios psicóticos y a sus familias.

La UAT atiende a 30 jóvenes entre 16 y 25 años, franja de edad en la que surgen el 70% de casos. Detectar a tiempo e intervenir de forma especializada e intensiva en la primera fase de la psicosis mejora la recuperación funcional de los jóvenes y evita que se aíslen de la sociedad. La atención temprana logra una reducción significativa de las recaídas y los ingresos hospitalarios, disminuye las dosis necesarias de medicación, supone un ahorro al sistema sanitario y reduce el sufrimiento emocional en las familias.

El éxito de la intervención precoz se puede ver en algunos resultados de la UAT en sus tres primeros años de vida, en los que 26 jóvenes han retomado su formación y 23 han conseguido un empleo, algo esencial en estas edades y que facilita significativamente su inclusión social. El proyecto piloto pasará a una segunda fase a partir de julio de 2017 y continuará atendiendo a los pacientes con primeros episodios psicoticos y a sus familias derivados de los servicios de salud mental del Hospital Universitario Alcalá de Henares. 

Accede a la noticia en Noticias Cuatro (minuto 31:23)

 

Fuente: http://www.fundacionmanantial.org/noticia.php?id=377

¿QUÉ CAMBIA CON EL ANÁLISIS?. Jorge Marugán

-¿Por qué estoy aquí?  Pregunta Neo cuando consigue llegar al arquitecto de Mátrix en la 2ª parte de la famosa trilogía de los hermanos Wachoswsky, ambos transexuales declarados. Y el Arquitecto, el Creador, que como buen amo vela por el buen funcionamiento del programa Mátrix, donde habitamos todos, le contesta (hago un resumen):

-“Eres el resto de una ecuación que escapaba a mis intentos de control, el producto de una anomalía en mi armonía de precisión matemática, el fruto de una imperfección inherente a todos los seres humanos… una anomalía que crea fluctuaciones hasta en vuestras emociones más simples”.

El arquitecto explica a Neo que la primera versión de Mátrix se basó en la felicidad y la perfección, y fracasó, los cuerpos humanos no sobrevivían; en una segunda versión emuló el sufrimiento y la destrucción presentes en la historia humana, y también fracasó. Entonces, a través de un programa más intuitivo, el Oráculo, encontró que los seres humanos aceptaban someterse al programa mientras sentían que podían elegir, sólo entonces la mayoría lo aceptaba, y los cuerpos sobrevivían. Pero como los que rechazan el programa, aunque sean una minoría, constituyen una creciente posibilidad de desastre en el sistema, se impide esa amenaza matando a todos los rebeldes, pero permitiendo sobrevivir a unos cuantos para diseminar su código humano anómalo y recomenzar el ciclo de la anomalía. Y así cada vez. Esa es la función que Neo tiene en Matrix: la de resto que no se puede eliminar del programa y se autorregula bajo el dictado del amo para mantener la producción normalizada de sujetos. Como Noé y su arca. Como la estructura que señala el llamado Discurso Universitario de Lacan. Neo, por supuesto, se niega.

Me gusta pensar que Neo es Freud, que se niega a hacer de la a-nomalía un objeto al servicio del poder y la convierte, precisamente, en una herramienta para cuestionar al sujeto y derribar a sus amos, sean falsos o verdaderos.

Pero Neo, claro está, es el Elegido, y sólo puede acabar crucificado para salvar a todos. Los que no gozamos de tanta vocación, ¿qué alternativa tenemos a este control del poder, basado en un uso tan astuto del saber?

Frente a las pretensiones, bienintencionadas o no, de establecer un ser humano completable, programable y normalizable (en “completo bienestar” dice la O.M.S.), el psicoanálisis opone la evidencia de un “Yo escindido por la castración” como estableció Freud en el último momento; o de un Sujeto dividido por el lenguaje, como agregó Lacan. Y será a través del lenguaje y la palabra que el psicoanálisis opera frente al sufrimiento; es decir, su recurso será precisamente aquello que provoca la anomalía humana de origen.

¡Qué incongruencia! combatir el exceso sufriente y perturbador de esa anomalía con más anomalía; utilizar todo el potencial del lenguaje, no para curar la castración o la división del sujeto, sino para suscitarla, volver productiva esa castración y provocar el cambio subjetivo.

Pero esa intervención basada en el potencial de la palabra y el lenguaje para cuestionar lo faltante, no puede reproducir el mismo ejercicio de poder que pretende combatir. No se trata de sustituir un amo, que controle y administre el saber, por otro, como hace la histérica. En el psicoanálisis, el uso del saber es paradójico porque, como indicó Freud, ese saber no está en el analista, éste debe dejar su saber en suspenso, está en el Inconsciente. Y por eso, más que hablar, escuchamos. Intentamos escuchar el inconsciente, sus manifestaciones: contenidos verbales que se repiten, síntomas, sueños, fantasías, lapsus y actos fallidos… saberes que no responden, que no admiten la programación o normalización en función de los dictados del amo.

Por eso, nuestra palabra como analistas, no tiene valor como saber, este ya tiene demasiados dueños y demasiadas palabras, sino precisamente lo contrario, tiene valor como no-saber, y aquí no sigo a Freud y recurro a Lacan. La palabra del analista alcanza su máximo valor como no saber, es decir, como Acto. El Acto se sale del programa, está más allá del sentido y del cálculo y, sin embargo, conlleva el encuentro con una certidumbre. Se sostiene en un deseo realmente decidido, después todo es diferente. Neo, cuando da calabazas al Arquitecto de Mátrix, realiza un Acto.

Entonces, si hablamos de cambio, de lo que puede cambiar el análisis, del cambio en la posición subjetiva, en la fijación a ciertas fantasías, en el sometimiento a ciertos ideales, en nuestra sexualidad, en nuestra forma de hacer vínculos… ahí no hay saber previo.

“Ha sido un juego muy peligroso”, dice el amo de Mátrix al final de la saga. Pero del  Acto de Neo surge un orden nuevo, de esperanza, de resistencia, de libertad.

 

Jorge Marugán. Jornadas Psicoanálisis y Universidad. 27 de abril de 2017.

Soledad García. EL RETO DEL PSICOANÁLISIS.

¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad? La pregunta encierra, a mi modo de ver, mucha más complejidad de lo que cabría esperar a priori.  Insta a la reflexión de una manera profunda. Y de esa invitación a pensar surgen, otras nuevas preguntas a colación. ¿Se enseña el psicoanálisis en la universidad? ¿Puede un psicoanalista adquirir la formación necesaria en la universidad?

Freud se hizo la misma pregunta en las primeras décadas del siglo pasado, años después de su descubrimiento del método. En el verano de 1918 se cree que escribió el texto que tituló con la consabida pregunta que hoy abre mi propuesta. Pero por qué el padre del psicoanálisis se esforzó en esta disquisición.

Quizá merezca echar un vistazo a la coyuntura en la que se vio motivado a hacerlo. Es sabido que el psicoanálisis nace de la observación clínica de pacientes histéricas a quienes la mayoría de médicos tildaban de simuladoras de sus dolencias. Charcott y Breuer, muestran a Freud la escisión que tiene lugar en el psiquismo humano. Freud se pone tras la pista y con ello proclama el descubrimiento del inconsciente. Probablemente éste será el hito que marque el siglo XX. Avanza todo un arsenal de literatura respecto del hallazgo en el que da prueba de la existencia de una vida interna oculta, una serie de procesos a nivel profundo que se traducen en un malestar en la realidad, un modo de enfermar y con ello, también, un método de cura. Y todo ello lo pone al servicio de la comunidad científica. Dice Freud que durante los primeros 10 años el psicoanálisis creció en medio de un clima de descreimiento y rechazo para luego  pasar a una indiferencia inusitada.

A pesar de eso la puesta en práctica del método, lejos de extinguirse  fue en aumento, siendo, que médicos de distintos lugares lo adoptaban para tratar a sus pacientes con dolencias de carácter nervioso. El psicoanálisis proliferó hasta las consultas de reputados profesionales que no tardaron en sumarse al ejercicio de escribir y publicar el modo en que operaban a través del método para conducir a sus pacientes hacia la cura. Psicoanalistas como Abraham, Ferenczi, Simmel, entre otros, alcanzaron una gran repercusión entre la comunidad médica con las publicaciones de sus artículos en relación a las “neurosis de guerra”. La clase médica quedó muy impresionada con estos trabajos, y como consecuencia de ello se crearon clínicas psicoanalíticas para el tratamiento de las citadas neurosis. La primera de ellas se inauguró en Budapest.

Freud había declarado que la ciudad era en ese momento, verano del 1918, el centro del movimiento psicoanalítico.  Aprovechando la circunstancia, junto con Ferenczi  organizó el 5º Congreso psicoanalítico Internacional, al que acudieron incluso representantes estatales y delegados oficiales de gobierno de Austria, Alemania y Hungría. El evento resultó un éxito. Como consecuencia se produjo una convulsión entre los estudiantes quienes solicitaban al rector que se impartiera psicoanálisis en la universidad. Así entró Ferenczi a impartir clase, el primer psicoanalista que lo hiciera.

Con este caldo de cultivo escribe Freud el texto al que nos referíamos en un principio. “¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?” De manera que la susodicha pregunta por el psicoanálisis y la universidad ya se la planteaban en la Europa de principios del siglo pasado. De ahí se pueden extraer muchas cosas, una de ellas es que pareciera que el psicoanálisis tuviera cierta dificultad para ser aceptado en la universidad ya desde sus primeros pasos.

Freud se reafirma en la idea de que la formación del psicoanalista puede prescindir de la universidad. De hecho, generaciones de psicoanalistas han hecho su formación fuera del circuito universitario ya que el psicoanálisis se ha visto excluido de los planes de estudio. Él afirma: “…un aspirante a  psicoanalista puede prescindir de la universidad para su formación sin menoscabo de la misma…”

Por tanto ¿cuál se estima que ha de ser el recorrido de un aspirante a psicoanalista? Dice el padre del psicoanálisis, textualmente, “la orientación teórica que le es imprescindible la obtiene mediante el estudio de la bibliografía y en las sesiones científicas de las asociaciones psicoanalíticas, así como por el contacto personal con otros miembros más antiguos y experimentados. En cuanto a su experiencia práctica, aparte de adquirirla a través de su propio análisis, podrá lograrla mediante tratamientos efectuados bajo el control y la guía de los psicoanalistas más reconocidos.”  

Probablemente consideró necesario, en medio de todo este momento de agitación, sentar las bases en cuanto a la formación que  debía tener un futuro psicoanalista. Dicha formación específica está apuntalada en tres pilares fundamentales que dan fiabilidad al trabajo de la clínica.  Análisis personal, supervisión con un profesional experimentado y formación teórica continua.

Se crean las asociaciones psicoanalíticas para ese fin. Y desde sus institutos orientan y acompañan la formación del aspirante.  Freud, reitera, que éstas, no se olvide, deben su existencia a la exclusión de que el psicoanálisis ha sido objeto por la universidad. ¿Le parecería a Freud que el psicoanálisis no necesita a la universidad y viceversa? Definitivamente no.

Freud considera totalmente compatibles al psicoanálisis y a la universidad. Parecería incluso que se esforzase en justificar y alentar este vínculo al escribir el artículo que hoy nos inspira.  Por eso explica en este texto que la formación del psicoanalista necesita de una parte teórica, que alude a la transmisión de postulados, pero también una parte eminentemente práctica que implica, tanto un análisis personal, como la conducción de la cura con pacientes bajo el control de un psicoanalista experto. Dice Freud, que con lo que aporta la universidad no se podrá obtener del todo la formación que necesita un psicoanalista. Sin embargo, sí habrá hecho un ejercicio de asimilación de los conceptos y los supuestos básicos de la teoría. Un aspirante no está preparado como psicoanalista cuando sale de la universidad, como tampoco la universidad consigue crear cirujanos capaces de enfrentarse a todo tipo de situaciones, recuerda Freud.

Para él supondría un beneficio mutuo. El psicoanálisis se beneficiaría de su entrada en la universidad ya que eso supondría como un rédito moral para los psicoanalistas pero sobre todo, según lo plantea Freud, porque posibilita un medio fundamental para su difusión. Para que los psicoanalistas salgan de sus consultas al mundo y no se queden encerrados y solos con sus pacientes, para que el psicoanálisis pueda impregnarse en la cultura y alcance un calado en lo social.

En el otro sentido, también el psicoanálisis tiene aportaciones que ofrecer a la universidad. Freud es claro y apunta 3 aportaciones fundamentales:

En primer lugar, se refiere al énfasis que el psicoanálisis pone en los factores psíquicos. Él recuerda que la formación médica está muy esquinada hacia una orientación a lo físico: la anatomía, la física, la química. Y por el contrario no se les instruye en la importancia de los factores psíquicos en toda manifestación vital, también en las enfermedades. Critica la falla que eso implica en la actuación profesional de cara a la instalación del tratamiento.

Sin embargo, en éste punto advierte que introducir el psicoanálisis mismo sin preparación previa para el estudiante podría resultar contraproducente. Se refiere a la necesidad de proporcionar un terreno fértil en el que poder sembrar una nueva forma de escucha, un nuevo modo de pensamiento. Requiere instruirle acerca de las relaciones entre la vida psíquica y la somática, la indisolución del binomio cuerpo-mente. Como si se tratase de darle un  tiempo de acomodo a la manera en que sucede también con un paciente en el análisis, en lo que denominamos el raport. Ese tiempo que necesita cada paciente de manera genuina para comprender el método hasta conseguir dejarse llevar en la instalación de la transferencia. Una preparación para pensar de otra manera a como lo ha venido haciendo en su vida. Un aviso, casi para estar alerta a la apertura de lo inconsciente.

La segunda aportación del psicoanálisis a la universidad, partiría como modo de revelarse al catálogo de dolencias vigente, donde se elaboran cuadros psicopatológicos en función de las sintomatologías, descalificando al síntoma en su elaboración como defensa de un sufrimiento interno y de creación sustitutiva.

En este sentido se podría decir, que responde a una crítica de la psiquiatría y también de la psicología, en cuanto al modo que tienen de acercarse a la patología. Apoyada puramente en lo descriptivo y fenomenológico.  Desde esta perspectiva no se puede saber nada que se acerque a una compresión de lo observable en el sujeto. El aporte, de la nueva disciplina, apuntaría al conocimiento de una psicología de lo profundo que se acerque al ser humano desde su complejidad, capaz de atisbar algo más de luz en las manifestaciones del alma.

El psicoanálisis aporta hallazgos inestimables desde su metapsicología. Toda una conceptualización que permite acercarse a los procesos internos inconscientes que operan en un ser humano desde su nacimiento hasta la consolidación de su psiquismo y más. Una metapsicología, una psicología que va más allá del ser consciente.

El acercamiento a una estructura compleja en el psiquismo que tiene su anclaje en un motor infinito, el Deseo, adherido a la pulsión de  vida o a la pulsión de  muerte. Con ello, la tendencia a la realización de ese deseo aunque solo sea en la fantasía. Y un impedimento frente a eso, la defensa, el intento fútil en muchos casos de poner orden del Yo. No falta el rodeo para despistar a éste Yo, en forma de acto fallido, lapsus, sueño o síntoma. En definitiva, un modo de acomodar un olvido, el del trauma, de la fantasía, por supuesto, el subjetivo de cada cual, que le marca un destino tiznado por el pasaje edípico que transitó.

Una última aportación reside en  poder acomodar herramientas del psicoanálisis al estudio de otras disciplinas que giran en torno a la producción humana. Se insta a la consideración de un nuevo modo de pensamiento global, que construya un puente entre la ciencia médica junto con la rama del saber, ya sea, el arte, la teología, la literatura, la mitología, la filosofía, la historia de las culturas, la filosofía de las religiones.       Dado que el psicoanálisis investiga los procesos psíquicos y las funciones mentales, puede trascender el campo de la patología dando lugar al psicoanálisis aplicado. Utilizar, en definitiva, los materiales del psicoanálisis para comprender modos de expresión utilizados por la humanidad.

 

Con ello concluye Freud que la universidad se beneficia en todo punto de la aportación del psicoanálisis.

Freud en sus reflexiones de 1918 parece tener claro que tanto universidad como psicoanálisis se benefician simultáneamente. La universidad le confiere al psicoanálisis un lugar en el epicentro del conocimiento, casi un reconocimiento moral  para los psicoanalistas, como se citaba antes. El psicoanálisis, por su parte también acumula un saber para el profesional y para el hombre sin más. La posibilidad de divulgar este genuino saber, este nuevo modo de estar en la vida nos lleva a la pregunta de si se pudiera crear una sociedad menos patógena.

Siendo que la dialéctica psicoanálisis-universidad resulta tan beneficiosa, la realidad viene a recordarnos que actualmente, en nuestro país, el psicoanálisis sigue encontrándose con las mismas dificultades que en el principio. Y que como sucede en ésta facultad, se resiste a duras penas, gracias al esfuerzo de personas concretas, psicoanalistas que desarrollan la transmisión desde sus lugares de profesorado. Y que aun así, cuesta conseguir que el discurso del inconsciente cale en los estudiantes por no decir en el resto de profesores, quienes se muestran escépticos en muchos casos. Y lo mismo parece que sucede en muchos otros ámbitos, también de la cultura, por más incongruente que resulte.   ¿Y cómo es que aparece tanta resistencia por parte de la universidad al método psicoanalítico? De nuevo nos encontramos con que surgen a día de hoy las mismas preguntas que surgían en los primeros estertores del método.

Asomémonos de nuevo a Freud. Él mismo, no en vano denunció un rechazo por parte de la universidad al psicoanálisis. En 1924 escribió un texto que trata de dar respuesta al porqué de esa animadversión con el método “Las resistencias contra el psicoanálisis”.  Sus reflexiones parten de un sentir general para el que parece estar dotado todo ser humano, incluso,  toda comunidad. Lo novedoso resulta displacentero, afirma. Lo nuevo exige al aparato psíquico de un trabajo, de un esfuerzo por superar la inseguridad que genera y la angustia que se apodera del yo.

Entiende que no obstante, la universidad que representa la cientificidad no debería sucumbir al horror a lo nuevo porque entraría en contradicción con sus propios principios de investigación y afán de descubrimiento en pos del avance. Más el psicoanálisis encuentra en la universidad la misma resistencia que en la sociedad en general. A pesar de continuar eminentemente vivo  y en plena actualidad no consigue un lugar de reconocimiento. Y sí se encuentra con trabas.

La primera resistencia que denuncia Freud, es en la comunicad médica, desde donde se cuestionaba el carácter científico del nuevo método. En la actualidad eso no ha cambiado mucho, los médicos no están preparados para la contemplación de lo psíquico. En el principio, Juzgaron los síntomas de las neurosis histéricas como resultado de la simulación y a los fenómenos del hipnotismo como un fraude. Acomodados  en una visión conservadora, trataron en todo caso de reconducir todo desorden  a causas de carácter anatómico o químico.

Y parecido ocurrió, dice Freud, con los filósofos, a quienes se refiere como segunda resistencia. Ellos, a pesar de estar más familiarizados con los conceptos abstractos no terminaron de dar crédito a la noción de “lo psíquico”. En la filosofía era equivalente a la conciencia, el mundo de lo consciente. Para el psicoanálisis, lo anímico apunta en mayor medida a los contenidos inconscientes. Otra vez, la nueva disciplina se encontraba con obstáculos y su acogida en el mundo científico y del conocimiento resultaba displicente.

Para Freud esta reacción tan rupturista no solo puede estar apoyada en una resistencia basada en lo intelectual. Semejante negativa puede hacer alusión a todo un entramado defensivo al servicio de mociones afectivas que el psicoanálisis despierta no solo entre los pensadores y científicos sino en la totalidad del ser humano. La pregunta inevitable sería, ¿por qué?

La sexualidad es traumática para el hombre. De ella no se quiere saber porque evoca lo prohibido y deseado, según Freud. Y además, está implicada en el origen de las patologías. Los síntomas neuróticos son explicados por el padre del psicoanálisis como “formaciones sustitutivas desfiguradas por pulsiones sexuales que por obra de resistencias internas consiguen una gratificación de forma indirecta”. Si el aparato psíquico necesita desfigurar la pulsión sexual, si resulta que para saber de ella ha de pasar por un filtro que la disfrace, ¿cómo podría el hombre aceptar de buen grado el psicoanálisis? ¿No sería más fácil apelar al cinismo y hacer como que de eso no se sabe?

Realmente, el psicoanálisis no tendría la exclusiva en otorgar a la sexualidad un lugar tan relevante para la vida anímica. El filósofo Schopenhauer en su libro “El mundo como voluntad y representación” desglosa en uno de los capítulos, el de La vida de la especie,  lo siguiente: “…en cuanto al carácter del apetito sexual, no solo es el más fuerte, sino que su fuerza es específicamente más poderosa; está siempre supuesto como necesario e inevitable y no es, como otros deseos, cuestión de gusto o de capricho; es la esencia misma del hombre”.  Continua diciendo: “… Todo esto se explica por la importancia del papel que desempeña en el mundo la relación de los sexos, resorte oculto de toda la actividad humana, y que se trasparenta por doquier pese al velo con que la encubrimos. Aparece en el trasfondo de toda cuestión seria y de toda diversión; es fuente inagotable de chistes, intención secreta de toda insinuación o de toda proposición inexpresada. Es materia siempre dispuesta a la chanza, y todo porque es, entre todas las cosas, la más seria. Y siendo un asunto capital para todos, es conducido con el mayor misterio y parecería que nadie piensa en él. Pero en la realidad de la vida es el amo legítimo del universo.  …Y el poder de esta propensión es tan grande que por mucho que se afanen los hombres para domarla, para disminuirla o disimularla con el fin de reducirla a una cuestión secundaria en su existencia, será en vano. El secreto radica en que el instinto sexual es la esencia misma de la voluntad de vivir y por tanto de la concentración de todo deseo. El hombre es una concreción del instinto sexual…”

Como sucede en ocasiones con los pacientes, se comprueba que de los secretos se  sabe a un nivel más inconsciente, que son más bien, secretos a voces en muchos casos. Así parecería que sucede con la sexualidad, no se quiere saber de eso porque algo se sabe…

El psicoanálisis destapa los secretos, los nombra, le enfrenta al ser humano con su origen y con su verdad última, la más íntima, con el germen de su especie, desde lo más descarnado e impronunciable, desde lo incestuoso.

Posterga el estatuto de persona a los efectos de la crianza, supedita el andamiaje psíquico al encuentro con los primeros objetos de la vida y a la sexualidad de los mismos. De forma que, desde el posicionamiento sexual del que será su primer objeto, o sea, desde la sexualidad de la madre, se determina un vínculo con el bebé, que tendrá como resultado la constitución de un psiquismo, la construcción de a poco de una identidad, ya sea subjetiva o alienada a ese primer objeto. Para Freud la sexualidad está en el principio y en el antes ya que estaría en la cabeza de la madre. Estaría en el durante, mientras tanto, mientras se constituye. Porque comienza a ser erotizado desde el encuentro boca-pecho y posteriormente a través de los primeros cuidados, en las caricias, en los abrazos. La sexualidad seguiría en el después, en el despegue de la madre y el encuentro con el padre y en la forma en que tiene lugar ese giro. Estaría en el inmediatamente después, en la construcción del sexo tras las identificaciones y la aceptación de la castración. Y después seguiría hasta el final, en sus resignificiaciones, en sus altos y sus bajos sin agotarse del todo nunca.

En 1924 Freud publica “El sepultamiento del complejo de Edipo” y sigue hablando de sexualidad. Explica el pasaje por las identificaciones hacia el padre y la madre y el deseo hacia cada uno de ellos junto con el odio a la pareja opuesta. Todo un descubrimiento para ciegos, algo así viene a decir él, como que lo verdaderamente difícil sería no ver el enamoramiento del niño y de la niña hacia sus padres respectivamente, el enamoramiento y la atracción sexual. Efectivamente, Freud, reconoció la sexualidad infantil. Nueva excusa para defenderse del psicoanálisis. ¿No es mejor pensar en la pura inocencia del niño ajeno a toda excitación sexual y con ello garantizar tener bajo llave la tendencia incestuosa de nuestra especie? ¿No es más tranquilizador  negar que lo pulsional apunta a la consumación de lo prohibido? ¿Y que estará condenado a una repetición perpetua a través del síntoma o de los sueños o de cualquier acto del inconsciente?

Como consecuencia del recorrido psicosexual desde la infancia, prueba fehaciente de que el niño posee una sexualidad, resulta el horror al incesto y una potente conciencia de culpa que proclama a gritos un amor imposible. Todo un secreto que enterrar en lo más profundo para intentar no saber.

Por eso, los seres humanos, como masa, se comportaron hacia el psicoanálisis exactamente como lo hacían los individuos neuróticos en el proceso de la cura. Se resistían, inconscientemente. La diferencia es que en el curso del tratamiento el analista tiene la posibilidad de enfrentar al paciente con todas estas cuestiones de principio reprimidas. (1925)

Freud en 1917 en un artículo denominado “Una dificultad del psicoanálisis”, sostiene que las neurosis surgen de un conflicto entre las pulsiones sexuales y el Yo. Estas suponen un peligro que amenaza la autoconservación. El Yo a la defensiva, deniega la satisfacción a las pulsiones y las empuja a una satisfacción sustitutiva. Ese rodeo es lo que se ha denominado como SÍNTOMA neurótico. En el análisis tratamos de identificar cómo se encuentra distribuida la libido del paciente, pesquisar las representaciones-objeto frente a las cuales haya quedado ligada su libido o su energía sexual. De ahí pretendemos desasirla, liberarla, para ponerla al servicio del Yo. El psicoanálisis tuvo que desglosar todo este recorrido para comprender que en el principio la pulsión sexual está anudada a la persona propia. Más tarde se transmuda a los objetos externos. Pero nunca lo hará del todo, siempre el Yo retiene una parte y a ésta la denominamos narcisismo.

Por tanto, el psicoanálisis revela la inclinación en el hombre hacia sí. El amor hacia sí mismo y por ello se encuentra con la dificultad de asimilar todo aquello que  cuestione ser el centro. En éste mismo texto de 1917 que se decía antes,  Freud realiza una interesante reflexión acerca de las afrentas al narcisismo que recibe el hombre en su historia:

La primera proviene de la Ciencia, al confirmar que la Tierra no es el centro del universo, desde la teoría de Copérnico. La segunda afrenta al narcisismo humano (la biológica) se refiere a cómo el hombre tras declarar carentes de razón a los animales acabó por constatar que el hombre ha surgido del reino animal y se enlaza con los antepasados de algunas especies. Pero dice Freud que ninguna de éstas es comparable con la afrenta psicológica que aporta el psicoanálisis, quien sostiene que El hombre no puede controlar una parte de su propia alma que se le impone ajena a su voluntad, no puede dominar sus pulsiones anímicas y además ignora el proceso por el cual éstas se desbocan. Únicamente tiene noticia de todo ello a través de su sufrimiento. Junto a esto exhorta una de sus frases más celebres para resumir lo citado: “…el Yo no es el amo en su propia casa.”

 

 

 

El mismo Freud habla de profesión imposible, en 1937 cuando se refiere a la de psicoanalista. Algo de la dificultad estaría inherente al método, como se ha tratado de demostrar.

El reto del psicoanálisis apuntaría a la posibilidad de escapar de un rumbo de opresión, de poder salir de las telarañas y desertar de lo represor del sistema. Lo mismo que un paciente en análisis se enfrenta al reto de levantar las barreras de su Yo para hacerse cargo de sí mismo de una manera más consciente, más global. Hacer posible, al igual que en la cura, burlar un destino que le empuja a una repetición y ahoga el deseo en lo mortífero del síntoma.

El reto le da el testigo a la palabra, a que los psicoanalistas sean capaces de difundir su saber, de llevarlo a la vida, a la calle, al patrimonio común. Ofrecer un conocimiento que de paz al sufrimiento humano o comprensión del mismo, capaz de convertir la desdicha en lo soportable y de atemperarla a través del humor…

El psicoanálisis se abraza a la pulsión de vida, palpita subversión, capacidad para revelarse a lo establecido. Requiere serenidad pero también valentía y determinación.  No en vano dictadores de la historia de la humanidad mandaron quemar entre otros los libros de psicoanálisis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

FREUD, S. (1904/1903).El método psicoanalítico de Freud. O.C. Tomo VII. Pag. 223 Buenos Aires: Amorrortu

_ (1912) Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. O.C. Tomo XII. Pag 107

_ (1913) El interés por el psicoanálisis. O.C. Tomo XIII. Pag. 165

_ (1916-1917) Una dificultad del psicoanálisis. O.C. Tomo XVII. Pag 125

_ (1916/1917) 18º Conferencia. La Fijación al trauma. Lo inconsciente. O.C. Tomo XVI.        Pag 260, 261

_ (1918/1919) ¿Debe el psicoanálisis enseñarse en la universidad? O.C. Tomo Tomo XVII.

_ (1918/1919) Los caminos de la psicoterapia psicoanalítica. O.C. Tomo XVII.

_ (1924/1925) Las resistencias contra el psicoanálisis. O.C. Tomo XIX.

_ (1937) Análisis terminable interminable. O.C. Tomo XXIII. Pag 249

JONES, E. Vida y obra de Sigmund Freud. Tomo II

 

GERARDO GUTIÉRREZ. UN ACERCAMIENTO PSICOANALÍTICO A LOS CUENTOS POPULARES (V)

(…)

Enumeraré unos pasos que me parecen fundamentales en este acercamiento a los textos de la cultura popular, en los que podréis localizar las condiciones de posibilidad del método psicoanalítico que acabamos de comentar:

  1. Inmersión en el material cuentístico popular de todo tipo. Elijo un texto. O me dejo elegir.
  2. Elección del tipo (Aarne y Thompson, ver nota final del texto), con cuatro condiciones que considero fundamentales:
  • que verdaderamente sea un tipo diferenciado (que tenga una estructura definida que se repita en las distintas versiones, aun con múltiples variantes)
  • que sea enigmático (que o bien en su estructura, o en su contenido, o en la naturaleza de su final, o en su relación con otros tipos, etc., se produzcan, para mí, rupturas de sentido, interrogantes)

Algunos ejemplos (no textuales):

“el lobo se abalanzó sobre caperucita y se la comió” (Fin. Caperucita Roja de Ch. Perrault); “con los brazos amputados, sin ojos y desnuda, colgada de un árbol por los cabellos, la vio el príncipe y ya no se pudo separar de ella” (La niña sin brazos, versión de Rodríguez Almodóvar); (una madre a sus hijos): “al que vuelva el último le mato. El niño pequeño llegó el último. ¡ Acerca la mesa, acerca el barreño, el cuchillo!. Y le mató”  (El niño que llegó el último, versión de Aurelio María Espinosa, hijo); “cómo me quieres?: como la carne quiere a la sal, le dijo la hija al padre, y éste, enfurecido, la mandó matar” (Como a la sal, varias versiones)

  • que se repita (es decir, que insista, que se encuentren versiones diversas en recopiladores diversos en el tiempo y en el espacio geográfico)
  • que despierte mi curiosidad y mi interés (que me sienta atraído, implicado por esos relatos, que algo de esa historia resuene en mí, llame mi atención, más allá de la tarea investigadora)
  1. Una vez elegido el tipo, rastrear versiones afines de cualquier género (cuentos del mismo tipo o de tipos afines, romances, mitos clásicos o actuales, noticias de periódico, productos televisivos, etc.) un solo cuento no se puede analizar y menos interpretar (asociación libre)
  1. Análisis comparativo que va poniendo de manifiesto (quiero insistir en este carácter procesual)  lo común,  la estructura,  y lo diferente
  1.  Mientras hago esto, me dejo impactar por cualquier elemento de esta presentación simultánea de los textos. Se podría decir que los textos comienzan a hablar, comienzan a hablarme
  1. Para ello es imprescindible escuchar analíticamente: “surcar la obra en todos los sentidos, sin omitir ni privilegiar nada a priori”
  1.  Pasión por la literalidad, por escuchar ahora sin cooperación textual: “pedir la mano”, “manca.. manque”  “si realizas esta tarea imposible, te doy a mi hija, si no lo consigues, morirás”. La madre malcasada de Delgadina: “vete de ahí, perra maldita, vete de ahí, perra malvada, que va para 7 años, que me tienes malcasada”. Escuchar como si de algo nuevo se tratase. Dejarse impactar por lo que venía siendo cotidiano.
  1. Tratamos de desmontar los significados establecidos y dirigirnos al significante (enigma), en un camino inverso al habitual: sgte à sgdo // sgdo à sgte (sin sentido). Buscamos significantes fundamentales.
  1.  Procuro evitar en todo momento el recurso a lugares comunes, a tópicos interpretativos. A “traducciones”. Tengo siempre presente  (siempre… que puedo, claro) que no pretendo superponer sobre el texto los conceptos psicoanalíticos, ni ilustrar la teoría con los textos. Sólo me interesa lo que los textos digan.  Entiendo perfectamente que esto es relativo, voy a los textos desde mi formación teórica y esto sesgará mi escucha. Pero sin formación teórica no escucharía, psicoanalíticamente, nada.  Es ésta, por lo demás, una limitación propia del método que nos encontramos igualmente en el trabajo con personas.
  1. Es una tarea de análisis, de desagregación, más que de interpretación. Es importante hacer esta diferencia. Y si pensamos en interpretación, tendré en cuenta que la interpretación tiene forma de pregunta, lo que pretende es relanzar el significante. Por tanto, siempre tendrá el carácter de una propuesta.

Mediante estas condiciones he venido trabajando un número significativo de cuentos populares y algunos romances.

No me he interesado por aquellos cuentos que se caracterizarían por su final feliz, o por su carácter didáctico, o por su carga ideológica o, incluso, por ser comprensibles o coherentes.

Justamente me han interesado más aquellos cuentos que tienen algo de incomprensible, inexplicable o desagradable. Porque, si unimos ese carácter de su incomprensibilidad al hecho de que sean cuentos muy antiguos y con presencia de versiones en múltiples zonas geográficas, nos presentan un enigma, una ruptura de sentido que requiere un análisis y una eventual interpretación.

Piénsese en la Caperucita Roja, versión Perrault que acaba con la devoración de la niña, o el tipo Mi madre me mató, mi padre me comió, de título suficientemente explícito.

¿Qué efecto puede producir un relato así? ¿Qué transmitía el contador, sin saberlo? ¿Qué escuchaba el oyente, adulto o niño, sin tener conciencia de ello?

En estos casos no hay indicios de una pretensión educativa o explicativa. Y creo por ello que podríamos ver una posible diferencia entre estos cuentos y los mitos clásicos.

En concreto, mencionaré dos tipos que me han interesado últimamente:

Dentro de los innumerables cuentos que configuran el que se denomina como Ciclo de la Niña Perseguida (pensad en las Blancanieves, las Cenicientas, Piel de Asno, etc.), hay un tipo que me llamó la atención: El novio bandido (tipo 955 en el índice de tipos y motivos de Inti Aarne y Stit Thompson)

Y otro tipo que tiene similitudes con el anterior pero es claramente diferente: La joven lista (tipo 956)

Pero no los busqué así. Me impactaron por separado: por un lado me impresionó El asesino sin mano, de Italo Calvino, cuando estudiaba La niña sin manos y, por otro, me resultó muy sugerente Mariquilla la ministra, de Rodríguez Almodóvar

 Una advertencia previa: no puedo reproducir el proceso completo que he seguido hasta alcanzar cierto punto de llegada. De la misma manera que no es fácil para un analista contestar a la pregunta: Y, ¿cómo ha llegado Ud. a esa interpretación?.Pero he procurado atenerme en todo momento a  los pasos que propuse anteriormente.

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GERARDO GUTIÉRREZ. UN ACERCAMIENTO PSICOANALÍTICO A LOS CUENTOS POPULARES