Gerardo Gutiérrez. LA BANALIDAD DE LA PULSIÓN DE MUERTE (V)

(…)

Para contestar a esta pregunta, distinguiría dos ángulos de lo mismo: una satisfacción en exceso y una satisfacción de la perpetua repetición. Exceso y repetición. Repetición del goce y goce de la repetición, podríamos decir.

Respecto a lo primero:

Lacan introduce el término goce para aludir a la satisfacción pulsional en bruto; satisfacción que, por escapar a los mecanismos de regulación del placer, sobreestimula al organismo provocando un cortocircuito y convirtiéndose en fuente de malestar. El goce sería, por tanto, un exceso, un más allá del principio del placer que desbarata el orden simbólico, como una mancha que nunca sale. Se asimila así a la dimensión de lo Real y podríamos vincularlo a la pulsión de muerte freudiana (Marugán 2008)

Respecto a lo segundo:

A través de la compulsión de la repetición, nombre privilegiado de la pulsión de muerte, aquello que se había dado por sorpresa, de forma inesperable e inanticipable, eso frente a lo que no se puede reconocer ningún tipo de implicación subjetiva, se transforma ahora en cifra del Destino. Lo que fue contingente reaparece, retorna, tomando la forma de lo necesario. (…) sin ningún tipo de consentimiento, al menos en la conciencia (Alemán y Larriera, 2007)

Verdaderamente esta cuestión de la satisfacción pulsional quedó iniciada en Freud (Pegan a un niño; Inhibición, síntoma y angustia; El malestar en la cultura, etc.) pero incompletamente desarrollada. Es Lacan quien ha avanzado a partir de ahí con su teoría de los goces. (Miller, 1986 y 2000);  Marugán (2008)

Propongo ahora un pequeño cambio de ritmo, un a modo de “área de descanso” en este recorrido. Y para ello sugiero recordar, aunque sea brevísimamente, dos películas y una novela (si se puede llamar así) que podrían ilustrar estos diferentes grados de mezcla pulsional:

El imperio de los sentidos, de Nagisa Oshima 1976

Leaving Las Vegas, de Mike Figgis, 1995

La novela: Bartleby el escribiente, de Herman Melville 1853

En El Imperio de los sentidos encontramos una situación frecuente, casi tópica en la literatura y en la vida: una pareja estable y con hijos, otra mujer, surge el deseo, el sexo a escondidas, las rivalidades, los celos, los intentos de manipulación, etc. Hay personajes, lugares, actividades, conversaciones, violentas discusiones. Poco a poco todo eso va desapareciendo y todo se desarrolla en un único espacio, siempre solos, con desprecio absoluto hacia los otros, en un coito repetitivo, compulsivo, asfixiante…. Se recurre a cualquier cosa para poder seguir, incluido el estrangulamiento de él…..

El deseo libidinal ha ido dejando paso a la repetición mortífera. ¡Hay que seguir como sea!… ya no a la búsqueda de placer, sino de un más allá en donde reina la repetición silenciosa, progresivamente indiferente hacia todo lo que no sea el goce de la repetición

En Leaving las Vegas, el protagonista entra, tras un divorcio, en una espiral autodestructiva que le lleva a las Vegas donde piensa beber sin freno.  “Nunca me pidas que deje de beber” le dice a una encantadora mujer, prostituta, que le ama de inmediato y de la que él no quiere apartarse ya “¿eres un ángel en mis sueños de borracho?”  Pero ni el deseo ni el amor lograrán contener ese circuito pulsional que le lleva, imparablemente, a la muerte.

El que se empeña en morir, o en  ”descargarse” sexualmente, o en comer sin tino, o en no comer hasta la muerte, etc. Serio problema para la clínica.

Bartleby el escribiente, representa en cierto modo la mejor analogía de lo que sería la pura pulsión de muerte.

El narrador es un personaje que tiene una oficina en donde trabajan varios escribientes. El último en entrar, Bartleby, tiene una figura que describe como  “pálidamente pulcra, lamentablemente respetable, incurablemente solitaria”.

Este sujeto, silencioso y eficiente, contesta indefectiblemente a toda demanda, propuesta u orden con esta frase: “preferiría no hacerlo” o “preferiría no” según otras versiones.

Lo mismo cuando se le asigna un trabajo, o cuando se le pide que salga, o cuando se le despide del trabajo, etc. Finalmente, en la cárcel, a donde ha ido a parar porque también preferiría no… abandonar el piso de los nuevos propietarios, se abandona, prefiere no… comer, y muere.

Es impresionante este personaje para el que sólo existe un significante, el “preferiría no”. Un S1 que no hace cadena de ningún tipo. Tampoco tiene presentes las representaciones de los otros ni las del propio yo.

Sólo esa cantinela machacona y anuladora de todo que acaba destruyéndole aunque no fuera ése su propósito. Ni ése, ni ningún otro.

Si lo pensamos desde la subjetivización del goce, también creo que en estos tres ejemplos podemos encontrar una gradación de mayor a menor. En el último, en Bartleby, resuena la afirmación lacaniana de que “la pulsión es acéfala, sin sujeto”.