Gerardo Gutiérrez. LA BANALIDAD DE LA PULSIÓN DE MUERTE (VI)

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En la pulsión de muerte no puede haber intencionalidad destructiva

Volvemos a nuestro recorrido.

Creo que no hay un específico afán de destrucción en la pulsión de muerte. Ello implicaría un por qué, una significación, una intención. No hay afán de destrucción… pero destruye. Convierte al otro y a sí mismo en “cosa”.

Suponemos que las pulsiones del ser humano son sólo de dos clases: aquéllas que quieren conservar y reunir –las llamadas eróticas (…), y otras que quieren destruir y matar; a estas últimas las reunimos bajo el título de pulsión de agresión o de destrucción (Freud 1933, p.192)

Creo que no necesariamente se trata de un placer de destruir o de matar, más bien se trata de una negación de la diferencia que implica la existencia de otro semejante (semejante diferente), en negar la servidumbre o el compromiso que supone la existencia de otro que se constituye como objeto, que se objetiviza respecto a mí; la consideración del otro como otro.

Y algo parecido podríamos decir respecto al propio yo, la no aceptación de un yo al que tendría que reconocer, con el que, de alguna forma, me tendría que comprometer, que tenerlo en cuenta, un yo que, desde este punto de vista, también se constituye como otro.

Cuando encontramos ese deseo de destrucción o de autodestrucción ya es de la mano del deseo, o de la mezcla con libido. El ejemplo inmediato lo dan el sadismo y el masoquismo.

No es por tanto la destrucción o la maldad o lo demoníaco lo que identificaría a la pulsión de muerte. Ni muerte ni destrucción, a no ser destrucción de las ligaduras, desprecio por la representación y, por tanto y como consecuencia, destrucción y muerte del deseo.

El sujeto, llevado por la pulsión de muerte, no pretende matar o matarse, ignora y se ignora, lo cual, posiblemente, acabe siendo nocivo para la integridad física del otro, y del propio sujeto, pero no necesariamente, ni es ésa su intención. Es la muerte del Otro (el Otro de lo simbólico, el Otro de las representaciones) lo que se pretende y, si se produce la muerte del otro (del semejante) será una consecuencia no intencionalmente buscada.

Sobre la “banalidad” de la pulsión de muerte

Hay una idea que me parece califica mejor a la pulsión de muerte. Se trata de una idea introducida por Hanna Arendt  en el libro Eichmann en Jerusalén (1963, 2008): la banalidad del mal

A Hanna Arendt  se le encomendó el seguimiento del juicio y la redacción de un amplio informe sobre este sonado proceso contra Eichmann, un oscuro mando intermedio del ejército de Hitler que, durante años, llevó a cabo la organización de la deportación de centenares de miles de judíos a los diferentes campos de exterminio nazi.

Esta obra no pretende, como dice la propia autora, ser un estudio sobre el Holocausto, ni sobre las razones que pudieron llevar al pueblo alemán a la comisión de tan terribles acciones.

Lo que pretende es dar cuenta de la naturaleza y dificultades del proceso judicial y tratar de explicarse los motivos y características de personalidad que pudieron llevar a Eichmann a realizar con tamaña eficiencia su parte correspondiente de la Solución Final.

Y este estudio le lleva a proponer, pensando en el obrar del acusado y su actitud durante el juicio, la idea de “banalidad del mal”

Eichmann es personaje gris, sin perfiles, sin matices, no es un sádico, no disfruta, tampoco es un servidor sometido que se ampare en la “obediencia debida”. Lo hace porque tiene que hacerlo. Ha actuado con la misma meticulosidad que habría mostrado si se hubiera tratado de montar una organización de viajes de placer. Lo hubiera hecho con la misma banalidad. Es un personaje opaco.

En el juicio afirma no tener nada en contra de aquellos a quienes condujo, por decenas de miles, al matadero. Es más, se precia de haber mantenido excelentes relaciones con los jefes judíos con quienes estableció relaciones de franca colaboración en muchos casos (este papel de los jefes y Consejos judíos es uno de los datos incomprensibles y siniestros que se ponen de manifiesto en el juicio)

Cito a Hanna Arendt:

Eichmann no era un Yago ni era un Macbeth…. Carecía de motivos… hubiera sido absolutamente incapaz de asesinar a su superior para heredar su cargo…. Sabía muy bien cuáles eran los problemas de fondo con que se enfrentaba… No, Eichmann no era estúpido. Únicamente, la pura y simple irreflexión- que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez- fue lo que le dispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como “banalidad”, e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común. (…) En realidad, una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana. Pero fue únicamente una lección, no una explicación del fenómeno, ni una teoría sobre el mismo  (pp. 417-18)

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