Gerardo Gutiérrez. LA BANALIDAD DE LA PULSIÓN DE MUERTE (I)

El título de este trabajo es deliberadamente ambiguo: la banalidad de la pulsión de muerte. Quiero hacer alusión con él a dos aspectos diferentes: de una parte, la banalidad con la que se trata su naturaleza, con que se adscribe con frecuencia, todavía, la pulsión de muerte a la muerte biológica; y, de otra parte, a la banalidad de la pulsión misma, a la forma siniestramente banal con que el sujeto trabaja con la pulsión de muerte o, más bien, es trabajado por ella. 

Intentos de aproximación

Respecto a la pulsión de muerte, se ha afirmado que es “la más pulsional” o “lo más pulsional de la pulsión”. Y se dice que es así porque la pulsión de muerte designa lo más fundamental en la noción de pulsión: el retorno a un estado anterior y, en último término, el retorno absoluto a lo inorgánico. Es decir, que lo específico de la pulsión sería su carácter conservador. (la muerte? Entonces cómo conservador?)

Por otra parte, se ha equiparado la pulsión a su representación en el psiquismo, hasta el punto de no poder distinguir, en determinadas definiciones freudianas, la pulsión de su representante.

También se ha identificado al empuje, a ese factor presionante hacia la acción, como su nota más pulsional.

Estas tres ideas, que son solamente algunos de los innumerables intentos de aproximación al tema, ¿no plantean la necesidad de definir, otra vez, una y otra vez, qué es lo fundamental de la pulsión, qué es la pulsión de muerte?

Por otra parte, en este trabajo se pretende poner de manifiesto la presencia de la pulsión de muerte en lo cotidiano, con un ropaje no tan dramático como el que suele portar en ciertos escritos psicoanalíticos, o afines al psicoanálisis. No tan dramático pero no por ello menos potencialmente dañino.

Sobre el “retorno a lo inorgánico”

Me resulta extraña la idea de una tendencia de retorno a lo inorgánico, basada en “especulaciones acerca del comienzo de la vida, y de paralelismos biológicos”, como dice Freud en El malestar en la cultura(Freud 1930, p. 114).

O en la entrevista que concedió a George Sylvester Viereck en 1926:

Así como el amor o el odio por una persona viven en nuestro pecho al mismo tiempo, así también toda la vida conjuga el deseo de la propia destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la forma original, así también toda materia viva, conciente o inconcientemente, busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica (Viereck, 1926)

O en la carta dirigida a Einstein en 1932:

Pero querría demorarme todavía un instante en nuestra pulsión de destrucción, en modo alguno apreciada en toda su significatividad. Pues bien: con algún gasto de especulación hemos arribado a la concepción de que ella trabaja dentro de todo ser vivo y se afana en producir su descomposición, en reconducir la vida al estado de la materia inanimada. Merecería con toda seriedad el nombre de una pulsión de muerte (Freud1933, 194)

En Más allá del principio de placer, Freud conjetura de la siguiente manera:

En algún momento, por una intervención de fuerzas que todavía nos resulta enteramente inimaginable, se suscitaron en la materia inanimada las propiedades de la vida. (…) La tensión así generada en el material hasta entonces inanimado pugnó después por nivelarse; así nació la primera pulsión, la de regresar a lo inanimado (Freud, 1920, p.38)

A partir de ahí, dirá, la meta de toda vida es la muerte, dado que lo inanimado estuvo ahí antes que lo vivo. Las pulsiones que llamará de vida solo intentan alargar ese proceso, la vida sería así un rodeo en el camino hacia la muerte

Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la “fiebre llamada vivir”. El deseo puede ser encubierto por digresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción.(Viereck, 1926)

De la misma forma, tengo dificultad para deducir de ese supuesto retorno al estado de no vida, una tendencia estructural destructiva, bien sea dirigida a sí o deflexionada hacia los otros.

Esta pulsión de agresión es el retoño y el principal subrogado de la pulsión de muerte que hemos descubierto junto al Eros, y que comparte con éste el gobierno del universo (Freud, 1930, p.118).

Considero que no es preciso acudir a tales especulaciones “cosmogónicas” para identificar la naturaleza de la pulsión de muerte. 

La pulsión de muerte podría identificarse con la energía no ligada

Entiendo que el sujeto, que se ha desarrollado inicialmente en un desconocimiento del otro y del yo (aunque los otros estuvieran ahí desde siempre), tiende a mantenerse ahí, en lo prerepresentacional, a la vez que, por otro lado, paulatinamente, se liga a las representaciones, tanto del otro como del propio yo (huellas mnémicas). Qué tiene que ver??

Freud afirma, en Pulsiones y destinos de pulsión:

El odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor; brota de la repulsa primordial que el yo narcisista opone en el comienzo al mundo exterior prodigador de estímulos (Freud 1915, p.133)

Eso no quiere decir que lo primero fuera el odio. Lo primero sería una energía inmanejable, no atada a representaciones, ni a vínculos, ni a imágenes, ni a nada. Para la cual el mundo exterior es indiferente. Pues yo no estoy de acuerdo con Freud.

Podría pensarse así: primero fue la pulsión de muerte, idea que encontramos, por ejemplo, en El problema económico del masoquismo:

(…)el principio de Nirvana, súbdito de la pulsión de muerte, ha experimentado en el ser vivo una modificación por la cual devino principio de placer (…) Sólo pudo ser la pulsión de vida, la libido, la que de tal modo se conquistó un lugar junto a la pulsión de muerte en la regulación de los procesos vitales (Freud, 1924, p.166).

El odio vendría luego. Y, muy posteriormente, el amor.

(…)