Somos demasiado jóvenes para estar tan tristes

Raúl y Nerea están cerca de la treintena, y llevan unos cuantos años saliendo juntos. Cuando empezaron, aún estaban en la universidad, y hacían muchos planes de lo que sería la aventura de su vida. De cómo apoyarían sus respectivas carreras, de la casa que comprarían, de los viajes que harían. Han pasado cinco años desde que se licenciaron, y siguen viviendo en casa de sus respectivos padres. Trabajan de lo que pueden, y cuando pueden, pero no les llega para pagar ni si quiera juntos un alquiler, porque además, son trabajos muy inestables como para tener gastos fijos. Han dejado de hacer planes, de pensar que encontrarán el trabajo de su vida, y sólo piensan en si algún día, al menos, encontrarán la forma de empezar una vida juntos. Sólo eso. Un día, navegando por las redes sociales, Nerea se encuentra con una frase que comparte inmediatamente en el muro de Raúl, porque sabe que le conmoverá lo mismo que a ella. “Somos demasiado jóvenes para estar tan tristes”.


La frase de una que se convirtió en el lema de muchos

Sara también es joven, y también se ha sentido triste, pero ella al menos ha conseguido alcanzar su meta profesional, y es que cada vez tiene más fans, precisamente, porque ha sabido sacar el lado positivo a compartir las que fueron sus tristezas. “Aunque la tristeza es parte de nuestra vida, como lo es la alegría, siempre nos cuesta más hablar o compartirla con los demás”. Por ello, recuerda que si bien “mi generación creció llena de promesas y aspiraciones profesionales (y personales), que hoy distan mucho de nuestro presente, lo que nos queda es ser fieles a nosotros mismos y trabajar por cambiar nuestra realidad”.

Falta de expectativas y de libertad

No sólo son historias individuales. La crisis comienza a superarse, pero deja consecuencias a su paso, como un aumento de entre un 10 y un 15 por ciento de los casos de depresión, que ha impactado especialmente en la población joven. “No es lo mismo enfrentarse a la crisis cuando ya tienes una vida desarrollada, un estatus profesional y económico, que cuando lo tienes todo por empezar”, señala José Ramón Pagés, coordinador nacional de la Fundación ANAED (Asistencia Nacional de Ayuda al Enfermo de Depresión).

Según el experto, influyen dos factores principales, por una parte el retraso en la edad de emancipación, o incluso el hecho de volver a la casa familiar después de haberse independizado en España o en el extranjero durante una temporada, lo que impide a los jóvenes “consolidar su personalidad y su propio estatus social y económico sin estar atado a sus padres,” lo cual, obviamente, se traduce en una importante frustración. Por otra parte, está el hecho de haber visto muy mermadas las expectativas laborales. “Si te dicen que a pesar del magnífico esfuerzo que has tenido que realizar durante veinte años de estudios en total, no vas a encontrar un trabajo, o que si lo encuentras, vas a seguir sin poder mantenerte económicamente de forma independiente, es un cúmulo de cosas difícil de aguantar”.

Todo ello sumado, en opinión de José Ramón Pagés, a “la presión social y la alta competitividad que hemos establecido. No solo tienes que tener una carrera, dos másteres y saber tres idiomas, sino que además debes saber cómo comunicarte, cómo dominar las habilidades también a nivel de medios sociales. Cada vez pedimos más a nuestros jóvenes, mejor imagen, mejor habilidad de comunicación, y un largo etcétera que se convierte en una carga casi insoportable.”.

Por su parte, el psicólogo clínico Miguel A. Rizaldos apunta a que también hay que tener en cuenta que según nuestra edad nuestras reacciones ante las circunstancias de la vida pueden ser diferentes. En los más jóvenes, por ejemplo, “existe más vulnerabilidad a sufrir cambios del estado de ánimo. Digamos que se es más sensible a la regularización de las emociones”, y todo ello puede afectar en el desarrollo de una depresión.

Cómo detectarlo y cómo solucionarlo

“Los síntomas de la depresión son muchos y no tienen que cumplirse todos, normalmente todo el mundo tiene ‘días de bajada en nuestro optimismo’ que no tienen que ver con la depresión”, apunta José Ramón Pagés, sin embargo, cuando estos comienzan a darse de forma conjunta y crónica, es cuando debemos de empezar a mostrar atención. Algunos de estos síntomas son el mal humor; los cambios en el sueño, “que la persona no pueda dormir, o que sólo quiera dormir como solución a sus problemas”; o que varíe el apetito, es decir “la inapetencia tanto en lo gastronómico como en lo sexual, o bien la aparición de una ansiedad que nos pide comida a todas horas con la sensación de sentirse siempre insatisfecho”. Igualmente está el hecho de que disminuya la autoestima, aparezcan miedos y fobias, a veces en torno a las relaciones sociales, y en general, “la ausencia de fuerzas para hacer nada”.

Ante este tipo de situaciones, el coordinador nacional de la Fundación ANAED explica que hay que tomarse la necesidad de acudir a un especialista como algo natural, “a nadie se le ocurre que unos padres no vayan al Pediatra si su hijo lo necesita. ¿Por qué no vamos a acudir también a un especialista que nos ayude con nuestra salud mental?”. Precisamente como especialista, Miguel A. Rizaldos insiste en que una depresión en una persona joven no difiere tanto de una depresión en un adulto, recordando siempre que “cada caso y cada persona es distinta, y la clave está en buscar la empatía desde esa diferencia”.

Sin duda, el otro consejo, es no caer en la desesperanza, y pensar que si se ha cerrado una puerta, puede que haya que buscar la ventana que ha quedado abierta. No tener la vida soñada, no impide trabajar por hacer de esta, la mejor vida posible.

Fuente: http://smoda.elpais.com/belleza/somos-demasiado-jovenes-para-estar-tan-tristes/6196/

Medicalización de la diferencia, el manejo del poder

“La pregunta es: ¿el niño tiene que ser como un adulto que se queda sentado ocho horas trabajando? ¿O el niño tiene que ser espontáneo, ruidoso, creativo, juguetón, molesto, impertinente? Un niño que ‘molesta’ al adulto en general es un niño saludable. Por otra parte, se lo normaliza, se lo vigila, se lo castiga dándole medicación, pero sin embargo este niño no aprende más que antes en la escuela. El niño solo deja de molestar.” Preguntas y respuestas como éstas desarrolla la autora en el libro que en estos días la editorial Paidós distribuye en librerías.

Uno de los grandes temas que vengo puntualizando desde hace tiempo es lo que he denominado la medicalización de la infancia. No obstante, la medicalización de la vida cotidiana es algo que rebasa la clínica con niños y que se ha instalado como nuevo poder.

Existen diversos poderes que funcionan en la estructura de la sociedad; no es que “muerto el perro, se acabó la rabia”, según el dicho popular, o que una vez decapitado el Rey en la Revolución Francesa se acabó el poder de la monarquía. Robert Castel, en un estudio fundamental como es El orden psiquiátrico, al denunciar el papel que la psiquiatría viene a ocupar posteriormente –ser un nuevo orden que regula las estructuras de poder– dice:

“La intromisión del orden psiquiátrico en las prácticas sociales relativas a la locura aparece en el siglo XVIII y su objeto serán aquellos sujetos que no puedan adaptarse a la sociedad normal.” Desde entonces todo debe racionalizarse; generar discursos legitimadores (Castel, 1980).(1)

Más allá de las mejores intenciones y de los métodos científicos más rigurosos, el objetivo final es remodelar, racionalizar, rentabilizar económicamente, aumentar la eficacia y la moralidad. Encontramos algo predictivo en este texto de Castel de 1980, en relación a la psiquiatrización imperante en el momento actual. El orden psiquiátrico, además, no es solo cosa de psiquiatras, sino que nos afecta a todos aquellos que estamos trabajando en el campo de la salud mental y de la educación, a todos aquellos que no respetan la diferencia, a todos aquellos que no consideran la singularidad. El ser distinto es inmediatamente cualificado como signo de enfermedad; lo estamos patologizando, es sospechoso de enfermedad. Y todo esto sin que haya una interrogación previa por el papel de la familia, de la escuela, y del nuestro en tanto profesionales de la salud. De alguna manera reproducimos así la enfermedad, y eso se llama iatrogenia.

Lo que denomino medicalización o psicopatologización (Punta Rodulfo, 2002 y 2006b) son entonces, en nuestro caso específico, todas aquellas prácticas ligadas a la salud mental de los niños ejercidas por quienes, no respetando la diferencia, separan la diversidad, patologizándola: sea la familia, la escuela, los psicopedagogos, pediatras, psicólogos, neurólogos, biólogos, psiquiatras, etc.

Tomemos por ejemplo el caso del ADD/ADHD, el cual me preocupa y desvela, en razón de lo cual he producido tanto textos como documentos, dado que uno debe posicionarse cuando tiene una responsabilidad y una ética comprometida en la defensa de los Derechos de los Niños. Esta es una de las formas bien actuales y es un caso testigo de lo que Robert Castel denominara el orden psiquiátrico, del cual se han ocupado bastante los medios (no siempre con el fin de denunciar). Cuando un niño molesta en la escuela inmediatamente es clasificado y rotulado bajo esta nueva forma: el ADD. Entonces, el niño que supuestamente posee este síndrome, al cual se le adjudica un origen de características puramente biológicas (transcribo lo que es el discurso imperante), deberá ser separado (separado, vigilado y castigado, como dice Foucault) de acuerdo a distintas medidas profilácticas. La primera de ellas es la consulta inminente y sin mediación alguna, generalmente por pedido de la escuela, con el psiquiatra o con el neurólogo, quien habitualmente prescribe una medicación. Cabe aclarar que habitualmente se dan medicaciones no probadas en niños y en algunos casos sí probadas pero con efectos muy nocivos. La medicación que se indica generalmente es la Ritalina o Ritalin. No hay nada “mejor” que dar Ritalina a un niño para que este permanezca quieto. Es decir que se lo normaliza, porque un niño no es “quieto” por naturaleza, sino que es, por su ser niño, movedizo. Ahora bien, la pregunta es: ¿el niño tiene que ser como un adulto que se queda sentado ocho horas trabajando? ¿O el niño tiene que ser espontáneo, ruidoso, creativo, juguetón, molesto, impertinente? Un niño que “molesta” al adulto en general es un niño saludable. Por otra parte, se lo normaliza, se lo vigila, se lo castiga dándole medicación, pero sin embargo este niño no aprende más que antes en la escuela. El niño solo deja de molestar, y con ello se establece el “orden”, la “normalidad”. Nuevamente, al vigilar y castigar, el niño se incorpora, adaptándose a ese nuevo proceso, a los patrones que le marcan la cultura de su tiempo.

No olvidemos que la industria farmacéutica es casi tan importante como la de armas, por eso es necesario, a los efectos del mercado, que haya guerra y que haya enfermos. Lo que se propone cada vez más es extender el campo de la enfermedad al campo de la salud. Y es esto lo que denuncia Castel en El orden psiquiátrico. Cuando uno va a una escuela y de treinta y cinco niños veintiocho son sospechosos de ADD y quince ya están medicados, lo que pregunto es qué estamos haciendo con nuestros niños. Estamos vendiendo en salud, cada vez con más frecuencia, lo cual debe hacernos cuestionar en forma permanente nuestro quehacer, siendo que no se trata solamente de un problema de los psiquiatras y de los grandes laboratorios que han ido avanzando, sino que también compromete a nuestra práctica. ¿Qué quiere decir vender en salud? Rápidamente transformar –en este caso– a los niños en enfermos. Un niño que molesta es inmediatamente profesionalizado, como prefiero decir, ya que resulta más abarcativo que lo que marca Castel como psiquiatrizado, evitando así el pensamiento de que los únicos “malos” o los únicos que obran de esta manera son del campo psiquiátrico.

Cuántas veces por falta de formación –no hablemos por picardía o por conveniencia económica–, no pudiendo hacer un diagnóstico diferencial, algunos colegas pueden llegar a colaborar o a estar de acuerdo con la institución escolar, con la institución familiar, tomando en tratamiento a un niño que no lo necesita, sino que simplemente se encuentra atravesando situaciones vitales o haciendo síntoma de algo que pasa en la institución familiar o en la institución escolar.

Para tener una visión bien realista del tema he de puntualizar algunos materiales clínicos.

Llegó a la consulta Francisco, de 7 años, que desde los tres estaba siendo medicado con Ritalina porque “supuestamente” tenía ADD. Durante todo ese tiempo había ido al fonoaudiólogo, al psicopedagogo, al psicólogo cognitivo, al neurólogo, etc. Cuando lo conocí le dije: “Francisco, vos debés pensar: ‘Otra doctora más. ¿Qué me va a decir ahora?’. ¡Yo en tu lugar estaría harta! ¡Revolearía a todos los doctores y a todas las pastillas! Pero bueno, hoy estás acá y vamos a ver cómo te puedo ayudar”. Después de haber tenido varias reuniones con el niño y de tomarme el trabajo de investigar minuciosamente sus potencialidades intelectuales, su nivel de atención, concentración, etc., luego de ese período diagnóstico, consideré que si bien había que ayudar a Francisco, ya que presentaba una patología caracterizada por trastornos narcisistas (Rodulfo, 1995a), ese no era el momento de empezar una nueva psicoterapia. ¿Cuál fue la forma en que pensé que podía ayudar a Francisco en ese primer momento? Desmedicalizándolo. Así fue que me reuní con los padres y les dije:

“A Francisco le pasan cosas, pero en realidad no podemos saber quién es él ahora con sus 7 años. Está medicado, con psicoterapia, con fonoaudiólogo, con maestro particular, con su mamá controlándole los deberes todo el día, en una escuela ocho horas, con un papá que se pelea con mamá porque le dice que le está encima, con una mamá que le critica a papá que no se ocupa de Francisco.”

¡La situación era un caos! Lo que propuse entonces a la familia fue ir retirando, de forma cuidada, todos los tratamientos, dejarlo a Francisco tranquilo y esperar seis meses. Recién después de transcurrido ese tiempo, volver a verlo, justamente para poder, por primera vez, precisar qué niño tenía frente a mí, con qué niño me encontraba yo luego de haber retirado “el aparato médico/psicológico/psicopedagógico/escolar”.

Otro niño que llegó a la consulta para la misma época fue Matías, de 12 años. Estaba con psicopedagogo y psicomotricista por presentar problemas en la escolaridad: no podía aprender los contenidos esperados, tampoco prestaba atención, ni respondía, ni podía realizar pruebas. Estaba terminando su escuela primaria, con inminente paso a la escuela secundaria. Sus padres no sabían qué hacer con él. Lo recibí en la primera entrevista, después de un recorrido larguísimo por otros profesionales; al igual que Francisco, en ese momento sin intervención medicamentosa. El niño padecía una obesidad incipiente, se presentaba con su espalda encorvada, poco comunicativo. Después de un momento inicial poco productivo pudimos empezar juntos a realizar “juegos de palabras”. Matías se mostraba muy interesado tanto por el cine como por la literatura, al igual que yo.

Realizando un pequeño paréntesis introduzco una cuestión que considero importante y es que, tal como pensaba Freud, el psicoanalista es mucho más que un técnico; tiene que ser alguien profundamente comprometido con la cultura de su tiempo, ya que todo eso lo impregna de una manera muy particular. Si un púber de 12 años nos viene a hablar de sus intereses y nosotros no sabemos cuál es la música que escuchan los púberes o los adolescentes, no podemos acercarnos a él. Y si nos ponemos en contacto con estas cuestiones a posteriori, porque no tenemos la obligación de conocer todo, está el placer por que nos hagan descubrir otros horizontes, conocer otras cosas.

Volviendo a Matías, la forma de conectarme con él fue entonces a través de la literatura y del cine. Allí ese niño cambiaba: dejaba de ser ese “púber” con sus ojitos chiquitos, dejaba de moverse torpemente. Posteriormente le dije: “Matías, vos no parecés el que me cuentan que sos en la escuela. Decime una cosa, si yo te pongo un problema, como te ponen en la escuela, ¿vos lo podés resolver?”. Le solicité entonces que hiciera un dibujo y que narrara algo en torno al mismo, pero Matías no lo pudo hacer. Se quedó frente al papel mucho tiempo, todo lo que él pudo tolerar, sin poder lograrlo. Había un punto en que su conocimiento quedaba interceptado y dicho punto estaba relacionado con el proceso de conocimiento ligado al aprendizaje escolar. Fue así que le dije: “Matías, hay algo que vos no podés entender, hay algo que vos no podés aprender y que en vos hace mucho ruido y no te deja pensar”. Para no vinculárselo de una manera inaprensible para él en ese momento, esperé una o dos entrevistas más y le dije: “Contame un poco de tu familia”. Me empezó a contar de su mamá, de su papá. “Sé que tu papá tenía un hermano”, le dije, y me respondió: “Ah, sí, mi tío. Me puso muy triste eso, porque mi tío se mató hace unos años”. Le pregunté entonces: “¿Y cómo fue? ¿Qué sabés de eso? ¿Qué te contaron?”. Matías me dijo: “Mi tío coleccionaba armas, especialmente armas de fuego, y probando un arma que estaba cargada y él no sabía se le escapó un tiro y se mató”. A ello agregué: “Si querés, podés seguir preguntando a tus papás sobre esto”. No me correspondía a mí, no siendo ni su madre ni su padre, comunicarle algo de la historia familiar que había surgido de las entrevistas con los padres y que constituía un secreto familiar que, como tal, debía ser trabajado por el conjunto de la familia, con ayuda profesional en caso de ser necesario. Este tío paterno que Matías conocía era un tío que vivía en condiciones precarias y que jamás hubiera podido tener una colección de armas. Entonces, lo que se le negaba al niño era su propia percepción; se desdecía algo que él estaba viendo, y precisamente venimos sosteniendo en psicoanálisis que uno de los peores problemas para tramitar a nivel psíquico es la negación de una percepción; que se le diga a alguien: “No, eso que estás viendo no es de esa manera”. Entonces, rellenar los agujeros en la historia era el trabajo que uno tenía que hacer, tanto con Matías como con los padres. Se trataba de un trabajo de neoescritura, un trabajo de escritura de la subjetividad totalmente distinto al de levantar lo reprimido, por lo cual inferí que allí debía privilegiarse el trabajo con los padres. En razón de ello les dije: “Dejemos tranquilo en este momento a Matías y empecemos a trabajar con ustedes”, para, a partir de allí, poder pensar qué le obstaculizaba el conocimiento a Matías, el conocimiento de una verdad que hacía síntoma en el aprendizaje.

Ocupémonos ahora de Anthony Soprano (2) “sospechoso de ADD”. Los psicólogos escolares que lo ven y que hacen el diagnóstico solo encuentran cinco de los seis indicadores del supuesto síndrome de ADD. Por eso creo que esto es un “gag” del director de la serie, al cual le estoy agradecida por haberlo incluido, como también ocurrió en la serie Los Simpson, justamente en una forma muy polémica. Recordemos que en el DSM IV se diagnostica ADD cuando seis características se mantienen por lo menos durante seis meses. Esto ya es un serio disparate a la hora de hacer un diagnóstico. Pero lo que señala el director de Los Soprano avanza aún más: la parodia consiste en la sospecha de que Anthony Jr. tenía ADD, sospecha que se derivaba de sus manifestaciones de desobediencia escolar y malos tratos –golpeaba a sus compañeros y quería dominarlos–, mientras que, en realidad, nadie se podía plantear en esa escuela cuál era el entorno, qué es lo que estaba viviendo y viendo el joven en el contexto familiar, formando parte de una familia mafiosa.

Los anteriores materiales me llevan a plantear cuál es la postura que tenemos nosotros en tanto profesionales comprometidos en el campo de la salud en relación al niño que tenemos frente a nosotros. Lo que a mí me parece importante es poder desentrañar qué hay debajo de nuestra alfombra, en el inconsciente de nuestra teorización –en mi caso particular, el psicoanálisis–, qué es lo que sostenemos nosotros desde nuestra teoría en tanto ética y cómo la cuestionamos, porque, de no hacerlo, estaríamos en una situación muy grave, repercutiendo en la postura que tengamos frente al niño. En ese caso, no podemos ver al niño que tenemos frente a nosotros porque la teoría no nos lo permite. Entonces, si partimos de un niño enfermo, como lo postulara Melanie Klein en su momento, vamos a tratar de convalidar que todos los niños están enfermos, no pudiendo pensar que en verdad es la teoría la que está funcionando mal.

Cuando empecé a trabajar con clases sociales por debajo de la línea de pobreza introduje, en algunas situaciones diagnósticas, el Test de Bender. Los resultados no siempre coincidían con la clínica. Pero ¿quién es el que me interrogaba entonces? El niño que tenía frente a mí, dado que ni las entrevistas mantenidas con él ni las mantenidas con su familia permitían detectar indicadores de organicidad. Pero según los análisis establecidos para el Test de Bender se certificaban indicadores de organicidad.

En aquel momento escribí un primer trabajo (Punta Rodulfo, 1974) cuestionando estos aspectos en la implementación del Test de Bender. Lo que me planteo desde entonces es si el niño que se presenta frente a mí es poco estimulado y saludable o está afectado por procesos psicopatológicos con o sin organicidad. El dispositivo que armamos en esas villas de emergencia fue el de grupos de arte donde los niños de alrededor de 4 y 5 años pudieran trabajar con distintos materiales a través de todo un año, antes de su ingreso a la escuela primaria. El trabajar de esa manera con los niños, aunque la propuesta no siguiera el formato de grupos psicoterapéuticos, constituyó, por añadidura, un verdadero proceso terapéutico. Digo que hacemos terapia aunque no hagamos psicoterapia cuando tratamos de pensar al niño sano para que pueda, de esa manera, acompañándolo desde la salud, desplegar todas sus potencialidades. Posteriormente se hizo un seguimiento longitudinal con el grupo de trabajadores sociales y demás profesionales y nos encontramos con que luego de dos años había disminuido en forma significativa en dicho grupo el fracaso escolar.

Esa fue, sin saberlo, la primera pelea que tuve con la teoría, lo cual ha sido, hasta el día de hoy, una constante en mi carrera. Considero que en la vida uno debe seguir sus propias convicciones. Esto es lo que nos mantiene vivos. Es decir, debemos denunciar cuáles son las lógicas contenidas en las teorías, las lógicas que mueven a este determinado tipo de operaciones; cuál es el inconsciente de la teoría, no solamente de la de psiquiatría, de la neuropediatría, de la educación, de la familia, sino cuál es el inconsciente de la teoría psicoanalítica. Si pienso que la verdad absoluta está en el Test de Bender y no escucho a la mamá o no puedo ver al niño que tengo enfrente, es mejor que me vaya a mi casa porque no me estoy cuestionando nada. Entonces, está bien que cuestionemos el Bender, está bien que cuestionemos el DSM V. Este manual ya no es usado solamente por los psiquiatras, sino que nos obligan a usarlo a nosotros, psicólogos y psicoanalistas, en las instituciones en donde trabajamos. Es por ello fundamental que uno pueda interrogarse qué es lo que está haciendo y darse cuenta de que un diagnóstico no es una clasificación, sino algo que podemos cuestionar. Insisto: no solamente se trata de cuestionar a los otros colegas de Salud Mental, sino también a nosotros mismos. Los seres humanos somos muy sometidos; nos sometemos en general al poder del otro. Y el poder clasificatorio es un poder muy importante. No nos olvidemos, el “vigilar y castigar” no se reduce a los “otros”, sino que nosotros también somos vigilados y controlados desde las instituciones hegemónicas representantes del “poder central”. Existen, en todos los países, nuevas instituciones que manipulan la fuerza de trabajo de los jóvenes profesionales, y resistirse a esa forma de trabajo, en muchos casos, implica no tener trabajo. Es una forma de explotación y condicionamiento del trabajo, y no solamente del de los médicos, de los psiquiatras, de los neurólogos: el psicoanálisis allí tiene toda una batalla que debe llevar adelante, permanentemente. No estamos exentos de caer en la clasificación, la rotulación. Sin embargo, desde mi punto de vista, no debemos renunciar a trabajar bien y podemos hacerlo desde el psicoanálisis, aunque cada vez más la sociedad avanza hacia lo rápido, hacia lo supuestamente efectivo. En psicoterapia también puede efectivizarse un modelo “fast-food”, resultando en una “fast-psico”.

 Por Marisa Punta Rodulfo

Página/12

Intolerancia a la tristeza

Quizá eso consuele: pensar que el desastre pudo evitarse, que no se debió a la mala suerte; que si todo el mundo hubiera cumplido debidamente con su cometido, no habría pasado

Casi siempre que se produce una catástrofe natural o un accidente, sobre todo cuando las víctimas son numerosas, los deudos forman en seguida una asociación que se dedica, más que nada, a buscar y señalar culpables por acción o por omisión, por negligencia o falta de previsión, por no haber sabido adivinar el futuro e impedir el desastre. A eso siguen las denuncias, las demandas y la petición de indemnizaciones, y raro es hoy el caso en que alguien sin mala intención, desolado, no acaba en la cárcel. Si hay un tsunami, ¿cómo es que no se lo detectó con antelación y se previno a la población? Lo mismo si es un terremoto, un huracán, un tornado, si se derrumba un edificio por un atentado. Si una gran nevada deja intransitable una carretera y centenares de coches se quedan varados, la responsabilidad nunca será de sus imprudentes conductores (avisados del riesgo las más de las veces), sino de los meteorólogos, o de las autoridades que a punta de pistola no les prohibieron ponerse al volante. Cuando Ingrid Betancourt fue por fin liberada tras su secuestro de años a manos de la guerrilla colombiana, decidió demandar al Estado porque sus representantes no le impidieron adentrarse, en su día, en una zona peligrosa. Se lo habían desaconsejado con vehemencia, pero entonces ella reclamó su derecho a moverse con libertad y a hacer lo que le viniera en gana. Al cabo de su largo cautiverio, se quejó de que no se la hubiera tratado como a una menor de edad: de que las autoridades no hubieran sido lo bastante contundentes como para torcer su voluntad y cerrarle el paso. Es un ejemplo cabal de la actitud interesada de mucha gente en nuestros tiempos. A Betancourt no le sirvió retractarse al poco y retirar la demanda contra el Estado que la había rescatado. Quedó como ventajista y perdió todas las simpatías que su prolongado sufrimiento le había granjeado.

Tengo la impresión de que las reacciones furiosas y la búsqueda febril de culpables tienen algo que ver con la intolerancia actual a estar sólo tristes

Tras la tragedia del avión de Germanwings estrellado por el copiloto contra los Alpes, la reacción dominante ha sido de indignación. En primer lugar contra el presunto suicida-asesino, como es lógico y razonable. Pero como éste pereció y no puede castigársele, se vuelve la vista hacia la compañía, hacia los psicólogos, hacia las deficiencias de los tests para tripulaciones, hacia las normas vigentes para abrir o cerrar la cabina. Se pone el grito en el cielo porque un individuo que había padecido depresión años antes pudiera volar y hubiera conseguido su empleo. Si a toda persona con un antecedente de depresión o desequilibrio leve (crisis de ansiedad, por ejemplo) se la vetara para ejercer sus tareas, apenas quedaría nadie apto para ningún trabajo. También es imposible controlar lo que cada sujeto piensa o maquina, o sus consultas internéticas: ¿cómo saber que ese copiloto había estudiado maneras de suicidarse en las fechas previas?

No puedo imaginarme el horror de perder a seres queridos en una de esas calamidades, pero tengo la impresión de que las reacciones furiosas y la búsqueda febril de culpables tienen algo que ver con la intolerancia actual a estar sólo tristes. Parece como si esto fuera lo más insoportable de todo, y que resultaran más llevaderos el enfado, la rabia, la indignación. Quizá eso consuele: pensar que el desastre pudo evitarse, que no se debió a la mala suerte; que si todo el mundo hubiera cumplido debidamente con su cometido, no habría pasado. Sí, uno ha de creer que eso consuela, pero no acabo de verlo, al contrario. Para mí el dolor sería mucho mayor si pensara eso. A la pena se me añadiría el furor, y ya lo primero me parece bastante. De entre todas las declaraciones de familiares de víctimas me llamó la atención, precisamente por infrecuente, la de un hombre que había perdido a su hijo, si mal no recuerdo. “Me da lo mismo lo que haya pasado”, venía a decir; “si ha sido un mero accidente, un atentado, un fallo humano u otra cosa” (entonces aún se ignoraba que la catástrofe había sido deliberada). “Nada cambia el hecho de que se me ha muerto mi hijo, y eso es lo único que cuenta ahora mismo. Ante eso, lo demás es secundario”. Fue la persona con la que me sentí más identificado, aquella a la que comprendí mejor, y también la que me inspiró más compasión (inspirándomela todas). Era un hombre que aceptaba estar triste y desconsolado, nada más (y nada menos). Cuyo dolor por la muerte era tan grande y abarcador que todo lo demás, al menos en el primer momento, le resultaba insignificante, prescindible, hasta superfluo. Al lado del hecho irreversible de la pérdida, el porqué y el cómo y el antes no le interesaban. Si me fijé tanto en él y me conmovió su postura fue porque se ha convertido en casi excepcional que la gente se abandone a la tristeza cuando tiene motivos, sólo a ella. Como si ésta fuera lo más intolerable de todo y se requiriera una especial entereza para encajarla. Como si ya no se supiera convivir con ella si no lleva mezcla, y no va acompañada de resentimiento o rencor hacia algún vivo.

JAVIER MARÍAS
26 ABR 2015
elpaissemanal@elpais.es

MDMA ¡Dame más de esa madre!

// Farmakon

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La operación del farmakon representa un intento de cancelación tóxica del dolor y una restauración de un objeto alucinatorio. Sobreviene como en respuesta a una falta de elaboración del cuerpo pulsional, ligada a una insuficiencia de la función simbólica.

Sylvie Le Poulichet

Metilendioximetanfetamina, MDMA. ¡Dame más de esa madre! Éxtasis, pastilla, accidente de la ciencia, Merck, producto de la tecnociencia.

Hemos sido expertos en modificar nuestra sensación a través de prótesis químicas, y actualmente la vida contemporánea nos demanda más de nosotros mismos: ¡dame todas tus linas y minas, dopamina, serotonina y noradrenalina!. El alma nunca deja de trabajar: hoy, la plusvalía también es extracción de dopamina, todos nos piden que la segreguemos excesivamente de una manera natural o artificial en el trabajo, en la cama, en la calle, en los conciertos: ya sea para gozar o para trabajar, toda la cultura avanza segregándola y extrayéndola para que la máquina no pare y no cese de producir: producción, consumo, registro.

Toda la familia de las metanfetaminas —éxtasis, tachas, nenas y demás— fue diseñada para cubrir dicha función: hacer el fine tunning de la sensación del cuerpo, drogas más estéticas que extáticas, las sensaciones producidas hacen creer en la ilusión de salir de uno mismo y tener casi una revelación, pero la realidad es que son estados artificiales, efectos de superficie, embotamientos del alma, prótesis narcisistas, suplencias y suplementos de ser. Hoy una sustancia puede suplir un ser o ser suplemento para sostenerlo en el mundo.

El caso del éxtasis o de las tachas, como se nombra popularmente, es muy interesante porque es una droga que se rodea de imaginarios en donde se facilita el contacto vertiginoso con el otro. Pretende ser un sustituto químico para hacer lazo o creer que se hace lazo. El imaginario que rodea la estética del éxtasis o las tachas es sumamente sexual y de limite de la sensación: se prende en el cuerpo como fuego azul que se consume internamente; no quema, es más un frío interior’ pero por fuera se siente la piel caliente y chinita, ojos desorbitados, como de huevo duro, el cuerpo siente un terrible babeo, se siente como flujo que escurre y demanda continente para ser contenido; un cuerpo continente para vaciarse en él, para arrojarse e incluso para destruirlo. No es amor, es una entrega balbuceante, gozosa; el lenguaje se va a la mierda, aquí no hay lenguaje, sólo un statement estético que domina: quiero sentir el limite de la sensación, ¿con el otro?

La paradoja de las formas de vivir el éxtasis en nuestros tiempos —tomando como ejemplo este tipo de experiencias químicamente inducidas— es que en el fondo es una experiencia de insatisfacción y de retrotraimiento. El trabajo de la sustancia en el cuerpo mata la expresión y genera un estupor con el cual ninguna razón o pensamiento puede con él. El bajón del éxtasis o de este tipo de sustancias es un pequeño infierno. El cuerpo y la mente la cobran: no es posible seguir segregando dopamina de la misma manera, o la glándula tiene una fuga, melancolía, depresión, ataque de pánico. La única salida es soportar la caída o consumir más. Soportar la caída implica enfrentar el vacío en el cuerpo: ¿y mi prótesis? Abstinencia, demonio. Consumir mas posterga la caída, pero va asegurando la dislocación de la sensación, una imposibilidad de sentir placer naturalmente, sino más que condicionado a la sustancia: un poco de MDMA. ¡Damr más de eso, porque muero porque no muero!

Las formas de vivir el éxtasis en los tiempos contemporáneos se topan con este tipo de impasses o callejones sin salida, entre la melancolía y la megalomanía, replegado sobre uno mismo o desbordado sin control. Todo redunda en insatisfacción, en ese debilitamiento de la potencia de ser, en esa falta ficcional de objeto, tener y no ser. Nada obtura ese agujero y se idealiza la satisfacción condicionada al consumo, a la incorporación de sustancias y de experiencias estéticas. La insatisfacción es la trampa del deseo, la insatisfacción es queja y no protesta; el capital requiere producirla como condición para producir el circulo vicioso del consumo.

El sentido de éxtasis como salir de uno mismo, proyectarse fuera en un mundo que se nos abre parece haberse invertido: lejos de estar abiertos estamos encerrados en nuestras pequeñas conciencias, y el éxtasis que buscamos es meramente corporal, profano y efímero, pues termina en un embotamiento y un estupor que aniquila el lazo social. No hay proyección de un horizonte temporal ni construcción de una comunidad: tiempo de vértigo, instantaneidad y actualidad extrema, se instala la ilusión contemporánea de acceder a lo real en tiempo real sin mediación del intervalo (Silvia Quevedo).

Desde la Psiconeuroinmunología: Lo que el corazón quiere, la mente se lo muestra.

Memoria Emocional

Hoy sabemos que la confianza en uno mismo, ser asertivo, colocar límites sanos, y el entusiasmo, tienen la capacidad de favorecer las funciones superiores del cerebro.

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La zona prefrontal del cerebro, el lugar donde tiene lugar el pensamiento más avanzado, donde se inventa nuestro futuro, donde valoramos alternativas y estrategias para solucionar los problemas y tomar decisiones, está tremendamente influida por el sistema límbico, que es nuestro cerebro emocional.

Por eso, lo que el corazón quiere sentir, la mente se lo acaba mostrando. Hay que entrenar esa mente.

“Tengo 48 años. Nací y vivo en Madrid. Estoy casado y tengo tres niños. Soy cirujano general y del aparato digestivo en el Hospital de Madrid. Hay que ejercitar y desarrollar la flexibilidad y la tolerancia. Se puede ser muy firme con las conductas y amable con las personas. Acabo de publicar Madera líder (Empresa Activa) IMA SANCHÍS – 18/10/ 2004″

– Más de 25 años ejerciendo de cirujano. ¿Conclusión?

-Puedo atestiguar que una persona ilusionada, comprometida y que confía en sí misma puede ir mucho más allá de lo que cabría esperar por su trayectoria.

– ¿Psiconeuroinmunobiología?

-Sí, es la ciencia que estudia la conexión que existe entre el pensamiento, la palabra, la mentalidad y la fisiología del ser humano.

Una conexión que desafía el paradigma tradicional.

El pensamiento y la palabra son una forma de energía vital que tiene la capacidad (y ha sido demostrado de forma sostenible) de interactuar con el organismo y producir cambios físicos muy profundos.

– ¿De qué se trata?

-Se ha demostrado en diversos estudios que un minuto entreteniendo un pensamiento negativo deja el sistema inmunitario en una situación delicada durante seis horas. El distrés, esa sensación de agobio permanente, produce cambios muy sorprendentes en el funcionamiento del cerebro y en la constelación hormonal.

– ¿Qué tipo de cambios?

-Tiene la capacidad de lesionar neuronas de la memoria y del aprendizaje localizadas en el hipocampo. Y afecta a nuestra capacidad intelectual porque deja sin riego sanguíneo aquellas zonas del cerebro más necesarias para tomar decisiones adecuadas.

– ¿Tenemos recursos para combatir al enemigo interior, o eso es cosa de sabios?

-Un valioso recurso contra la preocupación es llevar la atención a la respiración abdominal, que tiene por sí sola la capacidad de producir cambios en el cerebro.Favorece la secreción de hormonas como la serotonina y la endorfina y mejora la sintonía de ritmos cerebrales entre los dos hemisferios.

– ¿Cambiar la mente a través del cuerpo? 

-Sí. Hay que sacar el foco de atención de esos pensamientos que nos están alterando, provocando desánimo, ira o preocupación, y que hacen que nuestras decisiones partan desde un punto de vista inadecuado. Es más inteligente, no más razonable, llevar el foco de atención a la respiración, que tiene la capacidad de serenar nuestro estado mental.

– ¿Dice que no hay que ser razonable?

-Siempre encontraremos razones para justificar nuestro mal humor, estrés o tristeza, y esa es una línea determinada de pensamiento. Pero cuando nos basamos en cómo queremos vivir, por ejemplo sin tristeza, aparece otra línea.

Son más importantes el qué y el porqué que el cómo. Lo que el corazón quiere sentir, la mente se lo acaba mostrando.

– Exagera.

-Cuando nuestro cerebro da un significado a algo, nosotros lo vivimos como la absoluta realidad, sin ser conscientes de que sólo es una interpretacion de la realidad. – Más recursos….

La palabra es una forma de energía vital. Se ha podido fotografiar con tomografía de emisión de positrones cómo las personas que decidieron hablarse a sí mismas de una manera más positiva, específicamente personas con transtornos psiquiátricos, consiguieron remodelar físicamente su estructura cerebral, precisamente los circuitos que les generaban estas enfermedades.

– ¿Podemos cambiar nuestro cerebro con buenas palabras?

-Santiago Ramon y Cajal, premio Nobel de Medicina en 1906, dijo una frase tremendamente potente que en su momento pensamos que era metáforica. Ahora sabemos que es literal: “Todo ser humano, si se lo propone, puede ser escultor de su propio cerebro”.

– ¿Seguro que no exagera?

-No. Según cómo nos hablamos a nosotros mismos moldeamos nuestras emociones, que cambian nuestras percepciones. La transformación del observador (nosotros) altera el proceso observado. No vemos el mundo que es, vemos el mundo que somos.

– ¿Hablamos de filosofía o de ciencia?

-Las palabras por sí solas activan los núcleos amigdalinos. Pueden activar, por ejemplo, los núcleos del miedo que transforman las hormonas y los procesos mentales. Científicos de Harward han demostrado que cuando la persona consigue reducir esa cacofonía interior y entrar en el silencio, las migrañas y el dolor coronario pueden reducirse un 80%.

– ¿Cuál es el efecto de las palabras no dichas?

-Solemos confundir nuestros puntos de vista con la verdad, y eso se transmite: la percepción va más allá de la razón. Según estudios de Albert Merhabian, de la Universidad de California (UCLA), el 93% del impacto de una comunicación va por debajo de la conciencia.

– ¿Por qué nos cuesta tanto cambiar?

-El miedo nos impide salir de la zona de confort, tendemos a la seguridad de lo conocido, y esa actitud nos impide realizarnos. Para crecer hay que salir de esa zona. La mayor parte de los actos de nuestra vida se rigen por el inconsciente. Reaccionamos según unos automatismos que hemos ido incorporando. Pensamos que la espontaneidad es un valor; pero para que haya espontaneidad primero ha de haber preparación, sino sólo hay automatismos. Cada vez estoy más convencido del poder que tiene el entrenamiento de la mente.

– Déme alguna pista.

-Cambie hábitos de pensamiento y entrene su integridad honrando su propia palabra. Cuando decimos “voy a hacer esto” y no lo hacemos alteramos físicamente nuestro cerebro. El mayor potencial es la conciencia.

– Ver lo que hay y aceptarlo.

-Si nos aceptamos por lo que somos y por lo que no somos, podemos cambiar. Lo que se resiste persiste. La aceptación es el núcleo de la transformación.