Jorge Marugán. Los cuatro o cinco discursos y la crisis en el lazo social (III)

Y, avanzando más en nuestra propuesta, ¿qué modalidad de goce sería propia de cada discurso? Lacan, en el Seminario XXII, localizó tres modalidades de goce soportables por la estructura borromea del ser hablante: goce del sentido, goce fálico y goce del cuerpo. Podríamos relacionar cada una de ellas con el tipo de goce compartido en cada discurso. Así, el goce del conjunto de esclavos sería goce del sentido; sentido producido por el saber del esclavo y su resultado: los objetos que calman (momentáneamente) el deseo mortífero del amo. El goce fálico correspondería al conjunto de hombres interpelados por la falta de la histérica; como un Freud que, ante la terrible visión de la garganta de Irma, convoca angustiado a los colegas médicos para producir juntos una respuesta: una inyección fálica, la imposición de un saber sexual masculino. Y en tercer lugar, el goce que enlaza a los a-estudiantes sería el goce del cuerpo, una especie de goce místico ante el todopoderoso saber que habla por la boca del profesor; goce que los lleva a producir una falta que los barra como sujetos.

Entonces, ¿qué acontecimientos han marcado la evolución histórica de los discursos para dar lugar a la profunda crisis en el vínculo a la que hoy nos vemos abocados?

Partamos de la escritura del discurso del amo señalando las relaciones antes indicadas donde el significante amo o significante sin sentido (S1) ocupa el lugar del agente deseante que interpela y pone a trabajar al significante del saber (S2) que producirá para él un objeto plus de goce (a) como respuesta a ese deseo, siendo la verdad del amo su propio barramiento como sujeto ($).

Y de la transformación del discurso del amo en el discurso universitario que, en un primer momento, lo sustituirá como discurso imperante y en la que los cuatro elementos rotan un cuarto de vuelta en sentido inverso a las agujas del reloj:

El lugar del agente deseante es ocupado ahora por un saber cuya verdad oculta es el amo y que interpela a un objeto (a-estudiante) que repite ese saber para producir un sujeto barrado. ¿Qué produce, de entrada, esta transformación? ¿Por qué el amo  empieza a interesarse por el saber del esclavo antiguo, lo sustrae y lo sitúa en lugares más o menos restringidos como las universidades? La respuesta puede ser el aprieto en que le pone la histérica, ella no trabaja para el amo, interpone su síntoma y se lo arroja a la cara como pregunta. El amo, entonces, busca el saber para satisfacerla.

Pero, ciertos cambios, ciertos “avances” como la televisión comienzan a alterar, a radicalizar el discurso universitario. El saber sostenido por el amo, ahora oculto, empieza a acumularse y, sobre todo, sale de su localización universitaria, comienza a ser dictado a dimensión planetaria y a generar beneficios económicos. Este todo-saber globalizado determina los criterios de una supuesta “normalidad” excluyente que todos tenemos que repetir, sin lugar para la excepción, sin lugar para la invención; con sus instrumentos “objetivos” de evaluación, los tests, que incluyen las preguntas y las respuestas más adecuadas para perpetuar el saber del amo. El antiguo saber del esclavo, el saber del artesano transmitido por las generaciones se vuelve ahora inútil, el amo lo expropia poniéndolo al alcance de todos para multiplicar sus beneficios. Un buen ejemplo sería la venta de muebles tipo Ikea: venden las tablas, los tornillos y el saber para todos del manual de montaje, ¡ahora todos podemos ser carpinteros!