Jorge Marugán. CUANDO LA PALABRA SE DESATA

CUANDO LA PALABRA SE DESATA.

 Ponencia sobre la película Solo es el principio en el Ciclo “El arte de educar”.

Colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía, Letras y Ciencias. 31-10-2015.

Solo es el principio recoge la experiencia de un “Taller de Filosofía” para niños franceses durante dos cursos consecutivos en el ciclo de educación infantil (entre tres y cinco años).

La película comienza con la devastadora aseveración del ministro de educación de turno cuestionando la necesidad de formar durante cinco años a maestros que sólo tendrán que “supervisar siestas y cambiar pañales.” Pero, ¿qué ignorancia, feroz y temeraria, manifiesta este ilustre gobernante?

El ministro ignora que alrededor de los tres años se constituye la estructura subjetiva del ser humano, que esta estructura será ya para toda la vida y que dependerá de la relación de lo más real de un ser con las imágenes y símbolos de lo humano. Las imágenes darán (o no) consistencia a la afirmación: ‘Yo soy’; y los símbolos permitirán (o no) conjuntar las diferencias con los otros y establecer (o no) la identidad y la representación de un sujeto: “mi mamá y yo tenemos la misma diferencia”… “me quiere tal y como soy”.

El uso de las palabras, esas que intentan expresar conceptos abstractos, las que hacen el recorrido “de la cabeza hacia fuera a través de la boca” van a determinar los recursos del sujeto para afrontar el dolor y las frustraciones que inevitablemente trae la vida.

Pero la palabra como abstracción requiere un esfuerzo y un riesgo:

1º, exige un espacio y un tiempo. En la película la maestra Pascaline marca la apertura y cierre de ese tiempo encendiendo y apagando una vela: instante (expectante) de ver – tiempo (necesario) de comprender – momento (incierto y precipitado) de concluir.

2º, exige un trabajo y un producto que no está garantizado de antemano.

3º, exige asumir un límite, poner en juego una falta, porque nunca se puede decir del todo lo que se quiere decir y, además, hay que escuchar a los otros que nunca piensan lo mismo. Hablar, en este sentido, es renunciar a poseer plenamente algo, renunciar a una “pre-esencia”.

Como el “Taller de filosofía” se desarrolla durante dos cursos (2º de infantil con 3 o 4 años y  3º de infantil con 4 o 5 años), podemos apreciar algunos temas recurrentes, así como diferencias importantes entre el primer y el segundo año:

– Con 3-4 años los niños parecen sólo ubicarse en un tiempo presente, les resulta difícil proyectarse al futuro. La pregunta de la maestra: ¿Qué no podéis hacer ahora y de mayores sí? no puede ser respondida. En el segundo año, sin embargo, esto cambia radicalmente: no sólo pueden distinguir pasado-presente-futuro (dicen: “para siempre” o “luego no podré”) sino que, hablando sobre el amor, aparece un asombroso comentario usando un tiempo retroactivo, es decir, situándose en un tiempo futuro que define retroactivamente el pasado: “si se piden perdón es que todavía se quieren”.

– En el primer año de taller aparece también la dificultad para separar una imagen de una realidad. Por ejemplo, ante una imagen televisiva de un fuego: “la tele está caliente”. Esta indiferenciación entre la imagen y la cosa otorga a las imágenes todo su poder en la formación de la función del Yo en el ser humano, con las impresionantes consecuencias que Lacan extrae de ello en su escrito sobre el Estadio del Espejo. El valor de la imagen propia, del Yo, precisa entonces ser reafirmado: “Sarkozy viene a mi casa… es amigo de mi padre” o “inteligencia es fardar con el abrigo rosa”. Y la necesaria reafirmación de esta imagen sitúa al niño en una posición básicamente egoista: ¿Si se mueren todos mis seres queridos?“Me quedaré sola y me perderé”.

– En el segundo año parece romperse esta unificación entre la imagen y la cosa real: “los chicos también pueden llevar el pelo largo”. Lo que implica asumir la relativización, los matices, la parcial indefinición de las cosas.

– No obstante, tanto en el primer como en el segundo año aparece un tema recurrente, algo que siempre vuelve, incluso aunque se les pregunte por otra cosa: se trata de la diferencia sexual, ¿cómo encaja eso? ¿cómo casan/encajan los sexos? Porque “casar-se” es la respuesta a esa diferencia, todos se casan, hasta “La Virgen María y Papá Noel”. Y otra pregunta, ¿qué lugar tienen ellos ahí?

-Sin embargo, sólo en el segundo año de taller aparece la posibilidad de ligar ese ‘casamiento’ a una ley: “¡es el código del amor!”. Por ejemplo, “una chica no puede enamorarse de una chica”. Y con la ley llega la vergüenza: “¡que os están filmando!” (cuando se iban a dar un beso).

– Y con la posibilidad de separar la imagen de la realidad de la cosa y de establecer una ley simbólica que ordene los matices y las diferencias llega, como un relámpago en el desierto, el uso de la metáfora: “estar enamorado es tener un corazón en la tripa”. La metáfora junta cuerpo y símbolo, exceso y ley: ‘lo incorporal se hace carne en el símbolo’, dirá Lacan. Real, simbólico e imaginario se anudan, se inscriben en el cuerpo a través del lenguaje. Un cuerpo que requiere de palabras y hace síntomas con ellas: “¡Yanis, eres malo!” o escuchar “florecer” en lugar de “fallecer”. Además están las palabras frente a lo que no ‘casa’: “Las chicas me obligan a reflexionar¡no estáis en mi cuerpo, no debéis dirigirme!

 ¿Qué sucede, entonces, cuando se desata la palabra? Pues que el sujeto ocupa su lugar, se cae y se levanta, y no hay que estar encima de él. Pero lo que vemos desatarse hoy es más bien la pasión por la ignorancia de la mano de la fascinación por la imagen: se estima que los niños franceses pasan 5 horas y media cada día delante de una pantalla.

 Hay una última frase del mismo Yanis tan enigmática como inquietante; alude al lugar del sujeto frente a su exposición abusiva a la mirada como objeto pulsional: “no quiero que me filmen mientras muero”.