Soledad García. EL RETO DEL PSICOANÁLISIS.

¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad? La pregunta encierra, a mi modo de ver, mucha más complejidad de lo que cabría esperar a priori.  Insta a la reflexión de una manera profunda. Y de esa invitación a pensar surgen, otras nuevas preguntas a colación. ¿Se enseña el psicoanálisis en la universidad? ¿Puede un psicoanalista adquirir la formación necesaria en la universidad?

Freud se hizo la misma pregunta en las primeras décadas del siglo pasado, años después de su descubrimiento del método. En el verano de 1918 se cree que escribió el texto que tituló con la consabida pregunta que hoy abre mi propuesta. Pero por qué el padre del psicoanálisis se esforzó en esta disquisición.

Quizá merezca echar un vistazo a la coyuntura en la que se vio motivado a hacerlo. Es sabido que el psicoanálisis nace de la observación clínica de pacientes histéricas a quienes la mayoría de médicos tildaban de simuladoras de sus dolencias. Charcott y Breuer, muestran a Freud la escisión que tiene lugar en el psiquismo humano. Freud se pone tras la pista y con ello proclama el descubrimiento del inconsciente. Probablemente éste será el hito que marque el siglo XX. Avanza todo un arsenal de literatura respecto del hallazgo en el que da prueba de la existencia de una vida interna oculta, una serie de procesos a nivel profundo que se traducen en un malestar en la realidad, un modo de enfermar y con ello, también, un método de cura. Y todo ello lo pone al servicio de la comunidad científica. Dice Freud que durante los primeros 10 años el psicoanálisis creció en medio de un clima de descreimiento y rechazo para luego  pasar a una indiferencia inusitada.

A pesar de eso la puesta en práctica del método, lejos de extinguirse  fue en aumento, siendo, que médicos de distintos lugares lo adoptaban para tratar a sus pacientes con dolencias de carácter nervioso. El psicoanálisis proliferó hasta las consultas de reputados profesionales que no tardaron en sumarse al ejercicio de escribir y publicar el modo en que operaban a través del método para conducir a sus pacientes hacia la cura. Psicoanalistas como Abraham, Ferenczi, Simmel, entre otros, alcanzaron una gran repercusión entre la comunidad médica con las publicaciones de sus artículos en relación a las “neurosis de guerra”. La clase médica quedó muy impresionada con estos trabajos, y como consecuencia de ello se crearon clínicas psicoanalíticas para el tratamiento de las citadas neurosis. La primera de ellas se inauguró en Budapest.

Freud había declarado que la ciudad era en ese momento, verano del 1918, el centro del movimiento psicoanalítico.  Aprovechando la circunstancia, junto con Ferenczi  organizó el 5º Congreso psicoanalítico Internacional, al que acudieron incluso representantes estatales y delegados oficiales de gobierno de Austria, Alemania y Hungría. El evento resultó un éxito. Como consecuencia se produjo una convulsión entre los estudiantes quienes solicitaban al rector que se impartiera psicoanálisis en la universidad. Así entró Ferenczi a impartir clase, el primer psicoanalista que lo hiciera.

Con este caldo de cultivo escribe Freud el texto al que nos referíamos en un principio. “¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?” De manera que la susodicha pregunta por el psicoanálisis y la universidad ya se la planteaban en la Europa de principios del siglo pasado. De ahí se pueden extraer muchas cosas, una de ellas es que pareciera que el psicoanálisis tuviera cierta dificultad para ser aceptado en la universidad ya desde sus primeros pasos.

Freud se reafirma en la idea de que la formación del psicoanalista puede prescindir de la universidad. De hecho, generaciones de psicoanalistas han hecho su formación fuera del circuito universitario ya que el psicoanálisis se ha visto excluido de los planes de estudio. Él afirma: “…un aspirante a  psicoanalista puede prescindir de la universidad para su formación sin menoscabo de la misma…”

Por tanto ¿cuál se estima que ha de ser el recorrido de un aspirante a psicoanalista? Dice el padre del psicoanálisis, textualmente, “la orientación teórica que le es imprescindible la obtiene mediante el estudio de la bibliografía y en las sesiones científicas de las asociaciones psicoanalíticas, así como por el contacto personal con otros miembros más antiguos y experimentados. En cuanto a su experiencia práctica, aparte de adquirirla a través de su propio análisis, podrá lograrla mediante tratamientos efectuados bajo el control y la guía de los psicoanalistas más reconocidos.”  

Probablemente consideró necesario, en medio de todo este momento de agitación, sentar las bases en cuanto a la formación que  debía tener un futuro psicoanalista. Dicha formación específica está apuntalada en tres pilares fundamentales que dan fiabilidad al trabajo de la clínica.  Análisis personal, supervisión con un profesional experimentado y formación teórica continua.

Se crean las asociaciones psicoanalíticas para ese fin. Y desde sus institutos orientan y acompañan la formación del aspirante.  Freud, reitera, que éstas, no se olvide, deben su existencia a la exclusión de que el psicoanálisis ha sido objeto por la universidad. ¿Le parecería a Freud que el psicoanálisis no necesita a la universidad y viceversa? Definitivamente no.

Freud considera totalmente compatibles al psicoanálisis y a la universidad. Parecería incluso que se esforzase en justificar y alentar este vínculo al escribir el artículo que hoy nos inspira.  Por eso explica en este texto que la formación del psicoanalista necesita de una parte teórica, que alude a la transmisión de postulados, pero también una parte eminentemente práctica que implica, tanto un análisis personal, como la conducción de la cura con pacientes bajo el control de un psicoanalista experto. Dice Freud, que con lo que aporta la universidad no se podrá obtener del todo la formación que necesita un psicoanalista. Sin embargo, sí habrá hecho un ejercicio de asimilación de los conceptos y los supuestos básicos de la teoría. Un aspirante no está preparado como psicoanalista cuando sale de la universidad, como tampoco la universidad consigue crear cirujanos capaces de enfrentarse a todo tipo de situaciones, recuerda Freud.

Para él supondría un beneficio mutuo. El psicoanálisis se beneficiaría de su entrada en la universidad ya que eso supondría como un rédito moral para los psicoanalistas pero sobre todo, según lo plantea Freud, porque posibilita un medio fundamental para su difusión. Para que los psicoanalistas salgan de sus consultas al mundo y no se queden encerrados y solos con sus pacientes, para que el psicoanálisis pueda impregnarse en la cultura y alcance un calado en lo social.

En el otro sentido, también el psicoanálisis tiene aportaciones que ofrecer a la universidad. Freud es claro y apunta 3 aportaciones fundamentales:

En primer lugar, se refiere al énfasis que el psicoanálisis pone en los factores psíquicos. Él recuerda que la formación médica está muy esquinada hacia una orientación a lo físico: la anatomía, la física, la química. Y por el contrario no se les instruye en la importancia de los factores psíquicos en toda manifestación vital, también en las enfermedades. Critica la falla que eso implica en la actuación profesional de cara a la instalación del tratamiento.

Sin embargo, en éste punto advierte que introducir el psicoanálisis mismo sin preparación previa para el estudiante podría resultar contraproducente. Se refiere a la necesidad de proporcionar un terreno fértil en el que poder sembrar una nueva forma de escucha, un nuevo modo de pensamiento. Requiere instruirle acerca de las relaciones entre la vida psíquica y la somática, la indisolución del binomio cuerpo-mente. Como si se tratase de darle un  tiempo de acomodo a la manera en que sucede también con un paciente en el análisis, en lo que denominamos el raport. Ese tiempo que necesita cada paciente de manera genuina para comprender el método hasta conseguir dejarse llevar en la instalación de la transferencia. Una preparación para pensar de otra manera a como lo ha venido haciendo en su vida. Un aviso, casi para estar alerta a la apertura de lo inconsciente.

La segunda aportación del psicoanálisis a la universidad, partiría como modo de revelarse al catálogo de dolencias vigente, donde se elaboran cuadros psicopatológicos en función de las sintomatologías, descalificando al síntoma en su elaboración como defensa de un sufrimiento interno y de creación sustitutiva.

En este sentido se podría decir, que responde a una crítica de la psiquiatría y también de la psicología, en cuanto al modo que tienen de acercarse a la patología. Apoyada puramente en lo descriptivo y fenomenológico.  Desde esta perspectiva no se puede saber nada que se acerque a una compresión de lo observable en el sujeto. El aporte, de la nueva disciplina, apuntaría al conocimiento de una psicología de lo profundo que se acerque al ser humano desde su complejidad, capaz de atisbar algo más de luz en las manifestaciones del alma.

El psicoanálisis aporta hallazgos inestimables desde su metapsicología. Toda una conceptualización que permite acercarse a los procesos internos inconscientes que operan en un ser humano desde su nacimiento hasta la consolidación de su psiquismo y más. Una metapsicología, una psicología que va más allá del ser consciente.

El acercamiento a una estructura compleja en el psiquismo que tiene su anclaje en un motor infinito, el Deseo, adherido a la pulsión de  vida o a la pulsión de  muerte. Con ello, la tendencia a la realización de ese deseo aunque solo sea en la fantasía. Y un impedimento frente a eso, la defensa, el intento fútil en muchos casos de poner orden del Yo. No falta el rodeo para despistar a éste Yo, en forma de acto fallido, lapsus, sueño o síntoma. En definitiva, un modo de acomodar un olvido, el del trauma, de la fantasía, por supuesto, el subjetivo de cada cual, que le marca un destino tiznado por el pasaje edípico que transitó.

Una última aportación reside en  poder acomodar herramientas del psicoanálisis al estudio de otras disciplinas que giran en torno a la producción humana. Se insta a la consideración de un nuevo modo de pensamiento global, que construya un puente entre la ciencia médica junto con la rama del saber, ya sea, el arte, la teología, la literatura, la mitología, la filosofía, la historia de las culturas, la filosofía de las religiones.       Dado que el psicoanálisis investiga los procesos psíquicos y las funciones mentales, puede trascender el campo de la patología dando lugar al psicoanálisis aplicado. Utilizar, en definitiva, los materiales del psicoanálisis para comprender modos de expresión utilizados por la humanidad.

 

Con ello concluye Freud que la universidad se beneficia en todo punto de la aportación del psicoanálisis.

Freud en sus reflexiones de 1918 parece tener claro que tanto universidad como psicoanálisis se benefician simultáneamente. La universidad le confiere al psicoanálisis un lugar en el epicentro del conocimiento, casi un reconocimiento moral  para los psicoanalistas, como se citaba antes. El psicoanálisis, por su parte también acumula un saber para el profesional y para el hombre sin más. La posibilidad de divulgar este genuino saber, este nuevo modo de estar en la vida nos lleva a la pregunta de si se pudiera crear una sociedad menos patógena.

Siendo que la dialéctica psicoanálisis-universidad resulta tan beneficiosa, la realidad viene a recordarnos que actualmente, en nuestro país, el psicoanálisis sigue encontrándose con las mismas dificultades que en el principio. Y que como sucede en ésta facultad, se resiste a duras penas, gracias al esfuerzo de personas concretas, psicoanalistas que desarrollan la transmisión desde sus lugares de profesorado. Y que aun así, cuesta conseguir que el discurso del inconsciente cale en los estudiantes por no decir en el resto de profesores, quienes se muestran escépticos en muchos casos. Y lo mismo parece que sucede en muchos otros ámbitos, también de la cultura, por más incongruente que resulte.   ¿Y cómo es que aparece tanta resistencia por parte de la universidad al método psicoanalítico? De nuevo nos encontramos con que surgen a día de hoy las mismas preguntas que surgían en los primeros estertores del método.

Asomémonos de nuevo a Freud. Él mismo, no en vano denunció un rechazo por parte de la universidad al psicoanálisis. En 1924 escribió un texto que trata de dar respuesta al porqué de esa animadversión con el método “Las resistencias contra el psicoanálisis”.  Sus reflexiones parten de un sentir general para el que parece estar dotado todo ser humano, incluso,  toda comunidad. Lo novedoso resulta displacentero, afirma. Lo nuevo exige al aparato psíquico de un trabajo, de un esfuerzo por superar la inseguridad que genera y la angustia que se apodera del yo.

Entiende que no obstante, la universidad que representa la cientificidad no debería sucumbir al horror a lo nuevo porque entraría en contradicción con sus propios principios de investigación y afán de descubrimiento en pos del avance. Más el psicoanálisis encuentra en la universidad la misma resistencia que en la sociedad en general. A pesar de continuar eminentemente vivo  y en plena actualidad no consigue un lugar de reconocimiento. Y sí se encuentra con trabas.

La primera resistencia que denuncia Freud, es en la comunicad médica, desde donde se cuestionaba el carácter científico del nuevo método. En la actualidad eso no ha cambiado mucho, los médicos no están preparados para la contemplación de lo psíquico. En el principio, Juzgaron los síntomas de las neurosis histéricas como resultado de la simulación y a los fenómenos del hipnotismo como un fraude. Acomodados  en una visión conservadora, trataron en todo caso de reconducir todo desorden  a causas de carácter anatómico o químico.

Y parecido ocurrió, dice Freud, con los filósofos, a quienes se refiere como segunda resistencia. Ellos, a pesar de estar más familiarizados con los conceptos abstractos no terminaron de dar crédito a la noción de “lo psíquico”. En la filosofía era equivalente a la conciencia, el mundo de lo consciente. Para el psicoanálisis, lo anímico apunta en mayor medida a los contenidos inconscientes. Otra vez, la nueva disciplina se encontraba con obstáculos y su acogida en el mundo científico y del conocimiento resultaba displicente.

Para Freud esta reacción tan rupturista no solo puede estar apoyada en una resistencia basada en lo intelectual. Semejante negativa puede hacer alusión a todo un entramado defensivo al servicio de mociones afectivas que el psicoanálisis despierta no solo entre los pensadores y científicos sino en la totalidad del ser humano. La pregunta inevitable sería, ¿por qué?

La sexualidad es traumática para el hombre. De ella no se quiere saber porque evoca lo prohibido y deseado, según Freud. Y además, está implicada en el origen de las patologías. Los síntomas neuróticos son explicados por el padre del psicoanálisis como “formaciones sustitutivas desfiguradas por pulsiones sexuales que por obra de resistencias internas consiguen una gratificación de forma indirecta”. Si el aparato psíquico necesita desfigurar la pulsión sexual, si resulta que para saber de ella ha de pasar por un filtro que la disfrace, ¿cómo podría el hombre aceptar de buen grado el psicoanálisis? ¿No sería más fácil apelar al cinismo y hacer como que de eso no se sabe?

Realmente, el psicoanálisis no tendría la exclusiva en otorgar a la sexualidad un lugar tan relevante para la vida anímica. El filósofo Schopenhauer en su libro “El mundo como voluntad y representación” desglosa en uno de los capítulos, el de La vida de la especie,  lo siguiente: “…en cuanto al carácter del apetito sexual, no solo es el más fuerte, sino que su fuerza es específicamente más poderosa; está siempre supuesto como necesario e inevitable y no es, como otros deseos, cuestión de gusto o de capricho; es la esencia misma del hombre”.  Continua diciendo: “… Todo esto se explica por la importancia del papel que desempeña en el mundo la relación de los sexos, resorte oculto de toda la actividad humana, y que se trasparenta por doquier pese al velo con que la encubrimos. Aparece en el trasfondo de toda cuestión seria y de toda diversión; es fuente inagotable de chistes, intención secreta de toda insinuación o de toda proposición inexpresada. Es materia siempre dispuesta a la chanza, y todo porque es, entre todas las cosas, la más seria. Y siendo un asunto capital para todos, es conducido con el mayor misterio y parecería que nadie piensa en él. Pero en la realidad de la vida es el amo legítimo del universo.  …Y el poder de esta propensión es tan grande que por mucho que se afanen los hombres para domarla, para disminuirla o disimularla con el fin de reducirla a una cuestión secundaria en su existencia, será en vano. El secreto radica en que el instinto sexual es la esencia misma de la voluntad de vivir y por tanto de la concentración de todo deseo. El hombre es una concreción del instinto sexual…”

Como sucede en ocasiones con los pacientes, se comprueba que de los secretos se  sabe a un nivel más inconsciente, que son más bien, secretos a voces en muchos casos. Así parecería que sucede con la sexualidad, no se quiere saber de eso porque algo se sabe…

El psicoanálisis destapa los secretos, los nombra, le enfrenta al ser humano con su origen y con su verdad última, la más íntima, con el germen de su especie, desde lo más descarnado e impronunciable, desde lo incestuoso.

Posterga el estatuto de persona a los efectos de la crianza, supedita el andamiaje psíquico al encuentro con los primeros objetos de la vida y a la sexualidad de los mismos. De forma que, desde el posicionamiento sexual del que será su primer objeto, o sea, desde la sexualidad de la madre, se determina un vínculo con el bebé, que tendrá como resultado la constitución de un psiquismo, la construcción de a poco de una identidad, ya sea subjetiva o alienada a ese primer objeto. Para Freud la sexualidad está en el principio y en el antes ya que estaría en la cabeza de la madre. Estaría en el durante, mientras tanto, mientras se constituye. Porque comienza a ser erotizado desde el encuentro boca-pecho y posteriormente a través de los primeros cuidados, en las caricias, en los abrazos. La sexualidad seguiría en el después, en el despegue de la madre y el encuentro con el padre y en la forma en que tiene lugar ese giro. Estaría en el inmediatamente después, en la construcción del sexo tras las identificaciones y la aceptación de la castración. Y después seguiría hasta el final, en sus resignificiaciones, en sus altos y sus bajos sin agotarse del todo nunca.

En 1924 Freud publica “El sepultamiento del complejo de Edipo” y sigue hablando de sexualidad. Explica el pasaje por las identificaciones hacia el padre y la madre y el deseo hacia cada uno de ellos junto con el odio a la pareja opuesta. Todo un descubrimiento para ciegos, algo así viene a decir él, como que lo verdaderamente difícil sería no ver el enamoramiento del niño y de la niña hacia sus padres respectivamente, el enamoramiento y la atracción sexual. Efectivamente, Freud, reconoció la sexualidad infantil. Nueva excusa para defenderse del psicoanálisis. ¿No es mejor pensar en la pura inocencia del niño ajeno a toda excitación sexual y con ello garantizar tener bajo llave la tendencia incestuosa de nuestra especie? ¿No es más tranquilizador  negar que lo pulsional apunta a la consumación de lo prohibido? ¿Y que estará condenado a una repetición perpetua a través del síntoma o de los sueños o de cualquier acto del inconsciente?

Como consecuencia del recorrido psicosexual desde la infancia, prueba fehaciente de que el niño posee una sexualidad, resulta el horror al incesto y una potente conciencia de culpa que proclama a gritos un amor imposible. Todo un secreto que enterrar en lo más profundo para intentar no saber.

Por eso, los seres humanos, como masa, se comportaron hacia el psicoanálisis exactamente como lo hacían los individuos neuróticos en el proceso de la cura. Se resistían, inconscientemente. La diferencia es que en el curso del tratamiento el analista tiene la posibilidad de enfrentar al paciente con todas estas cuestiones de principio reprimidas. (1925)

Freud en 1917 en un artículo denominado “Una dificultad del psicoanálisis”, sostiene que las neurosis surgen de un conflicto entre las pulsiones sexuales y el Yo. Estas suponen un peligro que amenaza la autoconservación. El Yo a la defensiva, deniega la satisfacción a las pulsiones y las empuja a una satisfacción sustitutiva. Ese rodeo es lo que se ha denominado como SÍNTOMA neurótico. En el análisis tratamos de identificar cómo se encuentra distribuida la libido del paciente, pesquisar las representaciones-objeto frente a las cuales haya quedado ligada su libido o su energía sexual. De ahí pretendemos desasirla, liberarla, para ponerla al servicio del Yo. El psicoanálisis tuvo que desglosar todo este recorrido para comprender que en el principio la pulsión sexual está anudada a la persona propia. Más tarde se transmuda a los objetos externos. Pero nunca lo hará del todo, siempre el Yo retiene una parte y a ésta la denominamos narcisismo.

Por tanto, el psicoanálisis revela la inclinación en el hombre hacia sí. El amor hacia sí mismo y por ello se encuentra con la dificultad de asimilar todo aquello que  cuestione ser el centro. En éste mismo texto de 1917 que se decía antes,  Freud realiza una interesante reflexión acerca de las afrentas al narcisismo que recibe el hombre en su historia:

La primera proviene de la Ciencia, al confirmar que la Tierra no es el centro del universo, desde la teoría de Copérnico. La segunda afrenta al narcisismo humano (la biológica) se refiere a cómo el hombre tras declarar carentes de razón a los animales acabó por constatar que el hombre ha surgido del reino animal y se enlaza con los antepasados de algunas especies. Pero dice Freud que ninguna de éstas es comparable con la afrenta psicológica que aporta el psicoanálisis, quien sostiene que El hombre no puede controlar una parte de su propia alma que se le impone ajena a su voluntad, no puede dominar sus pulsiones anímicas y además ignora el proceso por el cual éstas se desbocan. Únicamente tiene noticia de todo ello a través de su sufrimiento. Junto a esto exhorta una de sus frases más celebres para resumir lo citado: “…el Yo no es el amo en su propia casa.”

 

 

 

El mismo Freud habla de profesión imposible, en 1937 cuando se refiere a la de psicoanalista. Algo de la dificultad estaría inherente al método, como se ha tratado de demostrar.

El reto del psicoanálisis apuntaría a la posibilidad de escapar de un rumbo de opresión, de poder salir de las telarañas y desertar de lo represor del sistema. Lo mismo que un paciente en análisis se enfrenta al reto de levantar las barreras de su Yo para hacerse cargo de sí mismo de una manera más consciente, más global. Hacer posible, al igual que en la cura, burlar un destino que le empuja a una repetición y ahoga el deseo en lo mortífero del síntoma.

El reto le da el testigo a la palabra, a que los psicoanalistas sean capaces de difundir su saber, de llevarlo a la vida, a la calle, al patrimonio común. Ofrecer un conocimiento que de paz al sufrimiento humano o comprensión del mismo, capaz de convertir la desdicha en lo soportable y de atemperarla a través del humor…

El psicoanálisis se abraza a la pulsión de vida, palpita subversión, capacidad para revelarse a lo establecido. Requiere serenidad pero también valentía y determinación.  No en vano dictadores de la historia de la humanidad mandaron quemar entre otros los libros de psicoanálisis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

FREUD, S. (1904/1903).El método psicoanalítico de Freud. O.C. Tomo VII. Pag. 223 Buenos Aires: Amorrortu

_ (1912) Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. O.C. Tomo XII. Pag 107

_ (1913) El interés por el psicoanálisis. O.C. Tomo XIII. Pag. 165

_ (1916-1917) Una dificultad del psicoanálisis. O.C. Tomo XVII. Pag 125

_ (1916/1917) 18º Conferencia. La Fijación al trauma. Lo inconsciente. O.C. Tomo XVI.        Pag 260, 261

_ (1918/1919) ¿Debe el psicoanálisis enseñarse en la universidad? O.C. Tomo Tomo XVII.

_ (1918/1919) Los caminos de la psicoterapia psicoanalítica. O.C. Tomo XVII.

_ (1924/1925) Las resistencias contra el psicoanálisis. O.C. Tomo XIX.

_ (1937) Análisis terminable interminable. O.C. Tomo XXIII. Pag 249

JONES, E. Vida y obra de Sigmund Freud. Tomo II