Entrevista a Antonio Di Ciaccia. Analizante de Lacan (II)

-Lacan definió la sublimación como la articulación entre el sujeto y la “cosa”, ¿podría decir con palabras simples qué es esta “cosa”?

Si hablara con un colega lacaniano bastaría decir que “la cosa” es aquello que resiste a cualquier significantización. Si hablara con un colega freudiano , diría que la “cosa” – o mejor, como la llamaba Freud, das Ding -está íntimamente relacionada con el objeto perdido, que vuelve a buscarse durante toda la vida aún si nunca existió: se trata en suma, para permanecer en términos edípicos, de aquel goce mítico que habríamos tenido si la madre hubiese sido toda para nosotros y no hubiese venido el hinchapelotas del padre a reorientar hacia él el deseo de la madre.

Tomemos la cosa antes que nada en el nivel en el que la filosofía lo hizo durante siglos. En nuestro centro hay algo de lo que no sabemos qué decir ni cómo manejarnos. Tomemos a modo de ejemplo la simple pregunta: ¿Quién soy? Cualquier cosa que diga para responderla no hará otra cosa más que no decir de mí, que gira a mi alrededor y no soy yo. Puedo decir que soy hijo de Tizio y de Caia. Pero también lo son mis hermanos. Puedo decir esto o lo otro, pero no llego nunca a nombrar mi ser. Tanto que puedo decir al mismo tiempo – como le pasa a todo el mundo- que soy un genio y un cretino. Pero aún si fueran verdad ambas , estas definiciones que me doy no dicen de hecho quién soy yo.

En el centro de mí, en lo más profundo de mí hay un silencio, un vacío, hay la más profunda alteridad, como ya había percibido finamente San Agustín. La pregunta se redobla con el interrogante : ¿qué cosa soy yo? O mejor aún, ¿qué cosa soy para ti? Pregunta dirigida a la madre, al padre, al conyugue, al hijo, al amante, etc.

Tampoco aquí sabemos la respuesta y esperamos que el otro nos la diga. A menudo esperamos que la respuesta sea signo de amor. El amor nos asegura que tengamos un lugar, por ejemplo, en el corazón del otro. Si falta el amor perdemos la brújula. Y directamente nos puede parecer que todo pierde sentido. No sabemos más quiénes somos, qué cosa somos. Ya no hay gusto por la vida. En suma, más allá de saber si es bueno o es malo, ese vacío, este silencio, este sin sentido, para el ser humano es estructuralmente central.

Ahora, ¿qué revela el proceso analítico ateniéndose a la regla fundamental de decir todo lo que venga a la mente en un análisis? Nos revela que el sujeto dirá, se percate o no, todas sus representaciones –todos sus significantes, decimos en la jerga lacaniana- que se ponen a girar como en un vértice en torno a un vacío de representación, vacío que las aspira y que funciona, si puedo utilizar esta imagen que vale lo que vale, como el famoso agujero negro en el que terminan las galaxias. Todo el análisis gira en torno a ese agujero negro, que tiene dos vertientes.

La primera: todo aquello que yo pienso de mí no dice aquello que soy, pero gira alrededor de ese agujero central que lo aspira. Y la segunda: también todos los objetos – sobre todo las personas- que yo querría, que desearía, que podrían hacerme gozar, por las que quisiera ser amado, giran alrededor de ese famoso objeto freudiano del que hablaba al principio, que es un goce mítico, que nunca existió, y sin embargo del cual siempre tengo hambre, que quiero, que exijo, que grito frente al mundo el derecho de tenerlo.
Este agujero negro, entonces, tiene dos vertientes. ¡Qué desgracia! Dirá usted. Es lo que canta el coro de Sófocles: – quien no hubiera nacido nunca!

El psicoanálisis, la potencia del psicoanálisis, es la de derrocar este agujero negro haciendo que el sujeto lo reencuentre; no sólo la verdad de su ser está precisamente allí, sino que es desde allí que podrá humanamente desear, que podrá humanamente gozar.

La “cosa” es el nombre dado en una primera aproximación a este agujero negro.