F. Javier Montejo Alonso. BUDAPEST 1918: PSICOTERAPIA PARA DESPUÉS DE UNA GUERRA (II)

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Así pues, tranquilidad. Después entusiasmo guerrero y patriótico, al que no escapaba Freud. Zweig lo relata de manera insuperable:
«Una veloz excursión al romanticismo, una aventura alocada y varonil: he aquí cómo se imaginaba la guerra el hombre sencillo de 1914, y los jóvenes incluso temían que les faltara este maravilloso y apasionante episodio en su vida; Por eso corrieron fogosos a agruparse bajo las banderas, por eso gritaban y cantaban en los trenes que los llevaban al matadero, la roja oleada de sangre corría impetuosa y delirante por las venas de todo el imperio.(…) Por eso las víctimas de entonces iban alegres y embriagadas al matadero, coronadas de flores y con hojas de encina en los yelmos, y las calles retronaban y resplandecían como si se tratara de una fiesta»5.
«El alma colectiva y el alma infantil reaccionan de forma parecida», nos dice Sebastian Haffner6 en sus memorias, entonces las memorias de un niño. Ahora vamos a prestar oído a dos niños de entonces, el propio Haffner, que contaba
en 1914 siete años de edad; y también a Arthur Koestler, que tenía nueve años.
Son los recuerdos de dos niños en dos ciudades: Berlín y Budapest:
«El estallido de la pasada guerra mundial, con el que la etapa consciente de mi vida comenzó de golpe y porrazo, me pilló como a la mayoría de europeos: en plenas vacaciones de verano. Lo diré de entrada: la frustración de estas vacaciones fue la peor consecuencia que toda la guerra pudo tener en mi persona (…) Aquel primero de agosto de 1914 acabábamos de decidir no tomarnos en serio todo aquello y quedarnos disfrutando del veraneo (…) Y así fue posible que justo el primero de agosto de 1914 decidiéramos que la guerra no iba a tener lugar y que nos quedaríamos allí donde estábamos.
Jamás olvidaré aquel 1 de agosto de 1914, y el recuerdo de ese día siempre me ha provocado una profunda sensación de tranquilidad, de tensión aliviada, de «todo irá bien».
Fue un sábado, con toda la maravillosa placidez propia de un sábado en el campo.
(…) Sí, finalmente, la conclusión de que no podíamos estar en guerra resultó casi irrebatible y, por tanto, no nos dejaríamos intimidar, sino que permaneceríamos allí hasta que terminaron las vacaciones, como siempre (…) No tenía ni idea de que fuera posible mantenerse al margen de aquella locura festiva generalizada. Ni de lejos se me pasó por la cabeza la idea de que pudiera haber algo de malo o peligroso en una cosa que causaba una felicidad tan obvia y regalaba aquellos estados de alegre embriaguez tan poco frecuentes.
El caso es que, por aquel entonces, para un niño que viviese en Berlín una guerra era, evidentemente algo en extremo irreal: tan irreal como un juego. No había ataques aéreos ni bombas. Había heridos, pero sólo a distancia, con vendajes pintorescos» (Sebastian Haffner)7.
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5 ZWEIG (1976) pp. 290-291.
6 HAFFNER, S. (2000), Gesciichte eines Deutschen. Die Erinnerungen 1914-1933, Stuttgart, Deutsche verlags
Anstalt (vers.cast.: Memorias de un alemán. Memorias 1914-1933, Barcelona, Destino, 2001).
7 HAFFNER (2000), p. 16 y ss.