MDMA ¡Dame más de esa madre!

// Farmakon

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La operación del farmakon representa un intento de cancelación tóxica del dolor y una restauración de un objeto alucinatorio. Sobreviene como en respuesta a una falta de elaboración del cuerpo pulsional, ligada a una insuficiencia de la función simbólica.

Sylvie Le Poulichet

Metilendioximetanfetamina, MDMA. ¡Dame más de esa madre! Éxtasis, pastilla, accidente de la ciencia, Merck, producto de la tecnociencia.

Hemos sido expertos en modificar nuestra sensación a través de prótesis químicas, y actualmente la vida contemporánea nos demanda más de nosotros mismos: ¡dame todas tus linas y minas, dopamina, serotonina y noradrenalina!. El alma nunca deja de trabajar: hoy, la plusvalía también es extracción de dopamina, todos nos piden que la segreguemos excesivamente de una manera natural o artificial en el trabajo, en la cama, en la calle, en los conciertos: ya sea para gozar o para trabajar, toda la cultura avanza segregándola y extrayéndola para que la máquina no pare y no cese de producir: producción, consumo, registro.

Toda la familia de las metanfetaminas —éxtasis, tachas, nenas y demás— fue diseñada para cubrir dicha función: hacer el fine tunning de la sensación del cuerpo, drogas más estéticas que extáticas, las sensaciones producidas hacen creer en la ilusión de salir de uno mismo y tener casi una revelación, pero la realidad es que son estados artificiales, efectos de superficie, embotamientos del alma, prótesis narcisistas, suplencias y suplementos de ser. Hoy una sustancia puede suplir un ser o ser suplemento para sostenerlo en el mundo.

El caso del éxtasis o de las tachas, como se nombra popularmente, es muy interesante porque es una droga que se rodea de imaginarios en donde se facilita el contacto vertiginoso con el otro. Pretende ser un sustituto químico para hacer lazo o creer que se hace lazo. El imaginario que rodea la estética del éxtasis o las tachas es sumamente sexual y de limite de la sensación: se prende en el cuerpo como fuego azul que se consume internamente; no quema, es más un frío interior’ pero por fuera se siente la piel caliente y chinita, ojos desorbitados, como de huevo duro, el cuerpo siente un terrible babeo, se siente como flujo que escurre y demanda continente para ser contenido; un cuerpo continente para vaciarse en él, para arrojarse e incluso para destruirlo. No es amor, es una entrega balbuceante, gozosa; el lenguaje se va a la mierda, aquí no hay lenguaje, sólo un statement estético que domina: quiero sentir el limite de la sensación, ¿con el otro?

La paradoja de las formas de vivir el éxtasis en nuestros tiempos —tomando como ejemplo este tipo de experiencias químicamente inducidas— es que en el fondo es una experiencia de insatisfacción y de retrotraimiento. El trabajo de la sustancia en el cuerpo mata la expresión y genera un estupor con el cual ninguna razón o pensamiento puede con él. El bajón del éxtasis o de este tipo de sustancias es un pequeño infierno. El cuerpo y la mente la cobran: no es posible seguir segregando dopamina de la misma manera, o la glándula tiene una fuga, melancolía, depresión, ataque de pánico. La única salida es soportar la caída o consumir más. Soportar la caída implica enfrentar el vacío en el cuerpo: ¿y mi prótesis? Abstinencia, demonio. Consumir mas posterga la caída, pero va asegurando la dislocación de la sensación, una imposibilidad de sentir placer naturalmente, sino más que condicionado a la sustancia: un poco de MDMA. ¡Damr más de eso, porque muero porque no muero!

Las formas de vivir el éxtasis en los tiempos contemporáneos se topan con este tipo de impasses o callejones sin salida, entre la melancolía y la megalomanía, replegado sobre uno mismo o desbordado sin control. Todo redunda en insatisfacción, en ese debilitamiento de la potencia de ser, en esa falta ficcional de objeto, tener y no ser. Nada obtura ese agujero y se idealiza la satisfacción condicionada al consumo, a la incorporación de sustancias y de experiencias estéticas. La insatisfacción es la trampa del deseo, la insatisfacción es queja y no protesta; el capital requiere producirla como condición para producir el circulo vicioso del consumo.

El sentido de éxtasis como salir de uno mismo, proyectarse fuera en un mundo que se nos abre parece haberse invertido: lejos de estar abiertos estamos encerrados en nuestras pequeñas conciencias, y el éxtasis que buscamos es meramente corporal, profano y efímero, pues termina en un embotamiento y un estupor que aniquila el lazo social. No hay proyección de un horizonte temporal ni construcción de una comunidad: tiempo de vértigo, instantaneidad y actualidad extrema, se instala la ilusión contemporánea de acceder a lo real en tiempo real sin mediación del intervalo (Silvia Quevedo).

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