Jorge Marugán. HOMOSEXUALIDAD Y PERVERSIÓN (último)

Tanto Freud como Lacan establecen, por tanto, la homosexualidad como posición del sujeto, posición singular, variable, alterable… y la desvinculan de la estructura perversa.

La clínica, por su parte, confirma la elección homosexual de objeto en cualquiera de las tres estructuras: neurótica, psicótica o perversa; pero no deja de indicar ciertas tendencias en los hábitos sexuales de los homosexuales masculinos que, aunque no puedan generalizarse, se presentan con llamativa frecuencia. Me refiero a la incidencia de ese rasgo de “degradación” atribuído por Freud en 1912 a la vida amorosa del varón: la separación entre el amor y el goce, y que se manifiesta en la búsqueda, a veces compulsiva, de encuentros sexuales “inmediatos”, sin vínculo amoroso. Esta tendencia alcanza su máxima expresión en el práctica del “cruising”, del establecimiento de ciertos lugares públicos y abiertos que hoy podemos encontrar en todas las grandes ciudades para encuentros sexuales masculinos y anónimos con “amigos”, título con el que un hombre definió a los sujetos que yo encontraría si seguía la agradable senda por la que iba paseando una tarde en el Parque del Retiro. Estas prácticas no congregan sólo a perversos, las escuchamos también en neuróticos, viniendo en ocasiones acompañadas por autoreproches y culpabilidad, y constituyendo una fuente constante de celos y desconfianza en las relaciones de pareja.

¿Cómo dar cuenta de esta incidencia en la homosexualidad masculina?

Habría que destacar primero, los efectos actuales del significante “gay”, como significante amo; significante que libera y esclaviza al mismo tiempo. Adherirse a la comunidad gay es ser capturado por sus ideales y sus prácticas para no quedar aislado, sólo ante la extrañeza de la sexualidad y la insatisfacción del deseo. El significante gay, con su pretensión totalizante, puede hacer obstáculo a la particularidad y provocar una cesión sobre el propio deseo. Y esto sumado, por supuesto, a la presión de otro amo: el mercado, que promete la satisfacción del deseo y empuja al consumo compulsivo de objetos.

En segundo lugar podemos poner el acento en el componente “masculino” de la homosexualidad masculina. En su seminario “Aún” Lacan plantea que el lado hombre de habitar el lenguaje tiene como pareja al objeto a; que sólo como objeto a el macho alcanza al Otro sexo, y lo hace apoyado en su fantasma. Podemos pensar que este objeto a, perdido para el hablante, puede funcionar como objeto “causa de deseo” articulado a la función fálica que se sostiene en el velo y de la falta. Pero el a puede funcionar también como objeto “causa de goce”, aún de goce fálico, tanto en neurosis como en perversiones, cuando es tomado por un semblante que se ofrece exhibido y directo, en un desesperado intento puntual de esquivar la castración. La homosexualidad masculina parece acentuar la vertiente masculina del intento de encontrar al Otro sexo como objeto, pero sin recurrir ni al velo, ni a la falta, ni al significante del Otro barrado ubicado en el segundo piso del grafo, el piso de la castración; sino más bien desde el silencio y el cortocircuito del deseo.

Finalmente, ¿qué determina esta acentuación paradójica de la vertiente masculina en el encuentro homosexual? El hombre fetichiza al Otro sexo para alcanzarlo. Pero no parece ser equivalente fetichizar el pene de la pareja como haría el varón homosexual, que fetichizar la imagen del cuerpo de la mujer. Podemos preguntarnos, ¿la fetichización del pene respondería a una operación de metonimia del significante fálico, de desplazamiento simple sin creación de sentido, y la fetichización del cuerpo femenino a una operación metafórica en el Nombre del Padre y vía de encuentro con el significante del Otro barrado? Sería difícil llegar a esa conclusión sin caer en la normativización sexual.

HOMOSEXUALIDAD Y PERVERSIÓN.

Coloquio Fed. Europea para el Psicoanálisis: “Angustia y perversiones.” Abril, 2015.