Gerardo Gutiérrez. LA BANALIDAD DE LA PULSIÓN DE MUERTE (último)

(…)

Me interesa señalar el carácter banal más que lo malvado.

Lo que planteo es que la pulsión de muerte sería la banalidad de la destrucción, la indiferencia hacia lo destruido, sea el otro o sea el propio yo, como en la melancolía.

Es la pobreza representacional (el otro no tiene vida propia, ni familia, ni sentimientos, ni nada que mueva al yo del destructor a odio, a culpa, a conmiseración, etc.) la que conforma esta banalidad. Pero lo mismo puede pasar respecto al propio yo, cosa que tan bien muestra Arendt en relación a Eichmann[1].

Ahora es Elisabteh Roudinesco quien habla, de Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, otro de los criminales nazis más siniestros. Cierto día quiere comprobar cómo se está llevando a cabo el exterminio en sus cámaras de gas y entra en una de ellas en la que como no es difícil imaginar todo es muerte, amontonamiento, excrementos, putrefacción, hedor, etc. Y se tranquiliza al ver que los muertos no tienen signos de crispación. Dice Roudinesco:

(…) no quiere oír, ni ver ni oler. En el goce que es el suyo en ese momento se expresa de manera aterradora la realidad de la pulsión de muerte en estado puro que caracteriza el universo nazi (…) A este respecto, es el alumno perfecto de Eichmann: vacío, chato, inconsistente, limitado, normal  (Roudinesco 2009, p. 171, 174)

Ciertamente que eso lo es en uno de los sectores de su vida en el que prima la pulsión de muerte sobre el deseo, sobre su libido. En otros no es así. Höss podía ser esposo y padre amantísimo de 5 hijos en casa y verdugo sordo y ciego en el Campo de exterminio[2].

Complejo de Edipo y pulsión de muerte

Unos breves comentarios, finalmente, sobre un par de aspectos de nuestra constitución psíquica, desde esta perspectiva en que nos hemos situado.

El problema central y acuciante, en el edipo,  es el deseo de la madre.

El deseo de la madre, si no hay falo o metáfora paterna, se convierte en expresión de la pulsión de muerte. Deseo materno que se ha representado como las fauces de un  cocodrilo que amenazan con engullir al hijo. Y la significación del falo, como el palo que obstaculiza la clausura de esa boca terrible, defiende al niño de esa madre devoradora y le ata a la neurosis. Esa madre, que tendría que civilizar el goce del hijo y ordenar sus zonas erógenas, pero que en lugar de ello propone un goce fusional total (Mira 2006)

 En este punto recuerdo una película magnífica e impresionante: Mi hijo, de Martial Fougeron, Concha de Oro en Festival de S.Sebastián en 2006

En ella están los elementos mencionados: el deseo de la madre, sin falo ni metáfora paterna. En este caso, el hijo hace intentos por salir, pero no tiene la capacidad ­-esa capacidad que debería tener el padre-, para proponer la alternativa del falo a ese deseo devorador de la madre.

El último intento, trágico, loco, es el de eliminar a la madre. Tras este intento fallido cae finalmente en las fauces de esa madre. Caída que la película metaforiza bellísima y ominosamente.

Pensemos en el incesto del que hablamos como fondo y amenaza del complejo edípico, desde el ángulo de la pulsión de muerte.

¿De qué se trata? De una fusión total con el objeto, de ese deseo de la madre, sin freno fálico, que engulle al hijo, que lo desubjetiviza, que lo mantiene en una condición de objeto.

Y para el niño sería lo mismo, una madre que no es madre, que no está diferenciada de sí, que no se constituye como otro y, mucho menos, como Otro.

Esta será la idea del incesto, la no diferenciación, el goce total, aquello para evitar lo cual se construye el aparato psíquico (Nasio, 1999). Un aparato psíquico que quedaría a expensas del puro principio de inercia: la tendencia al vaciamiento total de la energía psíquica.

Porque no implica la muerte del individuo (lo decíamos antes) sino existencias vacías, indiferenciadas, vegetales decimos a veces, en un puro goce repetitivo (más o menos libidinal), “condenados a vivir hasta que la muerte sobrevenga”, como Jérôme, el paciente obsesivo de Leclaire (Leclaire, 1982, pp.89-109), o como podemos ver en un buen número de pacientes esquizofrénicos.

Edipo es la posibilidad de escapar a esta constelación mortífera. Y escapar con una falta estructural que, en cierta medida, asegurará la privación de la madre y el desear del hijo. Sólo en cierta medida, porque la pulsión de muerte, la pulsión, no dejará de “tentar” al sujeto hacia ese goce distanciado, ajeno a las representaciones.

Por supuesto que ahí nos encontraremos con repertorios muy distintos que marcarán diferencias muy significativas entre la histeria, la fobia, la neurosis obsesiva, la afección psicosomática, etc.

Narcisismo y pulsión de muerte

Respecto a la relación del narcisismo con la pulsión de muerte:

¿la pulsión de muerte al servicio del narcisismo?. Algo dice Freud en este sentido respecto a la pulsión de apoderamiento y la agresividad . En el narcisismo todo el deseo es arrastrado hacia el yo. Pero es también un movimiento regresivo, un empobrecimiento del yo que puede, paradójicamente, resultar destructivo, precisamente por ello. El sujeto queda fascinado, paralizado, frente a esa imagen congelada, de un yo congelado también.

De la misma manera que matizábamos hace un momento el incesto como algo muy lejano de la riqueza del amor de objeto, algo parecido habría que decir del narcisismo. Muy lejano también del amor hacia sí mismo. El narcisismo, en su extremo, cuando está al servicio de la pulsión de muerte, es letal. Piénsese en Narciso, ajeno a los atractivos del otro y atado a una imagen estática, invariable, inevitablemente precaria y pobre, por esa trágica inercia.

Narciso ¿quiere la destrucción de la ninfa Eco?. No. Eco le trae sin

cuidado y es eso precisamente lo que la mata. No veo por qué hablar de destrucción, de agresividad, de rivalidad.  En el sujeto “verdaderamente” narcisista (psicótico) no hay lugar para el otro. Como tampoco lo hay en el yo placer purificado, propio del narcisismo primario

Quiero terminar estas reflexiones con unos párrafos de un artículo de Guadalupe Rocha, breve y sugerente, que analiza, desde la perspectiva de la pulsión de muerte, la indiferencia y el odio en nuestra sociedad actual:

(…) Nos hallamos cada vez más inmersos en un estado social como ausentes, borrosos, sin significación ante la mirada de los otros ni ante nuestros propios ojos. En un estado en el que parecería que sólo queda la pantalla mental de la indiferencia. Frente a este panorama es inevitable vincular todas estas pasiones contemporáneas, pasiones sin objeto, y condenadas por tanto a cristalizar preferentemente sobre cualquier cosa. (…)

Ya no se trata de la búsqueda de un objeto perdido que nunca existió, se trata más bien de borrar las huellas, como si de un crimen perfecto fuese el intento. Que no quede rastro ni sombra, que el objeto colme la necesidad impidiendo el surgimiento del deseo. El enemigo de la pulsión de muerte está en riesgo de ser derrotado. El enemigo que no es otro que el objeto que causa el deseo, ya que paradójicamente es también el que suscita el odio. Odio debido a que las experiencias dominantes en el encuentro con el otro son de displacer, violencia, sufrimiento e impotencia frente a esto (…) El triunfo de la pulsión de muerte, tendría que ver consecuentemente con alcanzar el deseo de no deseo para lo cual están todos los señuelos posibles disfrazados de mercancías (Rocha, sin fecha)

Pulsión de muerte: habrá pocos conceptos en la obra de Freud que hayan despertado tales pasiones, tanta investidura, tanto debate. Tantos “redescubrimientos”. ¿Será porque, incluso como concepto, se hace necesario domeñarlo? ¿Será por ese carácter enigmático de algo que no se puede ver sino envuelto en los velos del deseo?

[1] Christophe Dejours se ha valido también de este concepto de banalidad del mal para reflexionar sobre la injusticia social (Dejours 2006)

[2] Considero conveniente incluir una aclaración: las acciones de los personajes de las obras que comentamos antes al igual que las acciones de Eichmann aparentemente parten de su consciente. No sabemos qué habrá en su inconsciente, por decirlo así. Tal vez ese frío proceder esconde un sadomasoquismo cargado de libido. O tal vez lo que parecía un significante sexual que insiste una y otra vez, no era sino un absoluto desprecio por el otro que deja de ser significado.