La cultura, un síntoma en el lenguaje. Manina Peiró

II Jornadas Máster Psicoterapia Psicoanalítica Universidad Complutense de Madrid.

Pensar en la cultura actual, donde la sociedad de la información y la comunicación nos tiene atrapados o mejor dicho aliados, no es tarea fácil. La opinión sobre ella coloca a las personas entre la exaltación de la última novedad o tendencia para incorporarla a su vida, o bien ante la crítica y resistencia a que determinados movimientos o cambios sociales se impongan en su “cultura” como un hecho consumado. El Máster de psicoterapia psicoanalítica de UCM, atento siempre al momento que estamos viviendo, vuelve a convocarnos (la jornada anterior fue sobre  la crisis) alrededor de un tema de gran interés. Agradezco de nuevo a todo el equipo organizador de estas jornadas la invitación a participar en esta mesa.

 

Rafael Sánchez Ferlosio nos advierte : “Es habitual esgrimir un juicio de valor moral para decidir la pertenencia de una cosa a la cultura. El equívoco nace de privilegiar la cultura como una cosa excelsamente democrática, y así se ha popularizado la manía de estar viendo cultura por todas partes, con nuevas y baratas invenciones; a la mera palabra “cultura” se le cuelga impropiamente una connotación valorativa de cosa honesta y respetable.” (No hay más que ver algunas fiestas de los pueblos organizadas por el comité de cultura de los ayuntamientos, o esta cultura del deporte tan representada por el fútbol más allá de lo que es o era ese deporte.)

 

Por otro lado también está la idea de que la auténtica cultura es la que se puede adquirir a través del conocimiento libresco: viajes, estudios, etc, como potencial del porvenir de la civilización o como agente de cambio en la sociedad. Aunque ahora no es tan necesaria porque Wikipedia “lo sabe todo” y se puede acceder al momento a la información.

 

Opiniones de la gente o modas en la vida cotidiana, a partir del gusto y éxito de otros lugares, también se abren camino en la cultura como sentencias: “En mis tiempos no había cultura de Holloween”, aceptando que ahora sí forma parte de nuestra cultura; o “los niños ahora nacen ya con una pantalla en la mano”, para explicar que la cultura digital es un hecho y que la globalización no tiene fronteras..

 

La idea de que algo de la esencia del modo de vivir o de pensar de las personas debe ser preservado y transmitido para que no se pierda, es el motivo de que todas las disciplinas quieran incluirse o tomar posición en relación a la cultura, haciendo valer así su derecho a la existencia. Incluso la “contracultura” la necesita para oponerse a ella. El Psicoanálisis no va a ser menos; tenemos que -como en buscando a Willy- encontrar qué lugar tiene en esta cultura actual

 

Al pensar en el Psicoanálisis dentro de la cultura no olvidamos la crítica que desde que nació siempre le ha acompañado: “El Psicoanálisis ya está pasado”, “está superado” o “está en crisis”… Y ahí va todo: método psicoterapéutico, método de investigación  del inconsciente o como conjunto de teorías psicopatológicas.

 

Sin saber todavía cual es el lugar del psicoanálisis, o si lo descubriremos en este rato entre todos, sí podemos escuchar a qué lugar nos convocan a los psicoanalistas, las preguntas y cuestiones que la gente tiene sobre la sociedad en la cual está viviendo. Nos convocan a un lugar de saber, como si tuviéramos las claves de por dónde sería bueno que la sociedad avanzase. Por ejemplo, ante la comunicación digital “que propicia una comunicación expansiva y despersonalizada que no necesita interlocutor, mirada, ni voz” (en palabras de Byunh-Chul Han), y que para algunos filósofos destruye la distancia pero no genera ninguna cercanía personal, ¿qué dicen los psicoanalistas? O bien si a propósito de los llamados nuevos “males del tiempo” ( sociedad del cansancio ) aparecen otras maneras de enfermar, ¿qué dice el Psicoanálisis? ¿Son los mismos perros con distintos collares? Sobre todas estas cuestiones, ¿tiene el Psicoanálisis algo que decir?

 

Agambe dice a propósito de la filosofía que para él “la Filosofía no es una disciplina, es una intensidad, que, como sucede en un campo magnético o en un campo eléctrico, puede atravesar cualquier ámbito y cualquier disciplina, y por eso se puede hacer abstracción o especular sobre ello”. Podría darle ese lugar como filosofía al psicoanálisis, pero no me quedaba muy contenta porque ese lugar desembocaría en aquel peligro del cual Freud nos advirtió: la cosmovisión (Weltanschautung), “una construcción intelectual que soluciona de manera unitaria todos los problemas de nuestra existencia a partir la hipótesis suprema”.

 

Esa idea de que algo, ya sea estético, religioso o social, puede cargarse con una intensidad más fuerte, creo que sería aplicable a la cultura. Son los acontecimientos y fenómenos de intensidad singular los que quedan depositados e inscritos en la cultura. La cultura se empapa y recoge usos y costumbres de las diferentes formas y modos de vivir, no para especular con ellos, pero sí como un modo de dialogar con las personas de la sociedad donde se da. En ese cruce entre lo que recoge y lo que ofrece se enmarca el devenir del sujeto

 

El otro día oí decir al filósofo francés François Jullien que “el gran error de Marx, que dijo cosas esenciales, fue decir que la estructura es la economía y que lo cultural es una superestructura; es cierto, la cultura es estructura.  La cultura está en la base”.

 

Pensando en esto, en la dimensión estructural que la cultura tiene en la constitución del sujeto, encontré también el lugar que el Psicoanálisis tiene en la cultura. Si, como decimos, el fundamento de la cultura humana viene a partir de la precaria condición de inmadurez con que en el “infans” viene al mundo, donde encuentra a Otro dispuesto a hacerse cargo de él, ¿acaso no es la cultura la que tiene ya antes de que llegue un catalogo de usos y costumbres, unas representaciones,  palabras que llevan el peso de generaciones, incluso en alguna cultura hasta el nombre preparado.? Por eso es estructura, porque llega a un lenguaje afectado por las palabras de la cultura, ruidos, música, sonidos, que, sin tener conciencia de ello, la cultura transmite y le presta esas representaciones para la vida, para que ese encuentro-desencuentro con el Otro no sea una cuestión de dos.

 

Acompañar ese “desmadre” que el paso del cuerpo del Otro va a dejar en el suyo, rescatando el cuerpo erógeno más allá del cuerpo biológico, le va a permitir entrar en el lenguaje como sujeto de deseo significado por las palabras del Otro (de la cultura). Por eso decimos que los seres humanos se comunican en el lenguaje, no por el lenguaje.

 

La cultura tiene su “libro de instrucciones”, tiene sus leyes para que ese sujeto se escriba en ella. La ley del Edipo narrado míticamente con su “doble discurso”: entre la atracción por la madre como objeto de deseo, y la amenaza del padre como prohibición de la cultura, será esa ley la que hace posible la entrada del sujeto en el campo del deseo y poder así constituirse él como sujeto deseante.

 

Desde ese corte entre deseo y satisfacción que posibilita el paso a la palabra, Freud piensa en la cultura como receptora, sí, pero a la vez, como portadora de insatisfacción: “El antagonismo entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura” es un hecho; pulsiones y restricciones van de la mano.

 

Es importante para acercarse al pensamiento psicoanalítico entender la lógica y modo de funcionamiento inconsciente: que placer y displacer no están tan claramente diferenciados en la persona. Desde que a la represión se la ve como responsable de un  fenómeno que hace posible el cambio de afecto placentero a displacentero, la ética entra de lleno en el Psicoanálisis.

 

Freud, como sabemos, interesado por el síntoma y su relación con el inconsciente, siempre ha estado atento a cómo afecta a la persona los momentos que le ha tocado vivir, y ya en La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna,(1909) entra en esa problemática. Creo que en 1929-30, cuando vuelve en El Malestar en la cultura a preguntarse de dónde viene ese malestar generalizado que aparece en la cultura (el primer título que le puso fue La infelicidad en la cultura), vemos que es un momento crítico para él: está pesimista, pues, además de no haberse quedado contento con su último trabajo El porvenir de una ilusión, cuando empieza  esta  obra le parece que todo lo que está contando lo ha dicho otras veces, como si fuese víctima de la repetición, y sin embargo tiene que seguir escribiendo (capitulo VI, VII) como si tuviera una asignatura pendiente con su obra. De nuevo aparece la ambigüedad sobre pulsión de muerte que no le abandonará. En ese momento además, debido a su enfermedad. ( dificultad prótesis), llega a decirle a su biógrafo Ernest Jones que “lo que parecía un cimiento delirante resultó ser una investigación finalmente afilada”.

 

¿A qué se hallazgo se refiere Freud en esa investigación ?

 

Y es que además de preguntarse, como decíamos, de dónde viene ese malestar, se  pregunta o piensa sobre el precio que la humanidad tiene que pagar en aras del desarrollo de la civilización, como si la cultura fuese en sí fuente de sufrimiento e insatisfacción de la persona y como si la ecuación fuera “a más cultura más malestar”. Ese conflicto le plantea un problema ético, como una concesión al Principio del placer (placer para una instancia, displacer para la otra), como si la pulsión de agresión hubiera devenido en sentimiento de culpa, y Freud de nuevo vuelve con la ambigüedad de la pulsión de muerte, pero la culpa ya va por delante del delito. ¿Es posible echarle la culpa a la culpa?, estamos en el más acá del “Más allá…”,  y desde 1920, la pulsión de muerte (para muchos) ha llegado para quedarse entramada con la pulsión de vida. Escuchar lo bueno o lo malo: ya no podemos escucharlo como algo ajeno al sujeto, pues él está implicado en los acontecimientos de su vida. La ley entra así en una dialéctica con el bien y el mal.

 

La idea de destino aparece en El malestar en la cultura, como si ya no bastara en la clínica del sujeto con escuchar uno a uno, sino que, además, hay algo que está presente en la cultura, algo que hay que tener en cuenta. No se trata sólo de un destino de los  “neuróticos”,  que podamos contemplar a la luz de la psicopatología,  parece que es una perturbación inevitable inherente a la cultura, un síntoma generalizado además. Ahora bien, el síntoma en Psicoanálisis no es un signo directo de una enfermedad orgánica que hay que clasificar, como lo es para la medicina, sino que es algo que reconoce el sufrimiento de la experiencia de un conflicto. Es algo que se escapa del discurso para decirse de otro modo. Es lo más real que tenemos: es una solución de compromiso de un conflicto inconsciente.

 

Ese mal que aparece en la cultura, con el que tenemos que contar inevitablemente, es casi una fatalidad, pero ¿deja fuera la responsabilidad del sujeto? Lacan llama a eso maldición, jugando con el equívoco de este término que en francés y en español tiene el sentido de maléfico y en latín sería un mal-decir (dicere y malus), un decir que llama al mal, que invoca la infelicidad sobre alguien. Pero es una maldición que “va de la contingencia del encuentro a la necesidad de un destino que no cesa de escribirse”. Parece que la infelicidad que insiste, estuviera en los avatares del vivir. El malestar está en la cultura como un mal-dito, como un síntoma en el lenguaje. La maldición del Ser por el hecho de la palabra, dice Lacan. O dicho de otra manera,“ en el inconsciente la maldición se gesta en el ser por efecto del habla”. Freud sabía de ese lugar maldito del psicoanálisis (recordar el viaje a América cuando dice a sus discípulos “… No saben ellos que les traemos la peste”).

 

Ese síntoma en el lenguaje da el lugar al  Psicoanálisis, el lugar de -La palabra- La palabra que incluye el silencio, como sabemos. La palabra, que no es la verdad. La palabra, que, por no poder decirlo todo, sigue hablando. El del Psicoanálisis es un lugar de ignorancia, podríamos decir, pues es un “saber que no sabe”, “que no sabe lo que sabe” (inconsciente).

 

¿Y la cultura? La cultura  denota a modo de malestar esa contradicción en que se mueve el sujeto tratando de arreglárselas con la imposibilidad. Ante la insatisfacción de “lo que no pudo ser” la cultura le abre a un mundo de promesas, y justo por eso lleva aparejada la decepción, que le va a recordar que tampoco “va a poder ser”.

 

Eduardo Chamorro me recordó, no hace mucho, a propósito de un trabajo mío sobre la repetición, “la perspectiva del sujeto histórico y su resistencia a reconocer la realidad de la repetición”. Si ese sujeto “lleva una memoria de la historia transgeneracional de esa cadena significante, que ha ido dejando marcas en las palabras” y se resiste a reconocer la realidad que vuelve una y otra vez, estaríamos ante el mecanismo de la desmentida, subraya Eduardo.

 

¿Sería ese el sujeto de la cultura de hoy? O ¿sería esa la complicidad de la cultura de hoy, con lo imposible del sujeto? (Como si la cultura recogiera en el fantasma la esencia del Ser).

 

Mecanismo de doble filo, como sabemos, este de la denegación o desmentida pues, por un lado, es una necesaria defensa para poder vivir y, por otro, “si se convierte en mecanismo clave con el que se organiza la existencia, daría lugar a una estructura perversa”. (Eduardo)

 

Freud parece contar con ello: “Las fuerzas utilizadas de la cultura provienen en gran parte de la represión de lo que denominamos elementos perversos de la excitación sexual”. En otro momento nos recuerda que “los grandes aportes de la cultura y la capacidad creativa o importantes transformaciones de la realidad vienen de esa `desviación´ de la pulsión  como una `sexualidad desexualizada´ ”

 

(No olvidar que la perversión es el negativo de la neurosis, y que es un intento de  romper los signos de la ley común)

 

Podríamos pensar entonces que la pulsión, ante la imposibilidad de satisfacción directa, desplaza la meta a modo de sublimación (tal y como Freud lo plantea en el artículo antes mencionado, La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna) a otras modalidades de la cultura. Y así, ante el mecanismo perverso de “mirar para otro lado”, reaparece el enigma del Ser, insistiendo entre querer y no querer saber de su síntoma.

 

Así por ejemplo, si antes la cultura de la posmodernidad venía asociada al culto de la individualidad, ausencia del interés por el bienestar común y haciendo de la racionalidad su ley, ahora trata de reeditarse como la cultura de la posverdad, en la que la apariencia de verdad pretende desconectar los hechos reales de las emociones y donde la mentira puede sobrevivir si nos beneficia.  ¿Propuestas de “ordenar” el mundo para que la persona siga hablando?, ¿intentos de tapar o entretener la falta en Ser? (filósofos hay en esta mesa… que nos ayudarán a pensarlo)

 

Antes hablamos de eso, de la palabra… porque sólo desde el silencio de la escucha del síntoma puede el Psicoanálisis encontrar su lugar.

 

La cultura, un síntoma en el lenguaje.                                                        Manina Peiró