Gerardo Gutiérrez. LA BANALIDAD DE LA PULSIÓN DE MUERTE (IV)

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Pulsión y deseo. La pulsión orienta al deseo (el objeto de la pulsión es causa del deseo) Y viceversa, lo que causa el deseo es objeto para la pulsión. Y eso es lo conveniente, que pulsión y deseo caminen juntos.

Que caminen juntos” es una manera de hablar, no hay manera de acompasarlos. El deseo se dirige a un fin. Un fin al que, por principio, nunca llegará, pero en el recorrido irá encontrando placeres y displaceres. La pulsión no se orienta a otro fin que la satisfacción en un circuito, en un run-run repetitivo sin fin. Circuito en el que obtendrá satisfacciones parciales que no paralizarán la repetición compulsiva. Pulsión y deseo se mezclan pero no se acompasan.

Recuerdo el magnífico ejemplo del burro y la noria. Se trata de un burro que, uncido a la noria, sigue imperturbablemente a una zanahoria. En realidad la zanahoria la lleva atrás y lo que él ve delante de sus ojos no es sino una imagen de la misma, reflejada en un espejo. La pulsión de vida, tras la representación de la zanahoria, empuja hacia delante, acicatea diría Freud. Ése es el deseo.

Pero, sin saberlo, el sujeto va hacia el objeto real que está, siempre, “atrás”. Es siempre un movimiento regresivo. Y siempre atado, además, a algo real, el brazo de la noria en este caso.

El retorno a lo inorgánico diría Freud. El retorno a lo prerepresentacional, creo que sería más exacto. Esa sería la pulsión de muerte.

El ejemplo nos permite dar alguna vuelta más (nunca mejor dicho). Y podemos suponer que el sujeto-burro, por el costado de la pulsión de muerte, empezaría a intuir, a sospechar que no hay zanahoria, que nada placentero espera más adelante o más tarde. Pero no le importa, lo prefiere, seguiría su circuito imparable hasta desfallecer, “le ha cogido el gusto” a ese caminar estúpido y cansino…

El ejemplo, como todo ejemplo, tiene sus limitaciones  nos vale como metáfora del carácter retrógado, conservador,  de la pulsión, también acerca de la mezcla pulsional, pero no vale en cuanto al mayor o menor carácter representacional de una y otra.

Miraremos ahora más de cerca a la pulsión de muerte freudiana, objeto de estas reflexiones.

Al principio de la vida el Ello sería sólo pulsión. La pulsión puro empuje.

Conforme se van produciendo experiencias de relación con los objetos, o con el propio yo (autoerotismo) van produciéndose huellas. La pulsión -la energía de la que empezamos hablando- en parte se liga (aunque precariamente, proceso primario) a esas representaciones. Constituyendo así deseos que ya se mueven entre huellas, entre representaciones, que aspiran a alucinar o, más adelante, a recordar….

Tendríamos por tanto que una parte de esa energía se mantiene como un empuje directo a la satisfacción: la pulsión propiamente dicha.

Y otra parte se convierte en un empuje mediado por representaciones cada vez más complejas hacia satisfacciones también progresivamente complejas: identidad de percepción mediante alucinaciones, identidad de pensamiento mediante discriminaciones entre lo percibido y lo recordado, satisfacciones en la fantasía, etc. Aquí la pulsión, en este amplio rodeo a la satisfacción, está envuelta en representaciones libidinales de objeto. Constituye los deseos.

Pulsión y deseo. Son diferentes pero, ya lo hemos dicho, indefectiblemente se mezclan.

La pulsión de muerte evita la representación. Cualquiera que sea. Las representaciones del otro y las representaciones del propio yo. Y eso la hace potencialmente destructiva. Respecto al otro y respecto al yo. Ignora al otro y/o al yo.

Más concretamente: la pulsión de muerte tiende a romper los mencionados niveles de ligadura que han dado lugar a los deseos y, en consecuencia, produce la desinvestidura de estos deseos.

También ataca a la investidura de las representaciones-cosa inconscientes (acción ésta que encontramos en la esquizofrenia, por ejemplo). Al desinvertirse la representación se pierde la cualidad representacional, aquello que otorga cualidad a la energía convirtiéndola en pulsión de vida y en deseo, y se vuelve a la pura cantidad

Y, por otro lado  al retirar la investidura de la representación se pierde el deseo de volver a percibir la vivencia de satisfacción. Y esta pérdida del deseo de tener nuevas vivencias paraliza la acción.Sin deseos, sin empuje a la acción específica, se accede a una quietud que para Freud conduce hacia lo inorgánico  (Valls, 2008, pp. 492-493)

Una matización. Creo que no paraliza la acción. Pero sería una acción sin deseo. Una acción que no busca el placer del reencuentro con el objeto, ni el placer de la vivencia, ni su recuerdo. Es la compulsión a la repetición. La acción específica de la pulsión de muerte.

Y la pulsión, ¿se descarga, se satisface, en este accionar sin sentido, en este repetir loco y displacentero? ¿en qué consistiría la satisfacción de la pulsión (de muerte), en ese en otro registro, distinto al del placer, en ese más allá del placer?

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