Gerardo Gutiérrez. LA BANALIDAD DE LA PULSIÓN DE MUERTE (III)

Pero es sabido que tras un largo tiempo en que el modelo teórico y terapéutico se fue perfeccionando y parecía responder a las necesidades que planteaba la clínica, se empezó a ver que algo se escapaba a este modelo.

Y básicamente, lo que escapaba a este modelo regido por el principio de placer y el principio de realidad es la pulsión. Esa pulsión que parecía representable, educable. Que podía ser reprimida, contenida por el síntoma, sublimada, redirigida hacia sí, vuelta en lo contrario, etc., se escapaba y operaba, más allá de todo principio, incansable, excesiva, silenciosa, irrepresentada. Puro empuje, mudo y ciego.

Hasta el punto de que la pulsión conseguía satisfacción incluso en el displacer. Con lo que la equiparaciones “incremento de carga=displacer”, “descarga=placer” y, más todavía, “ganancia de placer=evitación del displacer” se complejizan. El sujeto consigue placer en el displacer. Una auténtica paradoja que ya menciona Freud en Más allá del principio de placer (Freud, 1920).

Se produce allí [en esta obra de Freud] una modificación en la lectura de los procesos psíquicos en relación al placer-displacer y se sustituye una lógica de la no-contradicción y de la identidad en donde el placer y el displacer eran entidades cerradas, gobernadas por el proceso homeostático, por otra lógica paradojal en la cual el displacer no es lo opuesto del placer, sino que se trata de oposiciones interpenetradas, placer en el displacer, displacer en el placer (Ustarroz, 2005)

Eso alteró seriamente el modelo teórico que requeriría de otra teoría del aparato psíquico y debería modificar significativamente la clínica. Si en lo primero Freud sí se empleó a fondo y prueba de ello son Más allá del principio de placer (1920), El yo y el Ello (1923), Inhibición, síntoma y angustia (1926), El Malestar en la cultura (1930), en lo segundo, en la renovación del método analítico, lo dejó pendiente. Y han sido J.Lacan y sus seguidores, fundamentalmente,  los que se han atrevido con esa enorme patata caliente. La clínica de la pulsión, o del objeto a, o del goce.

Cuestionamiento de la disyunción “pulsión de vida” vs “pulsión de muerte” y propuesta de la disyunción “deseo” vs “pulsión”

En 1920 Freud propone dos pulsiones que llamará de vida y de muerte.

Digamos de entrada algo que ya se ha dicho mucho antes por otros, que fue una mala elección la de estas denominaciones, porque lo que está en juego no es la vida o la muerte del sujeto. La vida o la muerte siempre están en juego, pero no adjudicadas de esa manera. Creo que sería más justo hablar de la vida o la muerte… del deseo[1].

La pulsión de vida, representada, simbolizada, no es otra cosa que el deseo. La oposición no sería, por tanto, “pulsión de vida / pulsión de muerte”, sino “deseo/pulsión”. (Colina, 2006)

Si podíamos pensar que la pulsión tiene un haz (pulsión de vida) y un envés (pulsión de muerte), que es otra manera de representarnos la idea de la mezcla pulsional, creo ahora que sería más clarificador pensar en un haz (deseo) y en un envés (pulsión).

Y siempre van juntos. Intrincados, mezclados. En mayor o menor medida, esa es la cuestión importante para la clínica[2].

[1] Ciertamente que la muerte del deseo acarrearía, en los extremos, la muerte del sujeto. Si entendemos sujeto en el sentido fuerte que tiene para el psicoanálisis. Otra cosa es la muerte biológica, la muerte del viviente, que no está necesariamente en juego para la pulsión de muerte.

[2] Aquí nos encontramos con una paradoja: tratar de definir específicamente algo y, a la vez, afirmar que siempre va intrincado con otra cosa. Tal vez habría que renunciar a la supuesta especificidad, aunque no lo haremos por el momento.