Locuras escondidas en la vida cotidiana. La casa de la depresión.

Esta es nuestra casa, la casa de la depresión, dice mi hijo. Él casi no viene a verme, según que algo nauseabundo lo lacera cuando entra aquí. Mi esposo, mientras estuvo vivo, y yo, hemos intentado entenderlo, al principio nos molestábamos, y nos cruzábamos de brazos antes de decirle que era detestable la acritud con la que se dirigía a nosotros, y nos encerrábamos lo mismo que unas ostras y no nos encontrábamos con él en meses.

Ayer vino con una mujer a arrasar con todo lo que coleccionábamos con tanto amor: habíamos conservado intacta la habitación de nuestros hijos, los juguetes, las camitas, los móviles en el techo, las pinturas infantiles de los muros, las fotografías de nuestros niños, y es que Albertito tuvo un gemelo que murió a los tres años, nunca más quisimos traer al mundo a nadie más, así que volvimos nuestro amor en un matrimonio célibe, no quisimos tocarnos nunca más y cuidábamos a Albertito tanto como a los recuerdos de la entonces familia feliz que fuimos.

Albertito vino hoy con esa muchacha demoníaca, entre los dos se pusieron a sacar de la casa todo cuanto encontraron, lo hacían todo con una sonrisa como tirada por el diablo con hilos invisibles, ambos se regocijaban en la dicha del despojo. ¡Adónde llevarían todo nuestro tesoro! ¡Qué tormento más grande el de los hijos desconsiderados! Allá iba nuestro Albertito escaleras abajo con su camita de tres años, lo hicimos dormir ahí nada más hasta los diecinueve, edad en que escapó de nuestro lado; no sé porqué no puede entender que su hermanito y él fueron el altar de nuestras vidas, queríamos canonizar los recuerdos de nuestros niños rollizos y sanos, cristalizarlos en los objetos, por eso no movimos nada, ni la hoja del calendario del día en que Guillermito murió, ni el cepillo de dientes que usaba, ni el platito en que comió por última vez, incluso en las cenas importantes también le servíamos a Guillermito un poco de comida. Mi esposo murió el mes pasado, yo estaba dispuesta a guardarle los recuerdos igual que a nuestro Guillermito, pero tuvo que venir este par del demonio a torturarme. Cada que movían cualquier cosa, así fuera un mueble o un alfiler, en mí se descomponía algo, no se trataba de mi piel ajada por lo años, sino de mi alma ahormada en ese molde puro del amor, pero que Albertito moviera todo de su sitio, hacía que mi dulce molde fuera sustituido por otro molde, un molde mortal. Sufría inmensamente las cuchilladas de su infamia.

Las cuerdas con las que me amarraron a las silla me estaban cortando las muñecas y los talones, ya era una vieja setentona, las fuerzas me flaqueaban, pero el motor de los recuerdos me impulsaba a dar berridos y gimoteos terribles; no iba a permitir que me arrebataran mi patrimonio.

Los demonios llamaron al señor de la basura, le pidieron que trajera el camión vacío porque no se iba a dar abasto. Los dos demonios saquearon la casa y me dejaron un infierno, Albertito, antes de cortarme las cuerdas e irse, me dio un beso asquerosamente tierno en la mejilla y me dijo entiende que ya no soy tu Albertito y que la vida no está en las cosas.

Poco a poco se fueron aflojando las cuerdas, sentí un alivio físico, pero el malestar interior me llevaba a pensar qué haría para recuperar la vida, sentía que la estaba perdiendo; mis puntos de equilibrio, mi colección de amor estaba ahora en un camión de basura. Los demonios no habían dejado cosa viva en ningún rincón, la casa parecía un deambulatorio de almas, un hogar abandonado, y yo no quería ser el fantasma. Tomé el teléfono y llamé al señor de la basura, le dije que guardaba una fuerte suma de dinero, que podría dársela si traía de vuelta, intactas, cada una de las cosas que se había llevado. Obedeció. Le debí haber dado lo correspondiente a un año de su sueldo porque la cara le brillaba como desquiciado; tomó el dinero y comenzó a bajar del camión mis pertenencias, mis recuerdos, mis anhelos. Yo ponía cada cosa entre mis manos, las besaba y les hablaba con profundo amor, reacomodé los muebles con cariño en sus lugares; el cuarto de mis niños volvió a verse como antes. Esa noche dormí en la cama de Guillermito, las piernas no me cabían, me vi obligada a dormir en posición fetal, pero era dulce recordar que así él habría estado en mi vientre junto con Albertito; en qué momento los hijos se vuelven unos desgraciados, ya ven lo duro que es que crezcan, nunca sabes hacia dónde se van a torcer sus ramas; Albertito no era así, miren que amarrarme a una silla y decirme que ya no era mi Albertito. Lo bueno es que eso no es cierto, Albertito y Guillermito siguen siendo mis bebés, porque por eso he luchado todos estos años, para conservarlos intactos

Elianeth Rodríguez Jardón

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