Miren Murgoitio. SOBRE ENCUENTROS Y DESENCUENTROS

Jornadas abiertas “Psicoanálisis y Universidad” 27-4-2017

Me gustaría compartir con ustedes los encuentros y desencuentros que yo tuve, en esta facultad, con la psicología y el psicoanálisis. Por tanto, me propongo compartir ciertas vivencias, experiencias y reflexiones porque con el tiempo he advertido que sintonizan mucho con las experiencias que han tenido otros compañeros y quizá con las de ustedes. Este recorrido que les voy a exponer, tiene el propósito de poder pensar en común algunas reflexiones que en aquellos tiempos me planteé en solitario.

Cuando me propusieron hablar en estas jornadas, no pude evitar recordar los años en los que me sentaba en las sillas de este mismo auditorio. Ahí sentada, escuchaba a los ponentes o me concentraba en elegir las respuestas correctas de los bien conocidos exámenes tipo test. Otras veces, sin embargo, me escuchaba a mí misma, pensaba, me preguntaba qué era esto de la psicología, si había hecho una buena elección, y de ser así, qué alternativas escogería para mi futuro. Según avanzaban los años la angustia iba creciendo exponencialmente y cada vez me sentía más desorientada.

Cada cual empieza a estudiar psicología motivado por una pregunta, o quizá más bien por varias. ¿Qué es lo qué le lleva a alguien a adentrarse en la ciencia del comportamiento? ¿Por qué psicología y no cualquier otra disciplina? En mi opinión, siempre hay algo de la historia personal que se pone en juego en esta elección, como en muchas otras, y que tiene que ver con esa pregunta. En mi caso, me preguntaba ¿Por qué las personas tropiezan una y otra vez con la misma piedra? ¿Cómo surge la violencia? ¿Cuál es la génesis del nacionalismo? Y muchas otras preguntas que siempre tuvieron algo que ver con mi historia y con el lugar donde crecí.

Aterricé en esta universidad con mucha ilusión y ganas de aprender. Sin embargo, según comencé a asistir a las diferentes asignaturas, el globo idealizado de la psicología, que pudiera responder a esas preguntas, se deshinchaba vertiginosamente. Siempre me había parecido un misterio el psiquismo humano. Pensaba que la psicología trataba de eso; tratar de entender el aparato psíquico y su desarrollo. Y me di de bruces con una psicología que efectivamente trataba de dar cuenta de los procesos mentales, emocionales y conductuales del ser humano, pero desde un enfoque diferente al que yo había imaginado.

La psicología que yo estudié aquí, provenía del exitoso modelo de modificación de conducta. Como todos los paradigmas, éste tiene una forma particular de abordar su objeto de estudio.

Tiene unas características específicas: es una orientación que se fundamenta en la psicología experimental, insiste en la evaluación objetiva, y enfatiza la instauración de repertorios conductuales para la adaptación del sujeto al medio.

Hacía tiempo que venía pensando que el ser humano era más complejo que un sistema capacitado para aprender, pues ¿Cómo era posible que el sujeto repitiese, con mucho sufrimiento, una y otra vez el mismo patrón? ¿Acaso no aprendía? ¿Qué le impulsaba a ello? ¿Por qué lo hacía? Me preguntaba constantemente.

Me sorprendía, y mucho, cuando se comparaba el psiquismo humano con el hardware de un ordenador. No entendía como se podía asimilar la mente humana con un sistema operativo que funcionaba como un autómata, que no podía sentir emociones, ni sufrir. Sentía que algo tan propio del ser humano como los afectos se quedaban fuera.

Me asombraba la constante preocupación que expresaba esta psicología por ser reconocida por la Ciencia empírica, por seguir sus pasos a modo de la medicina. De forma, que me veía ordenando y clasificando los síntomas o problemáticas del sujeto al estilo de un archivador. Tenía que memorizar las diferentes clasificaciones nosográficas del DSM, utilizar innumerables técnicas diagnósticas avaladas. Así, me veía a mí misma redactando procedimientos estandarizados y avalados para trastornos recogidos en un manual. Y entre el trastorno y su tratamiento, ¿dónde quedaba el paciente? ¿Dónde estaba su historia? Pensaba que el paciente tenía la obligación ética de ser honesto consigo mismo y de hacerse él también una pregunta sobre lo que le acontecía. La psicología, por su parte, debía de facilitárselo.

Legué a la conclusión que la psicología estaba muy centrada en ser objetiva. Ambas sufríamos el encuentro de estar perdidas, la psicología por descentrarse de su objeto de estudio y yo por perder el sentido de mis estudios al verme realizando funciones más bien burocráticas. La psicología había olvidado que su objeto de estudio era el psiquismo humano con su subjetividad, no un conjunto de síntomas englobados en una clasificación nosográfica. Se había adaptado muy bien al entorno. Los tratamientos que

generaban se jactaban de ser eficaces, de breve duración y con inmediatez en los resultados. Y eso era lo que buscaba la sociedad, una satisfacción inmediata que no fuese atravesada por preguntas que no pudieran ser respondidas por la Ciencia. Era evidente que el acercamiento al método científico había conseguido que la psicología tuviera un espacio en las instituciones de salud, cierto prestigio a nivel social. Pero la psicología, que tantos logros acumulaba, no podía presumir de generar un cambio subjetivo, profundo. Y a mí me interesaba el sujeto en cuestión, con sus síntomas, sus inhibiciones, sus repeticiones… Si la psicología se centraba en lo objetivo ¿Qué disciplina entonces abordaba la subjetividad? ¿El caso por caso?

De esta forma, me desencontré con la psicología y me encontré con la palabra psicoanálisis. El psicoanálisis tenía presencia en la Universidad, por lo menos estaba en boca de muchos. Era famoso no por sus logros, sino por el rechazo que generaba. Del psicoanálisis se decía que era anticuado, elitista y sus tratamientos se demoraban en el tiempo sin saber nunca cuándo llegarían a su fin. Y eso pensé yo durante mucho tiempo, hasta que me fui introduciendo en él prácticamente sin saberlo.

Conocí a varios profesores que me fueron mostrando cómo había otras corrientes que estudiaban el psiquismo humano en su profundidad. Teorías que le otorgaban un gran peso a la singularidad, al inconsciente. Así, y sin saber aún, que aquella orientación se llamaba psicoanálisis, me introduje en un seminario de Marina Bueno puertas afuera de la Universidad. Y a los pocos años, estudié en el máster de psicoterapia psicoanalítica.

Por un lado, el máster me ofreció un conocimiento más extenso sobre la teoría y el método psicoanalítico. Por otro lado, la posibilidad de encajar paulatinamente la teoría con la clínica a través de las extensas prácticas que realicé en una institución de salud mental.

¿Pero qué es lo que me encontré en el psicoanálisis?

Me encontré con un discurso que apuesta por la singularidad respecto al discurso establecido. Con un discurso al que no le interesa aquello que uno tiene en común con los demás, más bien lo aparta de esa alienación. Se trata de la posibilidad de encuentro con un psicoanalista que al sujeto le permita encontrarse con lo más propio de él, con su forma de satisfacción pulsional que se pone en juego en las relaciones vinculares, en las

diferentes elecciones etc. Que labre, finalmente, una posición diferente ante el mundo y ante las cosas que acontecen en él.

De esta forma, me encontré con la propuesta de un lugar de escucha, un lugar de escucha auténtico pues no sólo presta atención a lo que el sujeto dice sino a aquello que calla, aquello de lo que nada quiere saber, su saber inconsciente, que está en la base de sus síntomas.

Me gustó la seriedad con la que afronta la práctica clínica, pues la formación se asienta en tres pilares: el estudio teórico, la supervisión de la práctica y el análisis personal.

Me cautivó el respeto y consideración que tiene por el paciente. La importancia del tiempo, de respetar los tiempos que necesita el sujeto para afrontar las cuestiones reprimidas. Su delicadeza a la hora de intervenir. Su humildad, evitando colocarse en un lugar de saber y unido a esto me fascinó su capacidad para sostener el silencio, para generar preguntas que puedan abrir nuevas vías de pensamiento.

Digamos, que poco a poco me fui encontrando con una teoría que casaba con mis expectativas, la de estudiar una psicología del alma, profunda. Donde los síntomas e inhibiciones del sujeto pudieran ser leídos no desde un manual diagnóstico sino desde su historia inconsciente particular.

Las preguntas que ahora me planteo son ¿Se pueden encontrar el psicoanálisis y esta universidad o están destinados a un desencuentro permanente?

Si el psicoanálisis tuvo un lugar en la facultad, siempre fue por definición conflictivo: en los márgenes o en el rechazo. Quizá ambos discursos se contraponen por tener una relación diferente con el saber. La Universidad, como representante de la hegemonía del saber, como lugar de difusión de la ciencia, aspira a saberlo todo. Propone un saber cerrado y completo. El psicoanálisis entiende que hay algo del saber que no se puede transmitir más que por la propia experiencia analítica y el diálogo con personas experimentadas del campo y la clínica. Supone una práctica de lo singular, un saber que no es acumulativo ni acabado.

Si bien es cierto que parece que hay un punto de fricción entre ambos, creo que en los tiempos que corren ambos se necesitan más que nunca. En primer lugar, el psicoanálisis tiene la obligación ética de difundirse, de salir

a las calles, a lo social y aunque no vaya a formar psicoanalistas en la Universidad, el espacio académico es un lugar donde darse a conocer.

En segundo lugar, y por lo que respecta a la Universidad, ésta, como ya anunció Freud en 1919, no puede más que beneficiarse y enriquecerse con la presencia del psicoanálisis en sus planes de estudios. Por un lado, los alumnos podrán acceder a ciertas nociones teóricas sobre una psicología más profunda.

Por otro lado, considero que un aumento de la presencia del psicoanálisis en la Universidad sería un síntoma de salud. Porque se introduce una corriente que apuesta por la subjetividad tan en riesgo en la sociedad contemporánea que incita a los sujetos a la homogeneización.

Me pregunto si la Universidad debiera ser un espacio no solo formativo, sino un espacio para cultivar el pensamiento crítico, la reflexión… un lugar donde se integren distintos saberes y enfoques. Donde se genere una edición más integradora del ser humano y del mundo. Incluso un punto de resistencia frente a la hegemonía de la Ciencia, frente a la deshumanizadora sociedad capitalista y de consumo con sus derivas narcisistas y la abolición del pensamiento.

Miren Murgoitio