¿QUÉ CAMBIA CON EL ANÁLISIS?. Jorge Marugán

-¿Por qué estoy aquí?  Pregunta Neo cuando consigue llegar al arquitecto de Mátrix en la 2ª parte de la famosa trilogía de los hermanos Wachoswsky, ambos transexuales declarados. Y el Arquitecto, el Creador, que como buen amo vela por el buen funcionamiento del programa Mátrix, donde habitamos todos, le contesta (hago un resumen):

-“Eres el resto de una ecuación que escapaba a mis intentos de control, el producto de una anomalía en mi armonía de precisión matemática, el fruto de una imperfección inherente a todos los seres humanos… una anomalía que crea fluctuaciones hasta en vuestras emociones más simples”.

El arquitecto explica a Neo que la primera versión de Mátrix se basó en la felicidad y la perfección, y fracasó, los cuerpos humanos no sobrevivían; en una segunda versión emuló el sufrimiento y la destrucción presentes en la historia humana, y también fracasó. Entonces, a través de un programa más intuitivo, el Oráculo, encontró que los seres humanos aceptaban someterse al programa mientras sentían que podían elegir, sólo entonces la mayoría lo aceptaba, y los cuerpos sobrevivían. Pero como los que rechazan el programa, aunque sean una minoría, constituyen una creciente posibilidad de desastre en el sistema, se impide esa amenaza matando a todos los rebeldes, pero permitiendo sobrevivir a unos cuantos para diseminar su código humano anómalo y recomenzar el ciclo de la anomalía. Y así cada vez. Esa es la función que Neo tiene en Matrix: la de resto que no se puede eliminar del programa y se autorregula bajo el dictado del amo para mantener la producción normalizada de sujetos. Como Noé y su arca. Como la estructura que señala el llamado Discurso Universitario de Lacan. Neo, por supuesto, se niega.

Me gusta pensar que Neo es Freud, que se niega a hacer de la a-nomalía un objeto al servicio del poder y la convierte, precisamente, en una herramienta para cuestionar al sujeto y derribar a sus amos, sean falsos o verdaderos.

Pero Neo, claro está, es el Elegido, y sólo puede acabar crucificado para salvar a todos. Los que no gozamos de tanta vocación, ¿qué alternativa tenemos a este control del poder, basado en un uso tan astuto del saber?

Frente a las pretensiones, bienintencionadas o no, de establecer un ser humano completable, programable y normalizable (en “completo bienestar” dice la O.M.S.), el psicoanálisis opone la evidencia de un “Yo escindido por la castración” como estableció Freud en el último momento; o de un Sujeto dividido por el lenguaje, como agregó Lacan. Y será a través del lenguaje y la palabra que el psicoanálisis opera frente al sufrimiento; es decir, su recurso será precisamente aquello que provoca la anomalía humana de origen.

¡Qué incongruencia! combatir el exceso sufriente y perturbador de esa anomalía con más anomalía; utilizar todo el potencial del lenguaje, no para curar la castración o la división del sujeto, sino para suscitarla, volver productiva esa castración y provocar el cambio subjetivo.

Pero esa intervención basada en el potencial de la palabra y el lenguaje para cuestionar lo faltante, no puede reproducir el mismo ejercicio de poder que pretende combatir. No se trata de sustituir un amo, que controle y administre el saber, por otro, como hace la histérica. En el psicoanálisis, el uso del saber es paradójico porque, como indicó Freud, ese saber no está en el analista, éste debe dejar su saber en suspenso, está en el Inconsciente. Y por eso, más que hablar, escuchamos. Intentamos escuchar el inconsciente, sus manifestaciones: contenidos verbales que se repiten, síntomas, sueños, fantasías, lapsus y actos fallidos… saberes que no responden, que no admiten la programación o normalización en función de los dictados del amo.

Por eso, nuestra palabra como analistas, no tiene valor como saber, este ya tiene demasiados dueños y demasiadas palabras, sino precisamente lo contrario, tiene valor como no-saber, y aquí no sigo a Freud y recurro a Lacan. La palabra del analista alcanza su máximo valor como no saber, es decir, como Acto. El Acto se sale del programa, está más allá del sentido y del cálculo y, sin embargo, conlleva el encuentro con una certidumbre. Se sostiene en un deseo realmente decidido, después todo es diferente. Neo, cuando da calabazas al Arquitecto de Mátrix, realiza un Acto.

Entonces, si hablamos de cambio, de lo que puede cambiar el análisis, del cambio en la posición subjetiva, en la fijación a ciertas fantasías, en el sometimiento a ciertos ideales, en nuestra sexualidad, en nuestra forma de hacer vínculos… ahí no hay saber previo.

“Ha sido un juego muy peligroso”, dice el amo de Mátrix al final de la saga. Pero del  Acto de Neo surge un orden nuevo, de esperanza, de resistencia, de libertad.

 

Jorge Marugán. Jornadas Psicoanálisis y Universidad. 27 de abril de 2017.