Gerardo Gutiérrez. LA BANALIDAD DE LA PULSIÓN DE MUERTE (II)

(—) La idea central sobre la que quiero reflexionar, para aproximarme a la naturaleza de la pulsión de muerte es muy inicial del propio Freud, modificando significativamente la propuesta anterior de Breuer. Me refiero a la diferenciación entre energía libre y energía ligada.

La energía libre sería aquella que no se liga a representaciones, o lo hace en unas condiciones de extremada precariedad (proceso primario). La pulsión no ligada puede tener consecuencias catastróficas. Esta sería la pulsión de muerte y sus efectos, que trataremos de ver.

Para el Freud teórico el problema estuvo, desde el principio, desde sus primeros trabajos con Breuer, en esa energía que, desde el exterior y, sobre todo desde el interior, amenazaba la estabilidad del sujeto.

¿Cuál sería la naturaleza de esa energía? No podría ser otra que la pulsión. En el proceso primario, la pulsión se liga a representaciones, mediante débil ligadura y gran desplazamiento que es tanto como decir que apunta a la satisfacción de cualquier forma (el bebé, si no chupa el pecho, se chupa el dedo, o el chupete, o la sábana..)[1] Solo más adelante, si la pulsión consigue pasar el control de la censura e investir una representación-palabra del Pcc (con fuerte ligadura y débil desplazamiento) tendremos ya claramente un deseo objetal.

Se trata de esa energía que, con tanta frecuencia, se manifestaba en los enfermos en forma de angustia, de experiencias traumáticas, de repeticiones inquietantes, de síntomas incomprensibles, de vivencias ominosas, etc.

Y Freud trató de explicar cómo el individuo manejaba esa energía. Qué principios generales de funcionamiento psíquico entraban en juego en su control y dónde y por qué fallaban. Y encontró, ya en sus primeras obras, que lo que podía domeñar, contener, esa fuerza era que estuviera ligada a representaciones.

A representaciones de experiencias satisfactorias o insatisfactorias, pero ligada. Era la manera de hacerse psíquica. Y ahí entraba en cuenta el otro. El otro y las experiencias de relación con él iban a ser ya siempre fuente continua de esas representaciones que, investidas por esa energía, por esa pulsión, iban a  constituir la materialidad del psiquismo tanto consciente como inconsciente.

Este modelo de un sujeto vivificado e invadido por la pulsión en una suerte de sistema originalmente cerrado, y unos otros que con su presencia y relación van a ayudarle a controlarla, va a ser problematizado más adelante, aunque no por Freud. La pulsión, al igual que las representaciones que le darán anclaje, viene del otro desde el principio. Pero esta es otra cuestión en la que no entraremos ahora.

Lo que sí quiero resaltar ahora es la importancia de las representaciones en la teoría freudiana, a la hora de encauzar la pulsión.

Tanto es así que en las diferentes definiciones freudianas  para pulsión no queda siempre claro si ésta es otra cosa que su representante. Esa ambigüedad a la que refiere Strachey entre los términos “trieb” y “triebrepräsentanz”, en su “Nota introductoria” a Pulsiones y destinos de pulsión (Freud 1915, p.107)

Así, las fuerzas que tratarán de contener la pulsión operarán siempre sobre sus representantes. Las represiones primarias, las contrainvestiduras, las represiones secundarias, etc., sólo pueden ejercerse sobre las representaciones. Y esta actividad irá constituyendo un aparato psíquico que será básicamente representacional.

Y cuando esas fuerzas no puedan mantener en el inconsciente esos representantes pulsionales, el resultado, en el mejor de los casos, será la formación de síntomas neuróticos. Síntomas que llevarán en su seno, enmascaradas, deformadas, contrainvestidas, las representaciones de la pulsión y de la propia defensa. Ese será su sentido, el sentido de los síntomas.

Y el tratamiento psicoanalítico habrá de desvelar ese sentido, desenmascarar esos representantes pulsionales, hacerlos preconscientes. O construirlos, cuando hayan quedado irremediablemente sepultados por la defensa. O incluso, cuando falten, y sea esa la razón de su capacidad de generar angustia. Como ocurre en lo traumático, en lo siniestro, o en lo compulsivo. Tras la construcción, la interpretación se dirigirá también a las representaciones.

[1] En los comienzos de la vida no podemos hablar de sexualidad. Solo podemos hacerlo cuando, tras el Edipo, se resignifica todo lo anterior que pasa a ser sexualidad infantil también. No es lo mismo la sexualidad antes del Edipo que tras el Edipo. Ahí, y sólo ahí, es donde la sexualidad pasa a ser objeto de represión. La sexualidad lo es tras el descubrimiento de la diferencia sexual, el falo y la castración.

Entonces, ¿cómo clasificar lo que siente el niño que chupa el chupete, que se toca, que disfruta con la higiene diaria, etc.? Es sexualidad infantil, que va a ser significada como tal a posteriori, tras el final de la represión primaria y el paso por el Edipo