Natalia Torres. “La escuela infantil como salida al mundo”

Jornadas abiertas “Psicoanálisis y Universidad” 27-4-2017

El lugar del psicoanálisis en los primeros años de vida

En la actualidad, tanto el papel de la madre como el del padre han cambiado. No está tan lejana la imagen de padres trabajando mientras las madres se ocupaban de la crianza de los hijos. Ahora esto no es así. Nos encontramos con horarios complicados para cuidar de ellos desde sus primeros años. Termina la baja por maternidad y en el mejor de los casos la excedencia, y las madres y padres necesitan ayuda. En ocasiones se acude a los abuelos o algún familiar cercano que quiera y pueda, pero no es lo habitual. Estamos habituados, y cada vez más, a ver bebés de 4 meses en las escuelas infantiles.

¿Qué puede hacer un psicoanalista en estos espacios?

Si una persona cualquiera piensa en psicoanálisis acuden a su mente varios aspectos fundamentales: diván y complejo de Edipo entre otros; sexualidad infantil, neurosis, castración o quizás el falo. Pero lo que está claramente instaurado en lo social colectivo es que cuando uno va al psicoanalista, va a solucionar sus conflictos o traumas infantiles.

De todos estos elementos, curiosamente en el trabajo en escuelas infantiles, tanto el diván como el complejo de Edipo se quedan un tanto apartados. Y los traumas o conflictos infantiles están en el horno.

En la escuela infantil, de lo que disponemos es de todo aquello que acontece en los primeros años de vida del sujeto. Los tres primeros, y en algunos centros, hasta los seis. Las vivencias de estos años son especialmente importantes en cómo este bebé pasará a ser niño, púber, adolescente y después adulto. Son años cruciales en la constitución psíquica de cualquier ser humano: en función de cómo acontezcan, en función de cómo este bebé sea mirado, sea calmado, sea alimentado, y como todo ello sea investido por la mamá o el papá, pasarán unas u otras cosas, y hará que nos encontremos con un determinado sujeto que transite por las distintas etapas de la vida de una u otra manera. El bebé no sólo necesita alimentarse y dormir para sobrevivir, sino que lo biológico, aquello necesario para la vida debe de ir acompañado de unas determinadas condiciones que propicien satisfacción y seguridad. El bebé necesita amor. No se trata de transmitir conocimiento y educar. Se trata de escuchar su angustia, su llanto, su juego. Se trata de mirar a quién estamos educando y cuidando, confiando en que es o será un sujeto propio, separado de nosotros.

El niño nace con ritmos biológicos, pero es en el vínculo con el otro que se van construyendo ritmos psíquicos. Cuando hablo de otro me refiero a los padres, pero en este trabajo también entran en juego los educadores que atienden a este niño. También mirándole, calmándole, alimentándole, cambiándole el pañal, y sobre todo, abriéndole un espacio donde experimentar, donde investigar, donde jugar.

Como nos dice Freud en Más allá del principio del placer: “el juego es el medio privilegiado para convertir en objeto de recuerdo y elaboración anímica lo que en sí mismo es displacentero”. Sin duda, es un modo extraordinario de elaboración de lo traumático. Entendemos el juego como una herramienta de tránsito de lo pasivo a lo activo. El niño podrá usar el juego para todo aquello que ha recibido de manera pasiva y poder dominar sus sensaciones.  

Desde los 4 meses, nos encontramos frente a un psiquismo en constitución y sería arriesgado plantear cuadros inamovibles. Si nos cerramos en torno a la etiqueta, el movimiento propio de la infancia se coagula. Tendremos que estar atentos y pensar qué conflictos están en juego y qué se repite en una historia que excede al niño.

En palabras de Beatriz Janin: “los trastornos de aparición temprana van cobrando diferentes sentidos a lo largo del desarrollo, en tanto efecto de sucesivas reorganizaciones”. No puedo estar más de acuerdo. Es vital tener muy presente la diferencia entre trastornos de la constitución del aparato psíquico y los síntomas neuróticos. Si no tenemos en cuenta esta distinción cometeremos el riesgo de patologizar la infancia.

Un ejemplo claro serían los miedos evolutivos o las pesadillas nocturnas. El miedo a la oscuridad pone de manifiesto el terror frente a la ausencia del objeto. O un  niño de 2 años que se despierta con terrores nocturnos. No lo hace por miedoso o por llamar la atención, sino que este acontecer está cargado de sentido. Estos terrores vienen a comprobar si mamá vendrá a calmarme, si a pesar de que estoy creciendo, ¿si la necesito estará? Otra cosa bien distinta sería cuando las fobias infantiles se fijan y permanecen años posteriores de manera más intensa.

Todo niño arma un recorrido propio dado por sus propias disposiciones y por el encuentro que pudo armar con los adultos que le rodean. Como ya escribió Doltó en su libro La primera entrevista con el psicoanalista, “en la primera infancia (…) casi siempre los trastornos son de reacción frente a dificultades de los padres, y también ante trastornos de los hermanos o del clima interrelacional ambiente

Desde esta concepción, la presencia de alguien que escuche y observe las posibles dificultades tempranas de estos niños, y sus padres, hará que se despliegue un espacio a favor de la prevención, interviniendo con los pequeños, pero también con esos otros con los que se vincula el bebé, acompañando a sus padres y también a los educadores. La experiencia de ser padres conmueve el ser de cada hombre y mujer, de cada pareja, haciendo de esta experiencia una de las que más afectan a la vida de una persona. La maternidad y paternidad te remueve y te revuelve, y es de no retorno. Cuando se tiene un hijo se reactualizan y vuelven de nuevo a nuestra cabeza situaciones del pasado, sobre todo de la infancia, que quedaron sin resolver.

En las Escuelas Infantiles dejamos el diván para escuchar y observar desde la no intervención, todas ellas armadas desde la teoría psicoanalítica. En ellas nos encontramos con las distintas fases por las que transita el bebé. Observaremos la fase oral, aquella que va desde el nacimiento hasta el destete, donde lo observado es que el niño se lleva todo aquello que le interesa a la boca (el placer de tener se confunde con el placer de ser). Pero también la fase anal, la fálica y en los centros donde se extienden hasta el sexto año, el famoso Complejo de Edipo; y vislumbraremos los primeros aconteceres acerca de si el niño que observamos será un sujeto propio o no.

La escuela infantil se presenta como la primera entrada en el grupo de pares. Es el primer lugar de socialización, donde los límites comienzan a aparecer de otra manera.

Así, con la escucha propia del psicoanálisis, podremos brindar a los padres un espacio donde pensar acerca de las cosas que les preocupan. Partiendo de cuestiones como “no hay manera de que duerma toda la noche”, “no coge el biberón” o “no soporto cuando le da una rabieta”, se irá desplegando el funcionamiento psíquico de los padres, su propio narcisismo, las fantasías en relación al hijo o el lugar que vino a ocupar. La escuela infantil puede ser ese lugar donde comienzan los cimientos de pasar de ser un eslabón de una historia ajena a tener una historia propia. Ya no tanto por las intervenciones tempranas, que también, sino en aquellos casos que se detecte que desde lo familiar no se va a facilitar este cambio de eslabón, y si en la escuela no es viable, se podrán hacer las indicaciones terapéuticas correspondientes.

Con respecto a las educadoras, la presencia del psicoanalista ayuda a desanudar aquello que se deposita en ellas, muchas veces, depositarias de un subrogado materno que no les corresponde. Observar los vínculos que se despliegan con los niños y la forma en que se sitúan con ellos es imprescindible para que como mínimo, pueda desdoblarse un espacio donde pensarse ellas también, viendo qué se les juega con cada niño, y que puedan situarse de una manera no mecanicista, sino como facilitadoras de la subjetivación de los distintos niños.

En imprescindible que los profesionales que se enfrenten a este trabajo cuenten con formación que les brinde esta escucha y técnica de trabajo, acompañada de la supervisión y el análisis personal.

Natalia Torres. “La escuela infantil como salida al mundo”

 

 

 

 

 

Mª del Valle Vega Bellido. La Discapacidad Intelectual: una mirada desde la Psicoterapia Psicoanalítica

Jornadas abiertas “Psicoanálisis y Universidad” 27-4-2017

Quiero compartir  el encuentro que estoy experimentando con sujetos con discapacidad intelectual, en concreto con discapacidad intelectual moderada (CI 40-70). Se caracterizan por una insuficiencia en el desarrollo cognitivo, social, de la comunicación y sensorio motriz, y como consecuencia necesitan distintos niveles de apoyo. Habitualmente las expectativas psicosociales de estos pacientes se centran en que en la adquisición destrezas  para su propio cuidado personal, habilidades sociales y   formación laboral. En la mayoría de los casos son capaces de realizar trabajos  cualificados o semicualificados, siempre con algún grado de supervisión.

En los últimos años, la adquisición de conductas adaptativas se ha priorizado frente a otras cuestiones, como criterio de autonomía e independencia del sujeto con discapacidad intelectual. A pesar de que se ha observado que estas prioridades fomentan la posición de objetos sobre-adaptados y esteriotipados. Este enfoque sigue vigente, probablemente porque aguanta bien la desmentida de la discapacidad, pero con el coste de negar al sujeto.

Algunos de los efectos  que ocasiona equiparar el universo de la discapacidad son manifestados con malestares físicos, corporales, psicomotrices, y  síntomas como la depresión, obesidad, anorexia, insomnio, pánico, autoagresión, bulimia, estrés aislamiento, graves inhibiciones y compulsiones entre otros. Privados de la libertad de ser diferentes, exigidos por actuar como los “normales”, se empobrece la expresión subjetiva de la fantasía, se limita la riqueza de la experiencia, y por tanto poder preguntarse acerca de su identidad.

Para ello hay que detenerse en qué articulación de lo corporal y psíquico tenemos delante.  Profundizar en la apertura del lo imaginario como posibilidad de lograr una posición subjetiva en personas con discapacidad intelectual es una alternativa porque es precisamente en los movimientos imaginarios donde se articula lo corporal con lo psíquico, y más en el ámbito del déficit orgánico, ya que es éste registro el que permite crear un espacio intrapsíquico  y vivenciar encuentros y desencuentros, y así  pensarse.

Desde un enfoque psicoanalítico, la discapacidad adquiere una perspectiva dinámica que permite indagar  sobre la singularidad del sujeto, entendiendo a éste como un sujeto activo, donde él mismo en forma inconsciente asigna un sentido tanto consigo mismo como con el Otro y su entorno. Esto ilustra hasta qué punto la inteligencia no es cuantitativa, así como tampoco equivale a una adaptación. Las patologías que se despliegan en la discapacidad nombra una determinada relación con el Otro.

Otros autores apuntan más concretamente que la discapacidad intelectual es el señuelo mismo  mediante el cual el sujeto se hace débil para conservar intacto al Otro como verdad, de la que se convierte en su siervo.

 Desde la Psicoterapia Grupal abre nuevos caminos para el trabajo terapéutico con personas con discapacidad porque se empodera la diferencia, se puede establecer límites estructurantes, que posibiliten posiciones subjetivas más autónomas.

Resumiendo: Desde la visión psicoanalítica se entiende que no hay inferencias estables entre las causas y los efectos sintomatológicos en la determinación de un diagnóstico, ya que la causalidad psíquica responde a una dinámica inconsciente, es decir al proceso primario. En el ámbito de   la discapacidad esta falta aparente de correspondencias entre las causas y los síntomas es  aún más desconcertante.

La problemática en la discapacidad se juega, y en ocasiones queda detenida, en la articulación de lo corporal y lo psíquico, ésta siempre señalada por el rechazo que genera la frustración parental, dejando siempre al sujeto con discapacidad en la encrucijada acerca de su identidad constitutiva. Sin embargo esto no quiere decir que no pueda construirla.

Por ello la valoración diagnóstica tiene que ir más allá, en un espacio intersubjetivo ordenado habitualmente por la palabra; en este campo se podría pensar que vendría ordenado también por el acting out.  A lo largo de la vida de la mayoría de los sujetos con discapacidad intelectual, el espacio del deseo les ha sido ocupado, obstruido, interceptado, y   la única manera que han encontrado para demandar ese espacio de su deseo es a través de acting out, aunque la mayoría de las veces son entendidos como transgresiones por lo que se vuelve limitar el despliegue del deseo.

Mª del Valle Vega Bellido

Antigua alumna del Máster, de la promoción 2013-2015.

Trabaja en el ámbito privado y en la Fundación Cal Pau dedicada a la atención de personas adultas con discapacidad intelectual

 

 

Carlos Fernández Atiénzar. Una visión psicoanalítica sobre la herencia: La melancolía.

Jornadas abiertas “Psicoanálisis y Universidad” 27-4-2017

El estilo y la forma de escucha con el que trabajamos haciendo terapia, determina el curso de ésta y además es totalmente subjetivo, ya que surge de la elección de un modelo teórico por parte del terapeuta, por mucho que este modelo aparente una objetividad o esté validado por una supuesta fortaleza científica. Esta subjetividad es impulsada por el deseo, y ya sabemos que el deseo genuino es inconsciente.

A su vez, en el decir del paciente se escucha los padres interiorizados que éste tiene, que nunca coinciden con los reales, pero que son los que influyen verdaderamente en el psiquismo del paciente; al igual que todos los hijos no son iguales para los padres, nunca los padres tienen nada que ver como los piensa un hijo u otro, volviendo de nuevo a la subjetividad de la que antes hablamos.

Desde un modelo médico actual, la mayoría de los psiquiatras coinciden en afirmar que las depresiones melancólicas o endógenas y las psicosis maniacodepresiva (actual trastorno bipolar), presentan en su etiología una fuerte carga genética de raíz biológica y son los cuadros que presentan más antecedentes familiares de trastornos depresivos, suicidios y trastornos mentales diversos, seguido de la esquizofrenia. También se observan altos índices de casos en zonas rurales y aisladas, donde la endogamia se hace más patente.

Se establece, al menos en los trastornos más graves que están en relación con la Psicosis y la locura, el modelo más puramente médico de enfermedad con una etiología, una evolución, un pronóstico, un diagnóstico y un tratamiento habitualmente farmacológico. Si ya sabemos lo que va a pasar y cómo va a evolucionar el proceso, nos podemos olvidar con más facilidad del sujeto que tenemos delante.

La primera objeción y cuestionamiento es fácil; es el tremendo reduccionismo del sujeto, ya que se toma a éste por un cuerpo y se trata el déficit de serotonina que hay que corregir. Y esto ocurre en la práctica con preocupante frecuencia, prescindiendo incluso del modelo biopsicosocial que tanto le gusta apelar a la Medicina, pero del que luego prescinde, ya que lo psicosocial se obvia la mayor de las veces. Se borra de un plumazo las dinámicas psíquicas, las elecciones personales, la historia individual única que cada uno de nosotros vivimos, y por supuesto el Inconsciente, el más poderoso y renegado motor de la vida humana.

Si recurrimos a la escucha médica actual, recogiendo sin más los antecedentes familiares de depresión, y no nos acercamos a la historia subjetiva que el paciente ha construido sobre sus orígenes, perdemos al sujeto que tenemos delante y tomamos al paciente como un objeto pasivo al que corregimos y modelamos según las guías estandarizadas de tratamiento. Quién sabe, a veces viene bien para defendernos de la pulsión de muerte tan manifiesta de algunos pacientes graves y que se pone en juego en la transferencia. Quién sabe si el modelo médico actual, muchas veces nos sirve para defendernos y poner un límite, una barrera protectora a veces conveniente, a esa transferencia masiva de los pacientes psicóticos. Estaría bien pensarlo.

Desde el punto de vista psicoanalítico, la lectura sobre la herencia es diferente; efectivamente hay una transmisión que influye en la psicopatología, pero no es el factor genético biológico el causante de los trastornos, sino los lugares que cada sujeto ocupa en el entramado familiar, las identificaciones que se dan con un familiar y/o las tragedias sucedidas, o los secretos guardados…o simplemente el rol asignado al miembro familiar, consciente, o la mayor parte de las veces, inconscientemente. Hay una transmisión generacional de una historia que se va construyendo de manera intersubjetiva entre los miembros familiares.

En la melancolía, hay una repetición mortífera de Identificaciones masivas y globales a un miembro familiar que sufrió alguna tragedia, alguna historia triste; esas marcas que filian a veces a las familias de forma negativa; ”en nuestra familia los varones/mujeres se mueren jóvenes o de tal enfermedad, o los de la rama paterna/materna acaban en el Psiquiátrico…” esas familias malditas de los pueblos…una filiación que lleva la marca de Tánatos y que determina el Imaginario familiar. Pero también en esas familias, hay miembros que hacen su vida, que se quitan de encima esa marca negativa. ¿Por qué unos miembros de la familia no padecen ese trastorno?, ¿ por qué pueden hacer su vida, por qué se desmarcan de ese sello familiar?. Es importante fijarse bien en ellos, porque siempre tendemos a poner de relieve lo negativo, el sello de enfermedad de algunas familias. Pero hay que fijarse también en los indicios de salud y de vida, ya que nos puede dar pistas sobre lo que les está sosteniendo/ curando.

Creo que no hay una transmisión al azar, como apunta el modelo médico, de una probabilidad mayor o menor de padecer tal o cual trastorno, sino que hay una elección subjetiva a ocupar un lugar en la historia familiar propio y nuevo u ocupar un sinlugar ajeno, repitiendo mortíferamente una historia antigua y de otro.

En la historia familiar de los melancólicos, si escuchamos con esmero, en el decir del paciente y cómo cuenta o le han contado sus ancestros la historia familiar, encontramos algún suceso en conexión con la pérdida y la tramitación de ésta. Pero hay una particularidad; no es una pérdida cualquiera, es una pérdida cuando no toca. Un evento traumático inusual, difícil de simbolizar; un accidente, un suicidio, una guerra, una ruina, un desarraigo, un éxodo…algo que descoloca el orden y hiere de muerte el narcisismo familiar. Al herir este narcisismo, el suceso se oculta por vergüenza y puede generar un secreto (lo no dicho, pero sabido) que tiene en el Inconsciente su mejor aliado, ya que se transmite un sentimiento de culpa, una deuda pendiente de la que se hace cargo inconscientemente y que paga de diversas maneras con su propia vida.

Sin embargo, quizá lo más importante no es la pérdida en sí misma, sino la forma de tramitarla; si el duelo es la forma neurótica de tramitar la pérdida, en la melancolía esta pérdida se tramita de forma narcisista, es decir no se tramita/simboliza, porque va en contra de la misma naturaleza del narcisismo, que no puede perder nada, es la completud, la omnipotencia.. Y aquí interviene muy significativamente la estructura familiar; familias muy adheridas entre sus miembros (familias que se enorgullecen de “ser una piña”), con mucha dificultad de diferenciarse y hacer su propia vida; se hace así patente la endogamia y la salida a lo social es dificultosa. Familias muy pegadas a la tierra, al campo, a lo rural…Familias con marcas y agujeros sin simbolizar que señalan su identidad de esta forma. Esa dificultad de tramitar las pérdidas y las separaciones se transmite de una generación a otra. Se hereda algo no elaborado, una deuda por saldar, una identificación a algo que es de otro y que no se ha podido subjetivar en las generaciones anteriores. Esa búsqueda de sentido constante que humaniza la vida, no se ha encontrado en los casos graves de melancolía y otras psicosis. La Ciencia explica, pero el ser humano necesita comprender y la explicación científica solo sirve en Matemáticas, Física y poco más.

La herencia, viene a decir Recalcati en su libro “El complejo de Telémaco”, no es un movimiento pasivo en el que se transmiten identificaciones o genes; es más bien un movimiento activo y recíproco de reconquista de la herencia. Hay una subjetivación de ésta, en el que el padre ofrece algo que el hijo puede o no recoger. Y esa responsabilidad subjetiva, esa elección, es la que rompe con ese determinismo fatalista (tanto biológico como psicoanalítico). La herencia sana, neurótica, erótica, es decir la herencia de vida, es la que ofrece el padre como el testimonio de que la vida merece la pena vivirla, encarnando él mismo esa opción. Aunque lo que se ofrezca sea pulsión de muerte, siempre hay algo en conexión con la vida y tenemos la responsabilidad de aferrarnos a ella.

Es esta subjetivación de la herencia la que humaniza al ser. La visión médica actual reduce el ser al cuerpo y estima la herencia como una probabilidad al azar de padecer un trastorno, borrando la subjetividad y mostrando un ser pasivo, a merced de la fatalidad de la enfermedad y/o de la capacidad salvadora del médico omnipotente.

Hasta el melancólico puede elegir “entre la pena y la nada, elijo la pena” (Faulkner, Las palmeras salvajes)

Telémaco: “Si a todo alcanzara el poder de los hombres mortales, yo primero eligiera el regreso del padre querido” (Homero, La Odisea)

 

Una visión psicoanalítica sobre la herencia: La melancolía

Autor: Carlos Fernández Atiénzar. Psiquiatra y Psicoterapeuta

Antiguos alumnos; CARLOS FERNANDEZ ATIENZAR

 

Los lugares de la melancolía

Además de los síntomas típicos, la melancolía puede habitar en sitios más minúsculos y desapercibidos. Lugares invisibles que no se acogen a los síntomas habituales porque no llegan a las consultas, ya que los sujetos ocupan todo su ser en un lugar donde casi nadie mira; es el lugar del desecho y del fracaso y es el lugar que creen merecer. Nunca acudirán a nadie para que les salve. A modo de compensación imaginaria, encuentran una identidad firme en un lugar ínfimo, indigno y desapercibido que evita descompensaciones depresivas en la misma línea que las psicosis no desencadenadas evitan la descompensación esquizofrénica. Es una identificación global y masiva del ser al objeto diminuto de desecho.

Ese lugar de desecho se observa bien en algunas personas, no solo melancólicas, que encuentran en lo callejero un lugar donde se sienten más cómodas. Un lugar duro, frío, anónimo, invisible, indigno y marginal. El lugar de los yonquis, los delincuentes, las prostitutas, los alcohólicos, los manteros, los vagabundos, los pedigüeños, los lisiados, los locos… Desde esta perspectiva, la calle es un lugar cruel donde el calor de la casa ha desaparecido y el frío invierno se ha instalado para siempre, y donde la mirada del Otro es captada y desvíada hacia otro lado contemplando el horror y la misería humana. En ese doble movimiento consigue así su finalidad; es como si nos dijeran “mirad y avergonzaros de lo que habéis hecho de mí”.

Otro de los lugares preferidos por la melancolía es el ser objeto de control, de maltrato, de vejación, de abuso, de humillación constante por parte de un Otro sádico en un lugar de poder y de dominio sobre la víctima. El verdugo inflinge al objeto-cosa cualquier tipo de violencia. Se observa en algunas situaciones de violencia de género; el maltratador y la maltratada forman una simbiosis narcisista mantenida por el miedo a salir de ese lugar, porque en algunos casos la maltratada siente no merecer otro mejor, confundida en la ambivalencia amor-odio del agresor y llevando a cabo de manera literal las nefastas frases; “quién te quiere es quién más daño te hará” o “lo eres todo lo para mí y lo soy todo para ti”, “te doy mis ojos”. También el colegio es un lugar privilegiado para asistir a situaciones de maltrato y dominio de niños sádicos a niños pasivos e invisibles. Sin poder pasar por alto las situaciones de abuso de poder históricamente ejercido por parte del rico al pobre, del patrón al esclavo, del jefe al currito, del político al ciudadano, o del banquero al cliente, algo tan tristemente común en nuestros días.

Otras veces el lugar ocupado por el futuro melancólico es el lugar de un muerto prematuro, como sucedió con Salvador Dalí; tuvo un hermano anterior que se llamaba también Salvador que falleció con pocos años. Dalí estuvo atormentado con este suceso toda su vida y la sombra de su hermano le persiguió siempre y así lo plasmó en algunos de sus cuadros. No tenemos muchas dudas sobre el intenso narcisismo que emanaba Dalí. La identificación con el muerto es un lugar muy complicado, sobre todo en las pérdidas demasiado tempranas, cuando no toca. En primer lugar remarca la imposibilidad de haber hecho un duelo adecuado por parte de la persona que carga con el muerto al otro, nunca mejor dicho. Cuando se elige un nombre para el bebé, se puede desvelar esa identificación al objeto perdido, como ocurrió con Dalí. En segundo lugar, puede provocar un terrible sentimiento de deuda, porque el lugar ocupado no va a taponar nunca ese vacío enorme dejado por el muerto sin duelo. Además es un lugar prestado y no propio, por lo que el sujeto se convierte en objeto perdido.

El yo del melancólico está empequeñecido, tanto que a veces es invisible para el Otro. Lacan decía que lo menos soportable para el ser humano es la falta de reconocimiento por parte del otro, el verse ninguneado, pasado por alto, en definitiva ser invisible para el otro. El melancólico siente literal y descarnadamente ser ese grano de arena en el desierto, en algunos casos hasta el punto nihilista de negar su existencia. Otras veces la imagen que devuelve el espejo, es una imagen detestable, indigna y cargada de aspectos negativos y deplorables. La mirada del otro inyecta inconscientemente esa carga de aversión con que el yo se mira. Hay algo de esto que conecta con la anorexia y la delincuencia.

El melancólico se siente culpable de ocupar un lugar no propio. Solemos pensar que la culpa viene después del pecado, pero Freud subvirtió el orden; En “Delincuentes por sentimiento de culpa” explicó magníficamente como el sentimiento de culpa está antes que el pecado. Es más, induce a cometerlo, porque así la culpa inconsciente se justifica, se limita de alguna forma, sale a la luz y no mortifica tanto. Además el delito incluirá la penitencia. El melancólico se coloca así como merecedor de esa penitencia, porque siente, de diversas maneras, que cometió el mayor pecado posible: haber nacido. Haber nacido sin un lugar propio, sin un lugar en el deseo del Otro o un lugar prestado por un muerto pretérito. La culpa derivada de una deuda imposible que se adquiere con el que le otorgó la vida. El melancólico no ha entendido que la vida fue un regalo, porque probablemente el otro con mayúsculas también pide cuentas, porque tampoco entendió que es regalar. No entendió que los hijos nacen para perderse simbólicamente y hacer su vida, y que hay deudas que no se pueden pagar porque no son deudas, son regalos. Y dar la vida es el regalo por excelencia.

El ser del melancólico, su estructura o su esencia, es la tristeza encarnada en un individuo concreto. Y esa tristeza es pura, infinita y sin mediar; estamos en la psicosis y la melancolía, es la tristeza del loco, sea éste esquizofrénico, paranoico o el más puro melancólico/ maniaco-depresivo.

Una tristeza asociada a un vacío, una marca mortal, un agujero sin simbolizar, algo indecible, guardado como un secreto por vergüenza (ya que menoscabó el narcisismo de alguien) que remite a una pérdida pretérita que quitó espacio a la vida y que se pudo transmitir inconscientemente de generación en generación. Esa marca de tristeza que singulariza a algunos pacientes y familias.

En la melancolía pudo suceder algo en un momento temprano, en la fase donde se forma el yo, es decir en el narcisismo primario. En ese mismo momento o en la historia familiar previa, algo pudo suceder en directa relación con la pérdida; Una tragedia, un desamor, una muerte, un desarraigo, una guerra, una mala suerte, una maldición familiar, un accidente, un suicidio, algo donde la pulsión de muerte es muy poderosa y hace desfallecer al deseo y al Eros. En la historia del melancólico observamos con frecuencia esos sucesos si aguzamos bien el oído y buscamos con paciencia. Y es verdad que la herencia está presente, pero hay que pensar qué es lo que se hereda si una vulnerabilidad biológica o una vulnerabilidad psíquica a padecer melancolía. El aparato psíquico en el momento temprano de la vida no está preparado para sostener una pérdida significativa, sea propia o de otro, por lo que el melancólico nunca podrá hacer duelos, más bien permanece en duelo toda su vida.

Los lugares sin lugar son sitios muy tristes que muchas veces absorben todo lo diferente, lo feo, lo odiado y lo temido de nosotros mismos, pero que terriblemente se encarnan en un ser humano, por lo que de alguna forma, al mirarlo, nos devuelve ese horror del que nos queríamos desprender. Y a veces, en una inversión perversa, los papeles se cambian para vengar la afrenta ejercida. Pero, el ojo por ojo no debería ser la respuesta habitual, ya que se caería en una repetición mortífera de lo mismo; el maltratado se volvería maltratador y así sucesivamente. En algún momento debe acudir el reconocimiento del otro, el cuidado amoroso, el gesto amable, la solidaridad, el respeto y otros tantos actos de reparación y construcción.

La herencia, viene a decir Recalcati en El complejo de Telémaco, no es un movimiento pasivo en el que se transmiten identificaciones ni genes, es más bien un movimiento recíproco en el que el padre ofrece algo que el hijo puede o no recoger. Y esa responsabilidad subjetiva, esa elección, la que rompe con el determinismo fatalista tanto biológico como psicoanalítico*. La herencia sana, neurótica, erótica, es decir la herencia de vida, es la que ofrece el padre como el testimonio de que la vida merece la pena vivirla, encarnando él mismo esa opción. Aunque en ciertas ocasiones se ofrezca pulsión de muerte, siempre hay algo en conexión con la vida y tenemos el deber de aferrarnos a ello, para combatir así la marca que Tánatos infligió en el ser, en cuanto éste dejó de ser omnipotente e inmortal.

*Notas: respecto al determinismo biológico y psicoanalítico, hago una crítica a los fundamentalistas de uno u otro signo, que niegan al paciente la libertad de elegir, y por tanto le niegan el reconocimiento como sujetos. Estos fanáticos terapeutas, utilizan la teoría para alimentar su narcisismo, en vez de ayudar al paciente. Como terapeutas debemos ofrecer esa pulsión de vida, dando reconocimiento al sujeto, y usando nuestra terapia o nuestras pastillas y sin olvidar la demanda del sujeto. Es inevitable que, a veces inconscientemente, unos nieguen u olviden que tenemos un cuerpo y serotonina, y otros, que tenemos una historia familiar, un deseo y unos vínculos familiares y personales. Por otra parte, el terapeuta debe cuidarse, y no asumir cargas que no corresponden ni convertirse en el salvador de nadie; no somos tan omnipotentes.

“Entre la pena y la nada, elijo la pena.”

Fragmento de “Las Palmeras Salvajes” de William Faulkner.

No volveré a ser joven

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.

Jaime Gil de Biedma

 

AUTOR: CARLOS FERNANDEZ ATIENZAR. PSIQUIATRA

*Extraído del texto “El sujeto sin lugar: La melancolía”(2016) Basado y

modificado sobre el Trabajo fin de Master titulado “Melancolía: la tristeza del

alma” (2014)