Natalia Torres. “La escuela infantil como salida al mundo”

Jornadas abiertas “Psicoanálisis y Universidad” 27-4-2017

El lugar del psicoanálisis en los primeros años de vida

En la actualidad, tanto el papel de la madre como el del padre han cambiado. No está tan lejana la imagen de padres trabajando mientras las madres se ocupaban de la crianza de los hijos. Ahora esto no es así. Nos encontramos con horarios complicados para cuidar de ellos desde sus primeros años. Termina la baja por maternidad y en el mejor de los casos la excedencia, y las madres y padres necesitan ayuda. En ocasiones se acude a los abuelos o algún familiar cercano que quiera y pueda, pero no es lo habitual. Estamos habituados, y cada vez más, a ver bebés de 4 meses en las escuelas infantiles.

¿Qué puede hacer un psicoanalista en estos espacios?

Si una persona cualquiera piensa en psicoanálisis acuden a su mente varios aspectos fundamentales: diván y complejo de Edipo entre otros; sexualidad infantil, neurosis, castración o quizás el falo. Pero lo que está claramente instaurado en lo social colectivo es que cuando uno va al psicoanalista, va a solucionar sus conflictos o traumas infantiles.

De todos estos elementos, curiosamente en el trabajo en escuelas infantiles, tanto el diván como el complejo de Edipo se quedan un tanto apartados. Y los traumas o conflictos infantiles están en el horno.

En la escuela infantil, de lo que disponemos es de todo aquello que acontece en los primeros años de vida del sujeto. Los tres primeros, y en algunos centros, hasta los seis. Las vivencias de estos años son especialmente importantes en cómo este bebé pasará a ser niño, púber, adolescente y después adulto. Son años cruciales en la constitución psíquica de cualquier ser humano: en función de cómo acontezcan, en función de cómo este bebé sea mirado, sea calmado, sea alimentado, y como todo ello sea investido por la mamá o el papá, pasarán unas u otras cosas, y hará que nos encontremos con un determinado sujeto que transite por las distintas etapas de la vida de una u otra manera. El bebé no sólo necesita alimentarse y dormir para sobrevivir, sino que lo biológico, aquello necesario para la vida debe de ir acompañado de unas determinadas condiciones que propicien satisfacción y seguridad. El bebé necesita amor. No se trata de transmitir conocimiento y educar. Se trata de escuchar su angustia, su llanto, su juego. Se trata de mirar a quién estamos educando y cuidando, confiando en que es o será un sujeto propio, separado de nosotros.

El niño nace con ritmos biológicos, pero es en el vínculo con el otro que se van construyendo ritmos psíquicos. Cuando hablo de otro me refiero a los padres, pero en este trabajo también entran en juego los educadores que atienden a este niño. También mirándole, calmándole, alimentándole, cambiándole el pañal, y sobre todo, abriéndole un espacio donde experimentar, donde investigar, donde jugar.

Como nos dice Freud en Más allá del principio del placer: “el juego es el medio privilegiado para convertir en objeto de recuerdo y elaboración anímica lo que en sí mismo es displacentero”. Sin duda, es un modo extraordinario de elaboración de lo traumático. Entendemos el juego como una herramienta de tránsito de lo pasivo a lo activo. El niño podrá usar el juego para todo aquello que ha recibido de manera pasiva y poder dominar sus sensaciones.  

Desde los 4 meses, nos encontramos frente a un psiquismo en constitución y sería arriesgado plantear cuadros inamovibles. Si nos cerramos en torno a la etiqueta, el movimiento propio de la infancia se coagula. Tendremos que estar atentos y pensar qué conflictos están en juego y qué se repite en una historia que excede al niño.

En palabras de Beatriz Janin: “los trastornos de aparición temprana van cobrando diferentes sentidos a lo largo del desarrollo, en tanto efecto de sucesivas reorganizaciones”. No puedo estar más de acuerdo. Es vital tener muy presente la diferencia entre trastornos de la constitución del aparato psíquico y los síntomas neuróticos. Si no tenemos en cuenta esta distinción cometeremos el riesgo de patologizar la infancia.

Un ejemplo claro serían los miedos evolutivos o las pesadillas nocturnas. El miedo a la oscuridad pone de manifiesto el terror frente a la ausencia del objeto. O un  niño de 2 años que se despierta con terrores nocturnos. No lo hace por miedoso o por llamar la atención, sino que este acontecer está cargado de sentido. Estos terrores vienen a comprobar si mamá vendrá a calmarme, si a pesar de que estoy creciendo, ¿si la necesito estará? Otra cosa bien distinta sería cuando las fobias infantiles se fijan y permanecen años posteriores de manera más intensa.

Todo niño arma un recorrido propio dado por sus propias disposiciones y por el encuentro que pudo armar con los adultos que le rodean. Como ya escribió Doltó en su libro La primera entrevista con el psicoanalista, “en la primera infancia (…) casi siempre los trastornos son de reacción frente a dificultades de los padres, y también ante trastornos de los hermanos o del clima interrelacional ambiente

Desde esta concepción, la presencia de alguien que escuche y observe las posibles dificultades tempranas de estos niños, y sus padres, hará que se despliegue un espacio a favor de la prevención, interviniendo con los pequeños, pero también con esos otros con los que se vincula el bebé, acompañando a sus padres y también a los educadores. La experiencia de ser padres conmueve el ser de cada hombre y mujer, de cada pareja, haciendo de esta experiencia una de las que más afectan a la vida de una persona. La maternidad y paternidad te remueve y te revuelve, y es de no retorno. Cuando se tiene un hijo se reactualizan y vuelven de nuevo a nuestra cabeza situaciones del pasado, sobre todo de la infancia, que quedaron sin resolver.

En las Escuelas Infantiles dejamos el diván para escuchar y observar desde la no intervención, todas ellas armadas desde la teoría psicoanalítica. En ellas nos encontramos con las distintas fases por las que transita el bebé. Observaremos la fase oral, aquella que va desde el nacimiento hasta el destete, donde lo observado es que el niño se lleva todo aquello que le interesa a la boca (el placer de tener se confunde con el placer de ser). Pero también la fase anal, la fálica y en los centros donde se extienden hasta el sexto año, el famoso Complejo de Edipo; y vislumbraremos los primeros aconteceres acerca de si el niño que observamos será un sujeto propio o no.

La escuela infantil se presenta como la primera entrada en el grupo de pares. Es el primer lugar de socialización, donde los límites comienzan a aparecer de otra manera.

Así, con la escucha propia del psicoanálisis, podremos brindar a los padres un espacio donde pensar acerca de las cosas que les preocupan. Partiendo de cuestiones como “no hay manera de que duerma toda la noche”, “no coge el biberón” o “no soporto cuando le da una rabieta”, se irá desplegando el funcionamiento psíquico de los padres, su propio narcisismo, las fantasías en relación al hijo o el lugar que vino a ocupar. La escuela infantil puede ser ese lugar donde comienzan los cimientos de pasar de ser un eslabón de una historia ajena a tener una historia propia. Ya no tanto por las intervenciones tempranas, que también, sino en aquellos casos que se detecte que desde lo familiar no se va a facilitar este cambio de eslabón, y si en la escuela no es viable, se podrán hacer las indicaciones terapéuticas correspondientes.

Con respecto a las educadoras, la presencia del psicoanalista ayuda a desanudar aquello que se deposita en ellas, muchas veces, depositarias de un subrogado materno que no les corresponde. Observar los vínculos que se despliegan con los niños y la forma en que se sitúan con ellos es imprescindible para que como mínimo, pueda desdoblarse un espacio donde pensarse ellas también, viendo qué se les juega con cada niño, y que puedan situarse de una manera no mecanicista, sino como facilitadoras de la subjetivación de los distintos niños.

En imprescindible que los profesionales que se enfrenten a este trabajo cuenten con formación que les brinde esta escucha y técnica de trabajo, acompañada de la supervisión y el análisis personal.

Natalia Torres. “La escuela infantil como salida al mundo”