Clínica de las Migraciones. Juan Carlos Durán Canal

II Jornadas Máster Psicoterapia Psicoanalítica Universidad Complutense de Madrid.

Se me venía a la mente al hacer esta ponencia, la siguiente reflexión: para toda persona inmigrante, el volver a casa representa un deseo muchas veces muy lejano pero muy añorado, yo como persona inmigrante lo puedo afirmar. En este proceso, se me ocurrió un símil de esta situación y es que hoy me siento profundamente emocionado por volver a esta casa de estudios, que me brindó la oportunidad de estudiar el master de psicoterapia psicoanalítica, sin duda alguna, la sensación es como volver a casa. Gracias Marina Bueno por la invitación y gracias a esta casa de estudios por permitirme formar parte de estas Jornadas.

 

El proceso de migrar a otro país es una decisión compleja y difícil de tomar. Se juega la identidad, la pertenencia e incluso el propio narcisismo. Migramos en algunas ocasiones por cumplir objetivos personales y/o profesionales,  porque en nuestros países nos exponemos a peligros o situaciones que vulneran nuestra estabilidad emocional, por lograr recibir un tratamiento médico inexistente donde vivimos o por una infinidades de razones como personas inmigrantes hay en este mundo.

 

Llegar a otro país  representa enfrentarse con lo extraño, lo distinto, lo desconocido. Requiere un proceso psíquico complejo, de desidentificación según la psicoanalista Tabak de Bianchedi. Esto genera angustia, produce incertidumbre y ansiedad. La sensación puede convertirse en desbordante y es muy complicado ponerle palabras al cúmulo de emociones que se está viviendo.

 

En psicoanálisis existe un mecanismo de defensa llamado escisión, el cual me permitiré definir de la siguiente manera: “Desde los Estudios sobre la histeria, Freud se sirve de él (igual que Breuer) para designar la «escisión» de la conciencia propia de la histeria y la hipnosis. Es pues una palabra que se utiliza para decir que «uno se divide en dos”. En dicho proceso, existen dos actitudes contradictorias ante la realidad; actitudes que llegan a coexistir simultáneamente en el yo: la aceptación y la renegación.

 

En mi práctica clínica con personas inmigrantes, es común observar como personas que han emprendido un viaje a Europa por avión, escinden casi completamente esta experiencia, haciéndoseles casi imposible recordar detalles de ese viaje, siendo en el momento de volver a sus países de origen, seres casi neófitos en los aeropuertos.

 

Estos sentimientos ambivalentes, temor a la pérdida de la cultura de origen y necesidad de mantener la escisión como defensa ante la angustia, crearán un particular sufrimiento psíquico, donde suele predominar la nostalgia y la añoranza hacia lo que se tenía.

 

Esto no es más, que el duelo migratorio, entendido este como una elaboración de la pérdida. Cuestiona nuestros propios recursos yoicos y pone en juego las estrategias de cada uno para poder adaptarnos, movilizando emociones ambiguas, pudiendo este resolverse con éxito o en patología.

 

Entonces bien, una persona inmigrante en el país de acogida deberá transitar por dos caminos, el de la adaptación a lo nuevo y desconocido, y a la elaboración de su propio duelo migratorio, el cual será diferente en cada persona y tendrá duraciones distintas de igual forma.

 

¿Cómo trabajamos entonces con una persona inmigrante, desde la psicoterapia psicoanalítica?. Son muchos los factores que se ponen en juego, cuando el proyecto migratorio de una persona fracasa o tiene éxito. La posibilidad de superar cada duelo, depende de la integración del Yo de cada sujeto y de la realidad psíquica acorde y en armonía con la realidad externa.

 

Desde mi experiencia en la práctica clínica con personas inmigrantes, en la mayoría de los casos, los distintos motivos de consulta, siempre remiten a una dificultad en la elaboración de ese duelo migratorio, que genera malestar emocional en los distintos ámbitos de la vida del sujeto.

 

Es fundamental en primer lugar, contextualizar el proyecto migratorio de cada persona, las razones que motivaron ese proceso migratorio, las redes de apoyo de cada persona en el país de acogida, las expectativas que se tienen sobre este cambio, las distintas renuncias que la persona ha tenido que hacer para poder estar en ese lugar, etc…Sólo de esta manera, podemos hacernos una idea de la complejidad del proceso migratorio de ese paciente, y del grado de elaboración que tiene de ese duelo que implica inmigrar.

 

Según la psicóloga Giulia de Benito, el duelo migratorio representa el gran “estar entre” dos países, dos culturas, dos grupos de personas, dos planteamientos vitales, dos emociones enfrentadas. Desde la psicoterapia psicoanalítica, siempre intento conducir a mis pacientes a que integren estas partes escindidas del yo por este proceso migratorio, con la finalidad de que puedan afrontar la nueva situación, poniendo en práctica sus recursos yoicos.

 

Por un lado, se vive una especie de castración psíquica, ya que la persona se ve en la situación de postergar o modificar, ciertos aspectos culturales adquiridos, para poder integrarse en su nuevo medio impregnado de pautas diferentes. Es por ello que se debe trabajar, el sentimiento de no pertenencia, el sentirse diferente al resto. Esta percepción sacude la estructura psíquica de los sujetos, se experimenta cierta desorganización interna y se movilizan ansiedades de tipo paranoide, confusionales y depresivas.

 

Es importantísimo trabajar con la persona inmigrante, el conjunto de pérdidas que implica el proceso migratorio y el lugar que ocupará con respecto a esas pérdidas. El lugar que se tenía con respecto a un Otro, ya no sera el mismo desde que se está en el país de acogida; no se forma parte de la vida del Otro del mismo modo, no se comparten las mismas cosas, la persona pasa a ser uno que está lejos, que vive fuera.

 

Esto es aún peor en madres que tienen que verse obligadas a migrar para darle major calidad de vida a sus hijos en el país de origen. El sentimiento de pérdida que experimentan por no ver a sus hijos crecer, por no estár presentes en los momentos más importantes de su crecimento y por sentir que están perdiendo el rol de madre, son temas recurrente en mi práctica clínica.

 

Afortunadamente en estos casos, el desarrollo de las nuevas tecnologías en telecomunicaciones, hacen que el contacto y la relación con el Otro, parezca menos desgarrador.

 

Es importante también ayudar a la persona inmigrante, a que logre inscribirse en la sociedad de acogida, que logre hacerse parte de la idiosincrasia del país de acogida y para ello es fundamental el trabajo en equipo con otros trabajadores del área social como pueden ser trabajadores y educadores sociales, abogados, técnicos de empleo, entre otros.

 

En conclusión, el trabajo psicoterapéutico debe consistir en fortalecer el yo, lo suficiente como para que desarrolle recursos que le permita adaptarse a la sociedad de acogida y para que también sea lo suficientemente flexible para incorporar aspectos de la nueva cultura a su identidad, generando esto mayor enriquecimiento y maduración de su aparato psíquico.

 

ADOLESCENCIA, Psicoterapia de grupo. Irene Sáez Larrán

 

II Jornadas Máster Psicoterapia Psicoanalítica Universidad Complutense de Madrid.

El tema que me gustaría abordar es la adolescencia. Compartir con vosotros cómo nos permite el psicoanálisis entender a los adolescentes que atendemos en nuestras consultas o centros de día y acercaros al abordaje grupal de los adolescentes con problemas, tratamiento que a mí personalmente me ha abierto un mundo de posibilidades para la intervención con nuestros jóvenes.

 

Para ello comenzaré explicando con ayuda de algunos autores, qué es la adolescencia.

 

La adolescencia es una etapa de la vida, una transición conflictiva pero también creativa, que se atraviesa desde el fin de la infancia hasta establecerse la identidad adulta, con todo lo que ello conlleva.

 

Podríamos entender la adolescencia como un pasaje de cambios. Cambios que implican pérdidas. Arminda Aberastury explica “el período adolescente como un lento y doloroso proceso de duelo”. Nos propone pensar estas pérdidas teniendo en cuenta 3 duelos: duelo por la pérdida del cuerpo infantil, por la pérdida de la identidad infantil y por la pérdida de la relación infantil con los padres.

 

Comenzaré explicando el duelo por la pérdida del cuerpo infantil: A partir de los 11 años, comienzan los cambios en el cuerpo, morfológicos y fisiológicos. Estos cambios advertirán al adolescente de que su cuerpo infantil va a dejar paso a un cuerpo maduro y sexuado.

 

El segundo duelo al que se enfrentará el joven, es en relación a la pérdida de la identidad infantil: hasta ahora, el niño tenía unos vínculos de dependencia familiar, donde los padres y él, aún no estaban del todo diferenciados.

Con la llegada de la sexualidad adulta, el joven se verá comprometido a tener que renunciar a los vínculos de dependencia infantiles que le unían a sus primeros objetos de amor: sus padres. Debe renunciar a estos vínculos que hasta ahora le proporcionaban tanta seguridad para poder dar paso la creación de otros vínculos con sus iguales, donde se jugará, durante este período de la vida, su identidad.

Pero esto no es tan sencillo. El joven se encuentra ambivalente en este proceso de crecimiento: Por un lado desea seguir siendo un niño, seguir manteniéndose cerca de papá y mamá que le conocen, le calman y cuidan como cuando era un niño pequeñito. Pero por otro lado deseará con todas sus fuerzas mantenerse muy lejos de ellos, ser diferente a ellos y a lo que esperan de él. Necesita sentir que puede decidir por sí mismo, pero se mantiene en él un fuerte deseo de mantenerse cerca de papá y mamá a la vez.

 

Creo que para entender mejor la separación de los padres que el adolescente trata de conseguir, es necesario tener en cuenta el tercer duelo al que me refería: el duelo por la relación infantil con los padres. Durante la niñez, los padres ocuparán un lugar privilegiado para el niño, serán los cuidadores y protectores que mantengan al niño en una célula lo suficientemente segura. El adolescente sufrirá una gran (y necesaria) decepción, pues los padres no son todo lo que él había idealizado, no son todo lo que él esperaba, y por lo tanto él tampoco lo es.

Este pasaje, permite al adolescente salir del mundo familiar, para buscar en el mundo exterior aquello que no encuentra en la familia.

 

La relación con sus iguales, se sitúa por lo tanto en el punto de mira para la estabilidad del joven, pues allí podrá sentirse diferenciado de los padres y encontrarse iguales que le permitan reconocerse en ellos.

 

Todas estas pérdidas de la transición adolescente requieren de un trabajo psíquico complejo que habrá de ser enfrentado con los recursos con los que cuente el adolescente. Es un período difícil ya que el yo se encuentra confundido y ambivalente frente a los cambios que se le presentan y que se le exigen para lograr su propia transformación y dar paso a su identidad.

 

Tomando a Nasio (2013), “renunciar y elaborar el duelo del funcionamiento infantil, implica aceptar vivir con la ausencia definitiva de aquel a quien amamos y que acabamos de perder. (…) El duelo de la infancia es un lento y sordo proceso de alejamiento, porque para dejar atrás la infancia, el adolescente debe volver a ella sin cesar (…) recordando el pasado innumerables veces y dejándolo volver en acto una y otra vez.” Es por esto que el adolescente al amar a un noviete, conversar con una amiga largas horas o reírse con sus amigos durante horas y horas, revive algo de la intensidad de los vínculos infantiles. Están cargados de la misma ternura que el descubrimiento de los primeros juegos infantiles o la sorpresa de los primeros descubrimientos de su mundo infantil.

 

La resolución de estos duelos tendrá diferentes implicaciones, puesto que la búsqueda y el encuentro de una elaboración, marcarán la formación de la identidad adulta.

Pero todas estas pérdidas, vienen siempre acompañadas de nuevos nacimientos, de nuevas formas de comprender y colocarse en el mundo. Diríamos que el adolescente debe perder el cuerpo y universo familiar, conservar todo lo que sintió y vivió y conquistar finalmente la edad adulta.

 

Teniendo en cuenta esta concepción, podríamos preguntarnos: ¿A qué conflictos psíquicos se enfrentan los adolescentes?

 

En la clínica, nos podemos encontrar con las siguientes dificultades:

 

  1. Adolescente Angustiado/Estado Angustiado: es el adolescente paralizado. No puede actuar ni sabe qué desear o pensar. Poniéndonos en la cabeza del adolescente, entenderíamos que ante cualquier surgimiento de sensación o pensamiento adulto, es fuertemente reprimido.

En el camino de convertirse en hombres y mujeres, cualquier compromiso que supone enfrentar situaciones adultas, no se puede soportar, no se tienen herramientas y el adolescente se bloquea, se repliega, se queda inmóvil. Estas situaciones se presentan como inhibiciones a amar,  a identificarse con un tipo de mujer y de hombre, etc.

Esta fuerte oleada represiva hace que el adolescente se muestre intratable y hostil. Todo lo que provenga del mundo familiar le parece mal y también todo lo que trate de aportar un punto de vista diferente, como otra forma de vestir o de entender el mundo, es fuertemente rechazado. Todo lo diferente o extraño debe ser apartado, puesto que compromete la identidad de uno mismo.

 

  1. Estado Triste: sobretodo presente en las chicas adolescentes. Se siente decepcionada con la vida, se cierra a los otros y se repliega en sí misma. Diríamos que el superyó la acribilla con reproches y la desprecia. Se autodescalifica y denigra. Es frecuente que piense en el suicidio, aunque no tiene por qué llegar a ello. Nada del mundo adulto le satisface y llora por su amor (infantil) perdido.

 

  1. Estado Rebelde: pensaríamos en el adolescente que vive en una oposición continua, es irascible, provocador y agresivo. Pero detrás de este comportamiento violento e irritante, se esconde una tristeza no consciente. La tristeza y la hostilidad se mezclan entre sí, tratado de expresar la rabia que siente por haber sido abandonado por los padres de la infancia.

 

 

Me parece importante aclarar que el paso por la adolescencia es un proceso muy importante para la formación de la identidad adulta, pero en ningún caso puede ser entendida como patológica. La diferencia para que un adolescente acuda o no a pedir ayuda, es la angustia y el nivel de sufrimiento que viva durante el atravesamiento de estos momentos, las limitaciones para gestionar sus emociones, las relaciones con sus iguales, la relación con sus padres, los estudios, etc… y el nivel de sufrimiento.

 

 

 

  • PSICOTERAPIA DE GRUPO

 

 

Mi trabajo está enmarcado en un Modelo Comunitario de Hospital de Día, donde los pacientes conviven durante 6 horas diarias, de lunes a viernes, durante los meses que dure el tratamiento (aproximadamente un año y medio). En el hospital de día, se realizan grupos terapéuticos con tareas diferentes, como Grupos Comunitarios, Terapia Ocupacional, Terapia Corporal, Terapia Escrita, Habilidades Sociales, Sesiones Familiares o Psicoterapia.

El equipo terapéutico sigue un modelo multidisciplinar, con reuniones semanales donde se ponen en común los problemas o avances que se dan en los grupos terapéuticos, con los pacientes y con sus familias.

 

Las características de los chicos y chicas que atendemos en nuestro recurso son adolescentes y jóvenes con diagnósticos diferentes, pero los sufrimientos comunes son: Inestabilidad, sentimiento de soledad, tristeza, dependencia, descontrol de los impulsos, impulsos de destrucción (dirigidos hacia dentro y hacia fuera), ambivalencia, intolerancia a la frustración, miedo al abandono, alta exigencia, fracaso escolar, dificultades en la relación con sus iguales, aislamiento, etc.

 

Voy a centrarme en mi trabajo en los grupos de psicoterapia. Como he dicho, mi trabajo en el Hospital de día, me ha permitido conocer el Grupo Operativo como una herramienta muy potente para acompañar al adolescente o al joven en esta transición tan conflictiva e importante para situarse en el mundo con menos angustia y sufrimiento.

 

La tarea terapéutica la podemos nombrar en el grupo de psicoterapia como: Pensar en voz alta y juntos sobre las cosas que les pasan y les preocupan, con la intención de contactar con lo que eso les hace sentir. Poder entender qué les ha pasado para llegar a venir al hospital de día y qué les impide hacer las cosas de un modo diferente.

 

En primer lugar, el Grupo Operativo convoca a un grupo de adolescentes para reflexionar sobre las cosas que les pasan a ellos. Allí, no solo se va a dar un compartir historias, si no que se juega algo mucho más profundo: Cada integrante vendrá con su forma de entender y colocarse en un grupo, su propio grupo internalizado: el familiar. Es decir, que se comportarán como si estuvieran en su propia familia o en su grupo de amigos, con los mismos modelos y expectativas sobre los demás. Tomando a Bauleo, diríamos que tratará de vestir el grupo externo, con los viejos ropajes del grupo familiar, del grupo de amigos, antiguos compañeros de clase… El rol que se les ha adjudicado su grupo familiar, va a repetirse en el grupo terapéutico, dando valiosa información sobre su modo de vincularse, repetición que aprovechará el terapeuta con el objetivo de que el paciente pueda flexibilizar su manera de estar en el grupo, y como consecuencia, en el mundo.

 

Podríamos decir que la finalidad de la Psicoterapia de grupo sería flexibilizar los roles en que uno se coloca en la vida, reduciendo la estereotipia que “enferma”, y permitiendo una mejor adaptación activa a la realidad, en palabras de P. Rivière.

 

Por último, me gustaría definir las posibilidades de trabajo que posibilita esta concepción:

 

  • El grupo funciona como un espacio de pertenencia, contención y apoyo, algo fundamental en todas las personas que necesitan ayuda, pero mucho más potente en adolescentes, donde su pertenencia a un grupo de iguales es fundamental para la separación familiar y su salida a la vida adulta.

 

  • Los adolescentes se caracterizan, entre otras cosas, por la dificultad de identificar lo que sienten. Muchas veces se les acusa de no hablar como forma de agredir al otro, pero sabemos, lo invadidos que se sienten por sensaciones a las que no pueden poner palabras. El grupo les posibilita identificar cómo se sienten al expresar algo y qué les hace sentir lo que otro compañero acaba de contar.

 

  • El trabajo grupal permite conectar las actitudes y síntomas con sus sentimientos de odio, rabia, culpa o envidia y buscar un sentido en relación a sus vínculos actuales o del pasado.

 

  • El grupo diversifica los movimientos transferenciales: con el grupo, el terapeuta y la relación con la tarea. Esto disminuye la relación transferencial masiva que se da en tratamiento individual, facilitando el trabajo psicoterapéutico.

 

  • Los integrantes del grupo ejercen una acción terapéutica muy importante entre ellos. Las intervenciones de los compañeros del grupo, producen menos resistencias y ansiedades que cuando son realizadas por el terapeuta.

 

  • El grupo facilita la elaboración de duelos, que en estos pacientes adolescentes son tan importantes, ya que facilita el proceso de simbolización.

 

  • Finalmente, el grupo facilita que los adolescentes se conozcan, y conocer bien al otro, significa conocerse a uno mismo. Por ejemplo, en un grupo una chica habla de la relación que establece con su cuerpo, cambiante, que no reconoce y al que tiene la necesidad de agredir porque no puede aceptar los cambios. Los integrantes del grupo no permanecen pasivos, le preguntan, piensan sobre qué tendrá que ver eso con la propia historia la chica, le dicen las cosas con sinceridad, sin paños calientes. Este “pensar en la historia del otro”, permite también ordenar el pensamiento y la historia de uno mismo.

 

 

 

 

Todo ser viviente debe morir un poco todos los días. Es decir, debe mutar, padecer la pequeña muerte celular que renueva y la vida.

Nosotros, los adultos, perdemos cada día un poco de nosotros mismos, de manera incesante e inadvertida.

Cuánto más terrible ha de ser este fenómeno en el adolescente, en quien todo tiene que cambiar a la vez, violentamente: el cuerpo debe desmembrarse, la infancia irse, y la cabeza, mareada, debe reconquistar penosamente su poder sobre el cuerpo.

J.D.N.

 

 

ADOLESCENCIA, Psicoterapia de grupo. Irene Sáez Larrán

La cultura, un síntoma en el lenguaje. Manina Peiró

II Jornadas Máster Psicoterapia Psicoanalítica Universidad Complutense de Madrid.

Pensar en la cultura actual, donde la sociedad de la información y la comunicación nos tiene atrapados o mejor dicho aliados, no es tarea fácil. La opinión sobre ella coloca a las personas entre la exaltación de la última novedad o tendencia para incorporarla a su vida, o bien ante la crítica y resistencia a que determinados movimientos o cambios sociales se impongan en su “cultura” como un hecho consumado. El Máster de psicoterapia psicoanalítica de UCM, atento siempre al momento que estamos viviendo, vuelve a convocarnos (la jornada anterior fue sobre  la crisis) alrededor de un tema de gran interés. Agradezco de nuevo a todo el equipo organizador de estas jornadas la invitación a participar en esta mesa.

 

Rafael Sánchez Ferlosio nos advierte : “Es habitual esgrimir un juicio de valor moral para decidir la pertenencia de una cosa a la cultura. El equívoco nace de privilegiar la cultura como una cosa excelsamente democrática, y así se ha popularizado la manía de estar viendo cultura por todas partes, con nuevas y baratas invenciones; a la mera palabra “cultura” se le cuelga impropiamente una connotación valorativa de cosa honesta y respetable.” (No hay más que ver algunas fiestas de los pueblos organizadas por el comité de cultura de los ayuntamientos, o esta cultura del deporte tan representada por el fútbol más allá de lo que es o era ese deporte.)

 

Por otro lado también está la idea de que la auténtica cultura es la que se puede adquirir a través del conocimiento libresco: viajes, estudios, etc, como potencial del porvenir de la civilización o como agente de cambio en la sociedad. Aunque ahora no es tan necesaria porque Wikipedia “lo sabe todo” y se puede acceder al momento a la información.

 

Opiniones de la gente o modas en la vida cotidiana, a partir del gusto y éxito de otros lugares, también se abren camino en la cultura como sentencias: “En mis tiempos no había cultura de Holloween”, aceptando que ahora sí forma parte de nuestra cultura; o “los niños ahora nacen ya con una pantalla en la mano”, para explicar que la cultura digital es un hecho y que la globalización no tiene fronteras..

 

La idea de que algo de la esencia del modo de vivir o de pensar de las personas debe ser preservado y transmitido para que no se pierda, es el motivo de que todas las disciplinas quieran incluirse o tomar posición en relación a la cultura, haciendo valer así su derecho a la existencia. Incluso la “contracultura” la necesita para oponerse a ella. El Psicoanálisis no va a ser menos; tenemos que -como en buscando a Willy- encontrar qué lugar tiene en esta cultura actual

 

Al pensar en el Psicoanálisis dentro de la cultura no olvidamos la crítica que desde que nació siempre le ha acompañado: “El Psicoanálisis ya está pasado”, “está superado” o “está en crisis”… Y ahí va todo: método psicoterapéutico, método de investigación  del inconsciente o como conjunto de teorías psicopatológicas.

 

Sin saber todavía cual es el lugar del psicoanálisis, o si lo descubriremos en este rato entre todos, sí podemos escuchar a qué lugar nos convocan a los psicoanalistas, las preguntas y cuestiones que la gente tiene sobre la sociedad en la cual está viviendo. Nos convocan a un lugar de saber, como si tuviéramos las claves de por dónde sería bueno que la sociedad avanzase. Por ejemplo, ante la comunicación digital “que propicia una comunicación expansiva y despersonalizada que no necesita interlocutor, mirada, ni voz” (en palabras de Byunh-Chul Han), y que para algunos filósofos destruye la distancia pero no genera ninguna cercanía personal, ¿qué dicen los psicoanalistas? O bien si a propósito de los llamados nuevos “males del tiempo” ( sociedad del cansancio ) aparecen otras maneras de enfermar, ¿qué dice el Psicoanálisis? ¿Son los mismos perros con distintos collares? Sobre todas estas cuestiones, ¿tiene el Psicoanálisis algo que decir?

 

Agambe dice a propósito de la filosofía que para él “la Filosofía no es una disciplina, es una intensidad, que, como sucede en un campo magnético o en un campo eléctrico, puede atravesar cualquier ámbito y cualquier disciplina, y por eso se puede hacer abstracción o especular sobre ello”. Podría darle ese lugar como filosofía al psicoanálisis, pero no me quedaba muy contenta porque ese lugar desembocaría en aquel peligro del cual Freud nos advirtió: la cosmovisión (Weltanschautung), “una construcción intelectual que soluciona de manera unitaria todos los problemas de nuestra existencia a partir la hipótesis suprema”.

 

Esa idea de que algo, ya sea estético, religioso o social, puede cargarse con una intensidad más fuerte, creo que sería aplicable a la cultura. Son los acontecimientos y fenómenos de intensidad singular los que quedan depositados e inscritos en la cultura. La cultura se empapa y recoge usos y costumbres de las diferentes formas y modos de vivir, no para especular con ellos, pero sí como un modo de dialogar con las personas de la sociedad donde se da. En ese cruce entre lo que recoge y lo que ofrece se enmarca el devenir del sujeto

 

El otro día oí decir al filósofo francés François Jullien que “el gran error de Marx, que dijo cosas esenciales, fue decir que la estructura es la economía y que lo cultural es una superestructura; es cierto, la cultura es estructura.  La cultura está en la base”.

 

Pensando en esto, en la dimensión estructural que la cultura tiene en la constitución del sujeto, encontré también el lugar que el Psicoanálisis tiene en la cultura. Si, como decimos, el fundamento de la cultura humana viene a partir de la precaria condición de inmadurez con que en el “infans” viene al mundo, donde encuentra a Otro dispuesto a hacerse cargo de él, ¿acaso no es la cultura la que tiene ya antes de que llegue un catalogo de usos y costumbres, unas representaciones,  palabras que llevan el peso de generaciones, incluso en alguna cultura hasta el nombre preparado.? Por eso es estructura, porque llega a un lenguaje afectado por las palabras de la cultura, ruidos, música, sonidos, que, sin tener conciencia de ello, la cultura transmite y le presta esas representaciones para la vida, para que ese encuentro-desencuentro con el Otro no sea una cuestión de dos.

 

Acompañar ese “desmadre” que el paso del cuerpo del Otro va a dejar en el suyo, rescatando el cuerpo erógeno más allá del cuerpo biológico, le va a permitir entrar en el lenguaje como sujeto de deseo significado por las palabras del Otro (de la cultura). Por eso decimos que los seres humanos se comunican en el lenguaje, no por el lenguaje.

 

La cultura tiene su “libro de instrucciones”, tiene sus leyes para que ese sujeto se escriba en ella. La ley del Edipo narrado míticamente con su “doble discurso”: entre la atracción por la madre como objeto de deseo, y la amenaza del padre como prohibición de la cultura, será esa ley la que hace posible la entrada del sujeto en el campo del deseo y poder así constituirse él como sujeto deseante.

 

Desde ese corte entre deseo y satisfacción que posibilita el paso a la palabra, Freud piensa en la cultura como receptora, sí, pero a la vez, como portadora de insatisfacción: “El antagonismo entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura” es un hecho; pulsiones y restricciones van de la mano.

 

Es importante para acercarse al pensamiento psicoanalítico entender la lógica y modo de funcionamiento inconsciente: que placer y displacer no están tan claramente diferenciados en la persona. Desde que a la represión se la ve como responsable de un  fenómeno que hace posible el cambio de afecto placentero a displacentero, la ética entra de lleno en el Psicoanálisis.

 

Freud, como sabemos, interesado por el síntoma y su relación con el inconsciente, siempre ha estado atento a cómo afecta a la persona los momentos que le ha tocado vivir, y ya en La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna,(1909) entra en esa problemática. Creo que en 1929-30, cuando vuelve en El Malestar en la cultura a preguntarse de dónde viene ese malestar generalizado que aparece en la cultura (el primer título que le puso fue La infelicidad en la cultura), vemos que es un momento crítico para él: está pesimista, pues, además de no haberse quedado contento con su último trabajo El porvenir de una ilusión, cuando empieza  esta  obra le parece que todo lo que está contando lo ha dicho otras veces, como si fuese víctima de la repetición, y sin embargo tiene que seguir escribiendo (capitulo VI, VII) como si tuviera una asignatura pendiente con su obra. De nuevo aparece la ambigüedad sobre pulsión de muerte que no le abandonará. En ese momento además, debido a su enfermedad. ( dificultad prótesis), llega a decirle a su biógrafo Ernest Jones que “lo que parecía un cimiento delirante resultó ser una investigación finalmente afilada”.

 

¿A qué se hallazgo se refiere Freud en esa investigación ?

 

Y es que además de preguntarse, como decíamos, de dónde viene ese malestar, se  pregunta o piensa sobre el precio que la humanidad tiene que pagar en aras del desarrollo de la civilización, como si la cultura fuese en sí fuente de sufrimiento e insatisfacción de la persona y como si la ecuación fuera “a más cultura más malestar”. Ese conflicto le plantea un problema ético, como una concesión al Principio del placer (placer para una instancia, displacer para la otra), como si la pulsión de agresión hubiera devenido en sentimiento de culpa, y Freud de nuevo vuelve con la ambigüedad de la pulsión de muerte, pero la culpa ya va por delante del delito. ¿Es posible echarle la culpa a la culpa?, estamos en el más acá del “Más allá…”,  y desde 1920, la pulsión de muerte (para muchos) ha llegado para quedarse entramada con la pulsión de vida. Escuchar lo bueno o lo malo: ya no podemos escucharlo como algo ajeno al sujeto, pues él está implicado en los acontecimientos de su vida. La ley entra así en una dialéctica con el bien y el mal.

 

La idea de destino aparece en El malestar en la cultura, como si ya no bastara en la clínica del sujeto con escuchar uno a uno, sino que, además, hay algo que está presente en la cultura, algo que hay que tener en cuenta. No se trata sólo de un destino de los  “neuróticos”,  que podamos contemplar a la luz de la psicopatología,  parece que es una perturbación inevitable inherente a la cultura, un síntoma generalizado además. Ahora bien, el síntoma en Psicoanálisis no es un signo directo de una enfermedad orgánica que hay que clasificar, como lo es para la medicina, sino que es algo que reconoce el sufrimiento de la experiencia de un conflicto. Es algo que se escapa del discurso para decirse de otro modo. Es lo más real que tenemos: es una solución de compromiso de un conflicto inconsciente.

 

Ese mal que aparece en la cultura, con el que tenemos que contar inevitablemente, es casi una fatalidad, pero ¿deja fuera la responsabilidad del sujeto? Lacan llama a eso maldición, jugando con el equívoco de este término que en francés y en español tiene el sentido de maléfico y en latín sería un mal-decir (dicere y malus), un decir que llama al mal, que invoca la infelicidad sobre alguien. Pero es una maldición que “va de la contingencia del encuentro a la necesidad de un destino que no cesa de escribirse”. Parece que la infelicidad que insiste, estuviera en los avatares del vivir. El malestar está en la cultura como un mal-dito, como un síntoma en el lenguaje. La maldición del Ser por el hecho de la palabra, dice Lacan. O dicho de otra manera,“ en el inconsciente la maldición se gesta en el ser por efecto del habla”. Freud sabía de ese lugar maldito del psicoanálisis (recordar el viaje a América cuando dice a sus discípulos “… No saben ellos que les traemos la peste”).

 

Ese síntoma en el lenguaje da el lugar al  Psicoanálisis, el lugar de -La palabra- La palabra que incluye el silencio, como sabemos. La palabra, que no es la verdad. La palabra, que, por no poder decirlo todo, sigue hablando. El del Psicoanálisis es un lugar de ignorancia, podríamos decir, pues es un “saber que no sabe”, “que no sabe lo que sabe” (inconsciente).

 

¿Y la cultura? La cultura  denota a modo de malestar esa contradicción en que se mueve el sujeto tratando de arreglárselas con la imposibilidad. Ante la insatisfacción de “lo que no pudo ser” la cultura le abre a un mundo de promesas, y justo por eso lleva aparejada la decepción, que le va a recordar que tampoco “va a poder ser”.

 

Eduardo Chamorro me recordó, no hace mucho, a propósito de un trabajo mío sobre la repetición, “la perspectiva del sujeto histórico y su resistencia a reconocer la realidad de la repetición”. Si ese sujeto “lleva una memoria de la historia transgeneracional de esa cadena significante, que ha ido dejando marcas en las palabras” y se resiste a reconocer la realidad que vuelve una y otra vez, estaríamos ante el mecanismo de la desmentida, subraya Eduardo.

 

¿Sería ese el sujeto de la cultura de hoy? O ¿sería esa la complicidad de la cultura de hoy, con lo imposible del sujeto? (Como si la cultura recogiera en el fantasma la esencia del Ser).

 

Mecanismo de doble filo, como sabemos, este de la denegación o desmentida pues, por un lado, es una necesaria defensa para poder vivir y, por otro, “si se convierte en mecanismo clave con el que se organiza la existencia, daría lugar a una estructura perversa”. (Eduardo)

 

Freud parece contar con ello: “Las fuerzas utilizadas de la cultura provienen en gran parte de la represión de lo que denominamos elementos perversos de la excitación sexual”. En otro momento nos recuerda que “los grandes aportes de la cultura y la capacidad creativa o importantes transformaciones de la realidad vienen de esa `desviación´ de la pulsión  como una `sexualidad desexualizada´ ”

 

(No olvidar que la perversión es el negativo de la neurosis, y que es un intento de  romper los signos de la ley común)

 

Podríamos pensar entonces que la pulsión, ante la imposibilidad de satisfacción directa, desplaza la meta a modo de sublimación (tal y como Freud lo plantea en el artículo antes mencionado, La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna) a otras modalidades de la cultura. Y así, ante el mecanismo perverso de “mirar para otro lado”, reaparece el enigma del Ser, insistiendo entre querer y no querer saber de su síntoma.

 

Así por ejemplo, si antes la cultura de la posmodernidad venía asociada al culto de la individualidad, ausencia del interés por el bienestar común y haciendo de la racionalidad su ley, ahora trata de reeditarse como la cultura de la posverdad, en la que la apariencia de verdad pretende desconectar los hechos reales de las emociones y donde la mentira puede sobrevivir si nos beneficia.  ¿Propuestas de “ordenar” el mundo para que la persona siga hablando?, ¿intentos de tapar o entretener la falta en Ser? (filósofos hay en esta mesa… que nos ayudarán a pensarlo)

 

Antes hablamos de eso, de la palabra… porque sólo desde el silencio de la escucha del síntoma puede el Psicoanálisis encontrar su lugar.

 

La cultura, un síntoma en el lenguaje.                                                        Manina Peiró

CUANDO LO ESPECÍFICO DEL SER HUMANO PARECE AUSENTE EN UN NIÑO. TRABAJO EN UN CAMPAMENTO INCLUSIVO. Mayte Echegaray

II Jornadas Máster Psicoterapia Psicoanalítica Universidad Complutense de Madrid.

 

Buenos días a todos.

Me gustaría comenzar hablando de mis dudas a la hora de poner título a esta ponencia. Creo que me ha quedado muy rimbombante esto de: “cuando lo específico del ser humano parece ausente en un niño” pero ahora que puedo explicarme para que no penséis que soy muy bruta, el verdadero título que tenía en la cabeza era el de “sujetos inacabados”. Creo que me resulta muy difícil poner nombre justamente a los niños de los que vamos a hablar: ¿sujetos? Pues si hablamos del concepto de sujeto en Lacan marcado por el deseo, la falta y el sujeto del inconsciente, mucho me temo que tengo que decir que no, y si añadimos que el sujeto es un efecto del lenguaje cuando precisamente lo ausente en estos niños es el lenguaje, pues ya no sé donde sujetarme. ¿Inacabados? Como algo que se interrumpió, un proceso no culminado, algo que pasó que no sabemos qué es y que hizo que el desarrollo no fuera el esperado. Pienso en este término también para hacer referencia al deseo de que nuestro trabajo sea un intento de continuación de eso que no acabó y que esperamos pueda contribuir, por poquito que sea, a que algo del mundo pueda hacerles salir de ese lugar desconocido para nosotros y que tanto nos angustia.

Desde hace tres años trabajo dirigiendo la unidad Infanto-Juvenil de la Fundación Esfera. Esfera nace hace 30 años como una asociación de padres con el objetivo de cubrir las necesidades educativas y sanitarias de sus hijos con discapacidad. A lo largo de su historia, la Fundación ha ido creciendo y creando recursos y centros especializados, dirigidos a la atención de personas con diversidad funcional, como se dice hoy. Parece que no soy la única en tener dificultades para nombrar las cosas. Claro, que es que esto también es muy difícil: ¿cómo se nombra a esas personas diferentes? ¿a esas que se ven desde lo que no tienen y a lo que no llegan? Socialmente, se ha pasado de deficientes a discapacitados y creo que preocupados por estar siendo brutos, como yo, han encontrado este término que parece menos peyorativo: diversidad funcional.

En la actualidad, la Fundación, está dividida en dos áreas: el área de adultos, formada por un centro ocupacional, una residencia y viviendas tuteladas y el área infanto-juvenil que se compone de un centro de atención temprana y un centro de atención terapéutica. En el caso del área infanto-juvenil nos ocupamos tanto de los niños y jóvenes con diversidad funcional como de la psicopatología en general, que en realidad viene a ser lo mismo porque también funcionan diferente, es decir, como todos.

Os explico brevemente estos dos servicios:

– El Centro de Atención Temprana, concertado con la Comunidad de Madrid que tiene en la actualidad 106 plazas y está indicado para los niños de 0 a 6 años cuyo desarrollo evolutivo no está siendo el esperado por las circunstancias que sean.

– Y el Centro de Atención Terapéutica que son plazas privadas y  que en un principio comenzó para el vacío en el que quedaban los niños a partir de 6 años cuando salían del Centro de Atención Temprana ya que no existen en la Comunidad de Madrid servicios públicos que den continuidad. Pero que finalmente y debido a las listas de espera para ser atendido en las plazas públicas, acoge a todos los niños cuyos padres se lo puedan permitir de 0-18 años con problemas en su desarrollo evolutivo y con síntomas emocionales. Ahora mismo hay una ocupación de 114 plazas. Es decir que en total atendemos a más de  200 niños y sus familias.

Una vez explicado el contexto, entremos en materia. Unos de los compromisos de la Fundación es la inclusión de las personas con diversidad funcional, desde una perspectiva positiva y humana, basada en los potenciales de cada individuo y en la creencia de que cualquier dificultad puede superarse si se otorgan los apoyos individuales necesarios. Que pueda superarse no significa que esa dificultad no se vea, ni obviamente que hagamos posible lo imposible, sino ayudar a  que el individuo disponga de recursos para poder hacer frente a la vida.

Desde el área infantil y siguiendo las enseñanzas de el maestro Esteban Levin, nos proponíamos lograr esta inclusión facilitando que estos niños que nos llegan con diagnósticos de discapacidad, retraso madurativo o trastorno del espectro autista, y que la mayoría de las veces se encuentran aislados en los patios del recreo, pudieran tener amigos. ¿Por qué darle importancia a esto? Pues porque independiente del desfase curricular o no que presente el niño, si no hay una interacción con los iguales estamos en problemas. Si no hay la posibilidad de encontrarse con un otro y armar una experiencia a través del juego todo lo demás se le va a dificultar mucho a este niño. Las experiencias se crean a través de algo que nos genere una emoción y si esto no se da, todo será estereotipado y mecánico. Nuestra intención era facilitar en un entorno cuidado por terapeutas, que los niños pudieran jugar. Poniendo un ejemplo. Si  un niño gira y gira una rueda de un cochecito una y otra vez de manera sistemática y en soledad, difícilmente puede construir nada, ni una emoción, ni un aprendizaje. Sin embargo, si de ese rodar podemos dramatizar una escena de juego como una carrera de coches que se chocan, que ganan, que compiten… estaremos haciendo que cree una experiencia que a su vez dejará una huella. A esto, Esteban Levin le llama plasticidad simbólica. La plasticidad tiene que ver con la experiencia que el niño hace y que deja marcas, y esas marcas provocan transformaciones a nivel neuronal y a nivel simbólico. Nuevas redes de neuronas que se van organizando y que hacen que el niño cambie gracias a poder experimentar una emoción. Pensamos que una buena manera de facilitar esto era un campamento urbano inclusivo de verano abierto a todos los niños con y sin diversidad funcional.

Con mucha ilusión y dispuestos a crear experiencias significativas, ideamos un campamento con temática. El primer año (llevamos tres) la temática fue con cuentos, cada semana un cuento: Peter Pan, Blancanieves y los siete enanitos, así cada semana y las actividades se dividían en deportivas, sensoriales, creativas, de agua y de relax todas orientadas al cuento que tocaba. El segundo año la temática fue la naturaleza: bosque, desierto, polo norte y mar. Y este último año hemos querido explorar el mundo y sus continentes y cada semana estábamos en Europa, Asia, América, África y unos días en Oceanía.

El primer año se apuntaron 25 niños, prácticamente todos eran niños conocidos por nosotros porque acudían a nuestros centros. Conocíamos sus particularidades, sus gustos, sus intereses, la manera de calmarlos y, a pesar del miedo inicial, quedamos bastante satisfechos con la experiencia. Estudiamos mucho el ratio y establecimos un profesional de referencia más uno de apoyo para cada cinco niños. Los grupos se hacían de la manera más equitativa posible de manera que los niños que más apoyo necesitaban se distribuyeran en cada grupo para facilitar su atención. Niños más inhibidos consiguieron relacionarse, los niños con menos dificultades integraban o lo intentaban a los más afectados y más o menos podemos decir que en términos generales conseguimos nuestro objetivo.

El segundo año debido al buen funcionamiento del año anterior, el campamento se había dado a conocer y el número de niños que venían de fuera aumentó. Tenemos que decir que eran niños que habían sido rechazados en otros campamentos debido a sus dificultades. Nos llamaba la atención que sobre todo eran niños con rasgos de lo que podemos pensar como autismos graves. Es curioso pero los niños con discapacidad asociada a síndromes orgánicos: síndrome de Down, Prader Williams, etc parecen encontrar más fácilmente su lugar, no así ser incluidos pero sí tienen sus campamentos específicos, sin embargo estos niños, a los que insisto, cuesta tanto nombrar, parece que también cuesta más situar. Los profesionales encontraron más dificultades para seguir las dinámicas y veíamos como algunos niños requerían de una figura de acompañamiento continua. Se llevaban a la boca todo lo que encontraban, se escapaban, se agredían o agredían a otros niños y nos resultaba imposible incluirlos en los juegos. No eran en absoluto de su interés. Pero eran los menos y gracias al personal de apoyo y no sin momentos difíciles, el campamento pudo seguir su curso.

Ahora hablemos de este año. El julio pasado. La tendencia fue la misma, menos demanda de niños sin dificultades y muchas solicitudes de niños de otros centros e incluso de otros municipios, con rasgos de desconexión graves. Los primeros días fueron caóticos, el cronograma previsto era imposible, los profesionales corrian detrás de los niños que se escapaban, tiraban todo lo que estaba a su paso y se agredían. Intentaban contenerles. No sólo no les interesaban las actividades, tampoco parecían interesarles los otros niños ni los profesionales. Tuvimos alguna baja de niños que llevaban con nosotros todo este tiempo asustados de estos niños nuevos. “Es que estos niños deberían estar en otro sitio” decía una madre cuyo hijo está diagnostico de un trastorno del espectro autista pero leve. Necesitamos que personal de la Fundación nos ayudara porque no dábamos abasto. Era muy curioso el fenómeno que se producía: pedíamos a compañeros de otros centros que bajaran al campamento (físicamente está debajo) y ellos en un principio tan contentos, siempre hablan de que el trabajo con niños es mucho más amable que con adultos. Pero no se encontraban con lo que pensaban, bajar ya no era tan amable y subían angustiados y con moratones y mordiscos. Los propios profesionales que llevaban tres años en el campamento estaban tristes, desmotivados y enfadados. Muchos preferían limpiar y recoger a atender a estos niños. No me extraña, necesitábamos algo de orden. Estábamos en un verdadero caos. Pero sobre todo, estábamos todos muy angustiados.

Nuestra ilusión por la inclusión nos parecía una utopía, sentíamos que habíamos fracasado. Estábamos repitiendo lo mismo que en los colegios, los niños con más capacidades seguían las dinámicas y los que no podían, estaban incluidos pero excluidos porque hacían otra cosa. Estaban físicamente en el mismo lugar pero no estaban juntos. Qué difícil es el encuentro con estos niños.

Hay algo de lo siniestro porque realmente no podemos hablar de encuentro. No hay dos seres humanos que se encuentran, se conmueven y crean algo en su relación. Uno se siente invisible frente a estos niños: no te miran, no te sonríen, en definitiva, no les interesas. Y curiosamente los invisibles terminan siendo ellos. Los de alrededor queremos incluirlos con nuestros convencionalismos: pero di hola, saluda, da un beso, despídete, etc. Pero estos niños están en otras. Hugo llegaba al campamento y buscaba la pelota de pilates para dejarse caer una y otra vez en ella. Se podía pasar así horas. Mario se tumbaba en una colchoneta boca abajo mientras se tocaba los genitales y Jorge necesitaba tener siempre su cuerda en las manos para agitarla. ¿Cómo van a relacionarse con otros cuando apenas pueden relacionarse con su propio cuerpo?

Un terapeuta del Centro de Atención Temprana entró un día en el despacho diciendo que tenía una crisis profesional. Creía que nada de lo que hacía servía realmente con estos niños. Me dijo que sentía que lo único que estaba haciendo era DOMESTICAR a estos niños. Vaya significante ¿eh? Y quizá ni eso, porque los animales aprendían entre otras cosas porque los humanos les interesamos, no sólo por darles comida, sino también afecto. Nos gusta ver lo contentos que se ponen cuando llegamos a casa pero en estos niños aparentemente no se observa esto. Este terapeuta decía que les enseñaba a pronunciar palabras y algunos, con suerte, sí las aprendían pero, ¿tenían significado para ellos? Creía que no. El lenguaje no cumplía la función de la comunicación sino que se limitaba a la reproducción de sonidos. Podían llegar a emparejar colores, hacer torres de dos piezas o colorear sin salirse pero, ¿para qué? ¿Estamos domesticando? ¿Y si domesticar fuera la única forma de incluir a estos niños en la sociedad? ¿De que hagan lo que se espera de ellos para evitar el rechazo y la angustia?. Si al menos me dice al hola al verme… Lanzo estas reflexiones porque no tengo ni idea de las respuestas.

Sólo sabemos que tanto en los centros como en el campamento tuvimos que olvidarnos de lo previsto, de nuestros objetivos de desarrollo y de nuestro cronograma de actividades.  No nos podíamos empeñar en que realizaran conductas sino que tratamos de jugar con lo imposible, no para que hagan lo mismo que el resto de niños sino para a que a través del intento de crear experiencias de afecto con ellos, generaran algo nuevo que les permitiera, aunque fuera por unos segundos, interesarse por el afuera.

Queríamos que hicieran amigos y jugaran pero ¿cómo? si precisamente no encuentran la manera de conectar con los demás y sus intentos de hacerlo atemorizan a quien los escucha: los gritos, los ruidos, las estereotipias… Es como querer que un bebé de un mes juegue con niños de tres años. Creo que es pedir demasiado. Primero necesita de la atención individualizada de su mamá, que pueda ir dando sentido al ruido de una llamada, a realizar del grito una palabra, de un movimiento un gesto. Si como profesionales no registramos esa llamada, no nos lo imaginamos como lo que pueden ser, efectivamente estaremos dificultando más ese proceso de constitución de sujeto inacabado. Los moldearemos pero no lo subjetivizaremos.

 

Más allá del origen y de las causas que puedan explicar el porqué de ese rechazo al vínculo y de la detención del niño frente a la entrada en el lenguaje, está el niño. El niño frente al mundo que le rodea, sin entrar, sin darse un lugar en él.

Para entenderlos tendremos que tratar de comprender qué implica esta salida hacia los otros y el acceso al lenguaje. Sólo así podremos entender qué detiene al niño frente al otro y lo que se pierde como sujeto humano con esa detención. Por lo tanto, no se trata de colocar al niño en una posición de alumno desde la que él pueda responder bien o mal, o de niño que tiene que jugar obligatoriamente en nuestros campamentos inclusivos, donde él queda colocado en el lugar de objeto y lo máximo que puede hacer es rechazar, sino que se trata de ofrecer al niño la posibilidad de una relación con el otro. Es partiendo de la base que él está en posición de sujeto (aunque sea inacabado) y nosotros también, que se podrá establecer el encuentro entre los dos. De la misma manera, tratar de suprimir sus comportamientos “molestos” sin preguntarse qué función cumplen, qué lógica les subyace, correspondería a arrancar su muleta a una persona con la pierna rota, sin preocuparse de saber si después podrá caminar sin ese apoyo.

Si nos fijamos en lo que hacen y no en lo que supuestamente tendrían que hacer, nos daremos cuenta de que tratan de establecer un primer esbozo de lo simbólico. Los profesionales que únicamente sitúen los síntomas como conductas a corregir, o a abolir, los entenderán como simples estereotipias. Por eso las quieren anular o rectificar. Y estas conductas espontáneas, decididas por el mismo niño, tienen su función. Le sirven para poner un cierto orden aunque éste sea muy precario. Es fundamental comprender la función de estas iniciativas del niño para poder ponernos a su lado.

Sólo respetando sus mecanismos de autodefensa y sólo tomando sus actos como decisiones propias, como inventos para darse un “cierto” lugar, podremos acercarnos de otra manera y conectar nuestros dos mundos. Se trata de aprender a hablar la lengua del otro, de comprender cómo funciona la subjetividad de estos niños.

Y esto, sintiéndolo mucho, no vamos a poder hacerlo en los campamentos inclusivos que ideamos al principio. El julio pasado, tuvimos que ser flexibles, estructuramos lo que pudimos, nos apoyamos en los profesionales que nos vinieron a ayudar y establecimos una figura de referencia para estos sujetos inacabados.  Tuvimos que sincerarnos con nosotros mismos y pensar que a lo mejor no todo niño puede ser incluido. No al menos en la manera que lo pensábamos, es decir, todos juntos haciendo la actividad creativa. A lo mejor incluirlos es simplemente verlos. Verlos con sus necesidades, sus diferencias y partir del punto en el que están, no donde nos gustaría que estuviesen.

No sé qué vamos a hacer en julio de 2018. Nos cuesta pensar a qué vamos a renunciar:

-¿Limitamos el número de plazas para niños con dificultades graves y facilitamos la inclusión de los menos graves?

-¿Nos especializamos en estos niños que no parecen ser aceptados en otros campamentos?

Está por ver y encantada de que podáis ayudarnos con lo que esto os haya hecho pensar.

Muchas gracias.

 

 

 

 

 

 

II Jornada de Puertas Abiertas Máster Psicoterapia Psicoanalítica: “Universidad y Psicoanálisis. Otros Modos de Hacer y Entender la Clínica Actual”

El sábado 16 de diciembre tuvo lugar la segunda parte de la II Jornada del Máster en Psicoterapia Psicoanalítica UCM, con la Mesa Redonda “Psicoanálisis y Cultura, hoy”. Contamos con Eduardo Chamorro, Manina Peiró y Ana María Leyra.

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Un fin de Jornadas brillante! En breve publicaremos todas las ponencias. Un abrazo para todos y muchas gracias!